Es conocida y está muy arraigada en amplias capas de nuestra sociedad, la opinión de que el desarrollo del estado social o del bienestar social y de ciertas medidas de protección sociales sumado a una sobreprotección desmedida de nuestros jóvenes dentro del seno familiar, según la opinión de otro muchos ha desincentivado o desmotivado a mucha gente a buscar trabajo o también negándose a aceptar ciertas condiciones de trabajo o de ciertos trabajos, por no adaptarse o no ser compatibles con la preparación y cualidades adquiridas por años de estudio.
Lo que buena parte de nuestra sociedad y nuestra clase política de la derecha más conservadora especialmente, llama vivir subvencionados, no quiere trabajar buscando una paguita o quiere vivir bajo la protección de papá estado.
O como algún reconocido empresario que decía allá por los años más duros de la crisis de 2008 provocada por el estallido de la burbuja inmobiliaria, que el estado de bienestar en Europa había generado vagos.
Unas opiniones éstas que han trascendido en el tiempo y llegado a la filosofía y a la propia ciencia.
Como el filosofo alemán Friederich Nietzsche (1844 – 1900) que hablaba peyorativamente de esa necesidad que tenemos los humanos de sentir protección dentro del grupo o sociedad a la que pertenecemos, calificando de “el calor del establo” a esa seguridad y protección que podemos sentir. Argumentado que era una mentalidad gregaria o de rebaño (instinto de rebaño). Porque tenemos la necesidad de sentirnos parte de un grupo, tribu o colectivo, para sentirnos seguros y esa necesidad representa el miedo a la individualidad y la tendencia a seguir la moral dominante, abandonando la responsabilidad personal y la creatividad individual.
O también desde la ciencia, como decíamos, como lo hacía recientemente un reconocido y reputado paleoantropólogo español, diciendo que la libertad es incomoda. Desde el supuesto de que el calor de esa certidumbre y seguridad que necesitamos sentir nos hace dependientes y nos impide la iniciativa y creatividad individual.
Una certidumbre calificada por algunos de estómagos satisfechos.
Pero no podemos olvidarnos respecto a estas opiniones expuestas de algunos, entre otros, de los argumentos que sirvieron también de base para impulsar la llamada revolución conservadora de los años ochenta del s.XX impulsada por los máximos mandatarios de EEUU y Reino Unido. Lo que hoy se conoce por thatcherismo.
Porque profetizaban que el objetivo de sus políticas ultraliberales era transformar el alma de los ciudadanos, no la economía. Porque al reducir o eliminar las medidas de protección sociales, surgiría una generación de hombres y mujeres que ya no esperarían el amparo de las instituciones, si no, que lucharían con mas esfuerzo entre ellos y generarían mas riqueza, de ese modo, los valores ya no serían la solidaridad y la dignidad, si no, la ambición material, la competitividad y el individualismo.
Unas opiniones sobre la conducta humana que no tienen en cuenta la esencia de su naturaleza. O tampoco el trasfondo social fraguado desde dentro mismo de las estructuras sociales que han llegado hasta nosotros y donde fuimos socializados.
Un tiempo de nuestra prehistoria conocido como el Neolítico o piedra nueva, que arranca hace unos diez o doce mil años que representa el 1% de nuestra existencia en este planeta. Donde comienza la vida sedentaria con los primeros asentamientos humanos, la vida urbana y las ciudades estado al amparo del desarrollo de la agricultura y la ganadería como fuente de sustento, lo que marca el comienzo de las sociedades competitivas fuertemente jerarquizadas.
Por ello, muchas de nuestras conductas sociales no son una casualidad si no, fruto de la causalidad, porque nada nos es ajeno socialmente porque todo o casi todo está interrelacionado socialmente. Porque por ejemplo en nuestras sociedades clasistas, esa larga costosa y necesaria preparación y formación de nuestros jóvenes, no está enfocada solo a encontrar con más facilidad y mejores condiciones un hueco en los mercados de trabajo, si no, a ascender socialmente o enfocado alcanzar un estatus social.
