Contra el relativismo ingenuo

Contra el relativismo ingenuo

Verdad, educación y humanismo en tiempos de posverdad.

Parte II

Para continuar con el análisis iniciado en la primera parte de este artículo, es fundamental detenernos y reconocer que el diagnóstico presentado exige una respuesta urgente. La reconstrucción de criterios compartidos no es una tarea sencilla ni de solución inmediata, y requiere un compromiso tanto individual como colectivo. Solamente a través de una educación que promueva el diálogo auténtico, la reflexión pausada y la búsqueda honesta de la verdad, podremos enfrentar la erosión del espacio público y sentar las bases para una ciudadanía más crítica y responsable. Por ello, esta segunda parte no solo amplía el enfoque conceptual, sino también plantea desafíos prácticos: invita a repensar nuestra relación con el conocimiento y con los demás, abriendo el camino para profundizar en estos retos desde una perspectiva renovada.

En esa línea, el relativismo ingenuo no es una solución al conflicto entre versiones; es parte del problema. Porque si todo se reduce a perspectivas equivalentes, el terreno queda abierto para quien mejor manipule la atención, no para quien mejor argumente. Ese es el verdadero rostro de la posverdad: no la pluralidad de puntos de vista, sino la sustitución del criterio por la viralidad.

Llegados a este punto, la crítica ya no puede quedarse en el plano filosófico abstracto. Debe aterrizar en la educación contemporánea. Mi impresión es que buena parte del sistema educativo actual ha perdido el entusiasmo por el conocimiento, en nombre de la utilidad inmediata. Se nos pide formar competencias, adaptabilidad, flexibilidad y empleabilidad; se nos pide menos comprensión y más empatía. El saber, así, deja de ser un bien en sí mismo y se vuelve una herramienta para circular más rápido por un mercado incierto.

No niego que la educación deba preparar para la vida práctica. Lo que niego es que pueda reducirse a eso. Cuando el conocimiento se subordina por completo al pragmatismo, se debilita la curiosidad intelectual. El estudiante aprende a responder, no a preguntar; aprende a entregar resultados, no a construir criterios. Y sin criterio, la información se acumula sin transformarse en sabiduría. La abundancia de datos no equivale a formación. De hecho, puede producir lo contrario: dispersión, fatiga y cinismo.

El relativismo ingenuo juega aquí un papel silencioso pero decisivo. Si cada opinión vale lo mismo, estudiar deja de ser una exigencia y se convierte en un trámite de autoexpresión. ¿Para qué leer con atención, argumentar o corregir un error si mi vivencia basta? Esta mentalidad desactiva el eros del conocimiento. Ya no se busca la verdad por amor a la verdad, sino validación inmediata. Y cuando la validación sustituye al descubrimiento, la educación se vuelve autorreferencial: gira en torno al alumno como consumidor de sí mismo.

Hay además un empobrecimiento del vocabulario crítico. Se habla mucho de inclusión, pero poco de exigencia; mucho de bienestar, pero poco de disciplina intelectual; mucho de participación, pero poco de responsabilidad argumentativa. No se trata de oponer valores entre sí, sino de restituir su articulación. La inclusión sin verdad se vuelve sentimentalismo. El bienestar sin verdad se vuelve comodidad. La participación sin verdad se vuelve ruido. La escuela necesita recuperar el coraje de decir que no todas las respuestas valen lo mismo, porque no todas están igualmente trabajadas ni fundadas.

En este punto conviene subrayar un síntoma grave: la educación ha comenzado a temer el conflicto intelectual. Se suavizan los desacuerdos, se reescriben las dificultades, se evita la frustración. Pero aprender implica, casi siempre, atravesar la frustración. Entender sobre algo exige pasar por el momento en que uno descubre que no sabía tanto como creía. Esa humillación del yo, no es violencia: es el umbral del pensamiento.

