Pasos en el silencio 1ª parte

Paco Sánchez escribe Pasos en el silencio 1ª parte

María amaba los libros, por eso le gustaba tanto su trabajo como bibliotecaria. Pero había algo que le gustaba aún más: el silencio de la biblioteca en las tardes de invierno.

Aquella tarde solo quedaban María, un pequeño grupo de estudiantes y un señor de pelo blanco y alborotado, ojos profundos y azules, y mirada inquietante. «Pronto se irán todos», pensó María, y volvió los ojos hacia la página de la novela que estaba leyendo. Era la última parte de una trilogía de misterio, el último best-seller de su escritor favorito.

El ruido de la puerta al cerrarse le hizo estremecerse. Quizá porque sonó atronador en el silencio de la biblioteca; quizá porque estaba próximo el desenlace de la novela y sentía el miedo de su protagonista como su propio miedo, como un escalofrío que le recorría la columna vertebral.

Miró a aquel hombre extraño. Él también la miraba… y había algo familiar en sus ojos, era como si ya se conocieran. Intentó recordar de qué lo conocía; estaba segura de haberlo visto antes, pero no en la biblioteca. Apartó sus ojos de él y miró hacia la ventana, sintiéndose observada.

Fuera, la lluvia arreciaba, el agua rebotaba ruidosamente sobre la acera justo al otro lado de la ventana y el viento bramaba furioso entre los árboles. Miró la hora. Aún faltaban treinta minutos para cerrar. «Demasiado tiempo», pensó. Sin duda insuficiente para terminar la novela. El desenlace de aquella intrigante historia debería esperar hasta el día siguiente para serle revelado. Volvió la mirada al libro y se abstrajo de todo cuanto la rodeaba. Pasó página y siguió leyendo, completamente abstraída, sintiéndose la protagonista de aquella historia. Leyó la última frase del penúltimo capítulo. “Y aquellos pasos la siguieron en el silencio de la noche…”.

Cerró el libro y miró el reloj. Era la hora de cerrar. Entonces recordó que no estaba sola. «Le diré que lo siento, pero tiene que marcharse ya», pensó. Sin embargo, cuando levantó la vista hacia la mesa del hombre extraño al que estaba segura haber visto antes en alguna parte, su sorpresa fue no encontrarlo donde estaba hacía unos minutos. «Se habrá ido», se dijo. Pero entonces, una alarma saltó en su interior… ¡No había sonado la puerta al cerrarse tras él! Era imposible no haber oído el ruido de la puerta en el silencio de la biblioteca. De pronto, un relámpago iluminó la noche, y ella creyó ver aquel hombre mirándola a través de la ventana, desde la acera, justo al lado de la puerta, en actitud de espera. Intentó tranquilizarse. «Estará esperando a que amaine la lluvia», pensó. Luego, un trueno hizo estremecerse el edificio, y las luces se apagaron. Tras el trueno se hizo un silencio sepulcral. Oscuridad. Silencio. «Mañana terminaré la novela —se dijo—, esta tensión me está asustando sin razón».

Se levantó y caminó hasta el interruptor principal. Tiró de él hacia arriba y todas las estancias se iluminaron. Silencio. Estaba sola. Suspiró aliviada. Volvió a su mesa, cogió el bolso, sacó las llaves y se dispuso a marcharse. Caminó hacia la puerta de la sala de lectura escuchando sus pasos resonar sobre las baldosas, rebotando contra los muros de piedra y el alto techo. Clac, clac, clac… Se detuvo junto a la puerta. Tiró del interruptor hacia abajo y se hizo la oscuridad en todo el edificio. Tap, tap, tap…sus pasos seguían sonando por el pasillo, cada vez más cerca de la puerta, acercándose a ella… Solo entonces comprendió que no eran sus pasos; solo entonces fue consciente de que estaba parada; solo entonces recordó de qué conocía aquel hombre… y en seguida supo que debía salir corriendo.

Clac-tap, clac-tap, clac-tap… sus pisadas se confundían con aquellas otras pisadas que sonaban cada vez más cerca, siguiéndola en la oscuridad… Giró hacia el pasillo que conducía a la puerta principal, y entonces sucedió algo inesperado: al girar resbaló con tan mala suerte que el tacón de uno de sus zapatos se rompió, haciéndola caer. ¡Maldita sea! Lo que me faltaba, se lamentó. Pero no había tiempo que perder. Se descalzó, cogió ambos zapatos en la mano y echó a correr de nuevo, descalza, oyendo los pasos que se acercaban por su espalda. Tap, tap, tap… Estaba a punto de alcanzar la puerta. Alargó la mano, pero sus dedos nunca llegaron al tirador. Los pasos dejaron de sonar… y un grito de terror rompió el silencio.  

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