Porque nuestras sociedades clasistas el estatus social es la posición de prestigio o jerarquía que una persona ocupa, dentro de una sociedad o grupo social. Determinado por factores como su nivel socioeconómico, profesión educación o reconocimiento que le proporciona respeto poder y privilegios con todas sus consecuencias sociales, que junto a otros influyentes elementos y factores humanos y sociales seguramente hacen que no sea una casualidad tampoco que se estén abandonando muchos viejos y necesarios oficios que no proporcionan ese estatus.
Como tampoco es una casualidad lo que ha ocurrido en muchas ocasiones, y también en Europa, el hecho de que son los inmigrantes los que vienen a reemplazar a las sociedades nativas en ciertos trabajos que éstos no quieren realizar.
Por otra parte, hay que destacar, por lo determinante y decisivo que ha sido para nuestra supervivencia, que somos una especie esencialmente social. Porque la sobrevivencia de los primitivos grupos humanos o el desarrollo de las primitivas sociedades humanas, no fue en base a la competitividad tal como hoy la concebimos, si no, en base a la cooperación la colaboración y la ayuda reciproca. Y la ciencia de hoy corrobora que esta conducta social de cooperación, colaboración y reciprocidad son una propiedad intrínseca de nuestra especie, lo mismo que la simbiosis es una propiedad intrínseca en el extenso reino animal.
Unas conductas sociales que hemos practicado, la mayor parte, con mucha diferencia de nuestra existencia desde el principio mismo de la aparición de la humanidad que abarca el 99% de nuestra existencia en el planeta tierra. Un extensísimo tiempo de nuestra prehistoria conocido como paleolítico o piedra vieja.
Y hoy como también nos dice la ciencia, entre otras disciplinas, paradojamente no han sobrevivido los mas fuertes como se creía. Una teoría reforzada por la teoría Darwinista, de que solo sobrevivían los mas fuertes y mejor adaptados, si no que han sobrevivido los que se apoyaban mutuamente trabajando conjuntamente y reforzándose en la confianza mutua. Una conducta que tejía vínculos sociales y afectivos entre individuos y grupos humanos. Contrariamente a las sociedades competitivas, que, aunque se quiera destacar las bondades positivas de la competencia entre individuos y grupos humanos, lo cierto es que las sociedades competitivas por definición son excluyentes y selectivas, porque se basan en la nulidad o en anular la efectividad del adversario o en ser más efectivos que el adversario, que finalmente son excluidos.
Y aunque obviamente estamos en otro tiempo, también anulan esos vínculos sociales y afectivos y la confianza mutua que fueron pilares básicos para la supervivencia de nuestros más remotos ancestros.
Evidentemente en estas opiniones tan criticas expuestas no se tienen en cuenta la vulnerabilidad de nuestra especie. Como por ejemplo la larga dependencia de la descendencia humana respecto de sus progenitores, la más prolongada con mucha diferencia de todo el reino animal. O el deterioro tanto físico como cognitivo acentuado con el paso del tiempo que sufre nuestra especie, que necesita de esa sociabilidad natural sin la cual nos hubiéremos extinguido.
Es evidente que los primeros signos de humanidad en nuestra especie no están en nuestra vulnerabilidad como especie, porque esa prolongada dependencia de nuestra descendencia es una característica especifica de nuestra biología. Por tanto, es obvio que los primeros signos de humanidad fueron los propios de esa sociabilidad natural que nos ha traído hasta aquí.
Porque los registros arqueológicos de ese remoto y extenso tiempo prehistórico hablan de que se cuidaban y protegían a los más vulnerables, y así fue posible no solo de que se ampliaran las posibilidades de supervivencia de nuestra descendencia, si no, que se ampliara también el núcleo familiar con los individuos mas longevos.
Llegados hasta aquí creemos que tenemos elementos suficientes, para reafirmarnos en que evidentemente somos una especie esencialmente social y la competitividad es obviamente un elemento cultural que puede tener un lugar en nuestra sociedad pero no puede ser la base y la fuerza motivadora del desarrollo social de nuestras sociedades por su naturaleza excluyente y selectiva, porque no es solo un elemento cultural, si no, material que nos hace proceder con otra motivación respecto de aquello que es una propiedad intrínsicamente humana, como es la conducta social de nuestra especie.
Como solemos decir, solo es una reflexión, solo eso. Que cada cual saque sus propias conclusiones.