La falta de interés por el conocimiento actual, también se relaciona con una economía de la atención que recompensa la dispersión. La escuela compite con dispositivos diseñados para ofrecer estímulos inmediatos. Si no forma hábitos de concentración, pierde la batalla antes de empezar. Sin embargo, la respuesta no puede ser resignarse. Precisamente por eso la educación debe ser más filosófica, no menos: porque necesita enseñar a retrasar la gratificación, sostener la lectura larga, discutir razones y aceptar que la verdad no siempre es cómoda o instantánea.

La pérdida de interés por el conocimiento arrastra una pérdida de valores. Y aquí conviene ser exactos: no hablo de moralismo vacío ni de nostalgia por una escuela idealizada. Hablo de virtudes intelectuales y cívicas sin las cuales el aprendizaje se empobrece: honestidad, paciencia, rigor, humildad, capacidad de escucha, valentía para rectificar, todo eso no es un adorno ético del saber, sino su tejido interno.

Cuando se favorece el relativismo ingenuo, esas virtudes se debilitan. Si ninguna verdad es más válida que otra, la honestidad deja de ser una obligación epistemológica. Si ninguna corrección importa demasiado, la humildad se vuelve innecesaria. Si el estudio no es más que la expresión de una identidad, el rigor parece una obsesión ajena. El resultado es una subjetividad inflada y frágil, muy sensible a la contradicción, pero poco dispuesta al aprendizaje real.

El humanismo que reivindico no es ornamental. No consiste en añadir unas cuantas lecturas clásicas para equilibrar un currículo técnico. Consiste en afirmar que la educación debe formar personas capaces de comprender el mundo y de responder por sus juicios. Eso exige historia, filosofía, literatura, ciencias y artes en relación, no como compartimentos estancos. La técnica sin conciencia humanística puede producir eficiencia sin orientación; el humanismo sin conocimiento de lo real puede caer en sentimentalismo. La tarea educativa es mantener ambas dimensiones en tensión fecunda.

Por eso me preocupa la fascinación contemporánea por soluciones meramente instrumentales. La escuela no puede ser solo una fábrica de habilidades blandas ni una preincubadora de productividad. Debe ser una institución de formación del juicio. Y el juicio necesita verdad, no solo consenso. Necesita criterios, no solo empatía. Necesita lenguaje, no solo imagen. En ese sentido, la defensa de los valores humanos es inseparable de la defensa de la verdad compartida.

Además, hay una dimensión política ineludible. Una ciudadanía incapaz de distinguir entre hechos y opiniones, o entre evidencia y propaganda, es fácilmente gobernable por estímulos emocionales. La crisis de los valores no es un asunto privado, es una cuestión de democracia. Allí donde el pensamiento se debilita, la libertad se vuelve retórica.

Por eso sostengo que defender el conocimiento no es una postura elitista. Es una forma de cuidado de lo común. Una escuela que no cultiva valores intelectuales y humanísticos termina entregando a los estudiantes a la lógica más débil del presente: la de reaccionar sin comprender. Eso no es emancipación. Es vagabundería.

A partir de todo lo anterior, propongo una academia contra el relativismo ingenuo. Una academia de la verdad discutible. ¿Qué significa esto? Significa que las instituciones educativas en todos sus niveles, pero especialmente la escuela, debe enseñar a los estudiantes a distinguir entre opinión, hipótesis, evidencia, argumento y demostración. Debe enseñar también que la discrepancia no invalida por sí misma la existencia de criterios, sino que los presupone. Discutimos porque creemos que hay algo que merece ser discutido. No por estupideces del sentir.

Esa educación debería apoyarse en cuatro pilares. Primero, la disciplina de la lectura lenta: aprender a seguir un argumento completo, no solo el titular o el fragmento. Segundo, la cultura de la pregunta: enseñar a formular cuestionamientos con precisión, porque quien pregunta bien ya ha dado medio paso hacia el conocimiento. Tercero, la práctica de la refutación: exponer los propios razonamientos a objeciones, para que el error no se convierta en identidad. Cuarto, la formación en lenguaje público: saber hablar de forma clara, argumentada y respetuosa, sin refugiarse en la vaguedad afectiva.

Estos principios requieren docentes con autoridad intelectual, con meritocracia y autoridad institucional. La autoridad académica no consiste en imponer sin explicar, sino en mostrar que el saber tiene consistencia y que merece esfuerzo. Un maestro que sabe por qué enseña lo que enseña y para qué lo enseña, puede orientar al estudiante más allá del capricho del momento. La autoridad, en este caso, no aplasta la libertad, la hace posible.

En el fondo, esta propuesta se resume en una idea sencilla: educar es introducir a alguien en la realidad compartida. Y esa realidad compartida no está hecha solo de datos; está hecha de criterios, tradiciones, debates, errores y descubrimientos. Aprender es entrar en una conversación larga que empezó antes de nosotros. El relativismo ingenuo corta esa conversación porque reduce todo a presente subjetivo. La formación que propongo la reabre.

También propongo recuperar la importancia de las ciencias en la escuela y en la universidad; no como especialidad técnica, sino como formación del juicio. La filosofía enseña a distinguir, la literatura enseña a habitar la complejidad humana, la historia enseña que las interpretaciones tienen consecuencias, y las ciencias enseñan a someter las hipótesis a prueba. Ninguna de estas dimensiones debe absolutizarse por separado. Juntas permiten resistir tanto el tecnicismo vacío como el subjetivismo sin freno.

Finalmente, esta formación exige una ética del desacuerdo. No todos pensarán igual, ni conviene que lo hagan. Pero sí conviene que, todos aprendan a justificar lo que sostienen y a reconocer cuando una creencia debe ser revisada. Ese es el antídoto contra la posverdad: no la imposición de una ortodoxia, sino la restauración del vínculo entre la palabra y la realidad.

Sostengo, en suma, que la fórmula “cada quien tiene su verdad” suele funcionar como una coartada cultural para evitar el trabajo del pensamiento. No toda diferencia es relativista, pero todo relativismo ingenuo empobrece la idea de verdad al convertirla en vivencia privada. Frente a eso, la tradición filosófica ofrece una lección sólida: la verdad no es una posesión absoluta del sujeto, pero tampoco una ficción intercambiable. Es una exigencia que nos precede y nos obliga.

Aristóteles nos recuerda que el pensamiento necesita principios y realidad compartida. Kant muestra que la mediación del sujeto no destruye la objetividad. Popper enseña que la falibilidad no elimina el criterio, sino que lo vuelve más honesto. Habermas pone en primer plano la justificación intersubjetiva. Arendt advierte sobre la fragilidad de los hechos en la esfera pública. Frankfurt denuncia la indiferencia ante la verdad. Han ilumina la lógica de una sociedad transparente que puede volverse vacía. En conjunto, todos ellos permiten afirmar algo importante, una cultura sin verdad compartida no se emancipa, sino que se desorienta.

La educación actual, cuando pierde interés por el conocimiento y se limita a administrar competencias o emociones, corre el riesgo de convertirse en un dispositivo de adaptación. Pero la educación no debería adaptar al ser humano al mínimo común del mercado o de la red. Debería elevar su capacidad de comprender, juzgar y responder por lo que piensa. Eso exige valores humanísticos, rigor intelectual y una voluntad real de verdad.

No propongo volver a un pasado ideal que nunca existió. Propongo algo más modesto y exigente: recuperar el sentido de la pregunta, la dignidad del argumento y la disciplina de la corrección. Solo así la pluralidad dejará de ser un pretexto para la indiferencia, volviendo a ser una forma superior de convivencia. Solo así el conocimiento dejará de parecer una carga y recobrará su condición de bien común. Y solo así podremos decir, con responsabilidad, que una escuela sin verdad no forma libertad, solo opinión.

En el fondo, mi crítica al relativismo ingenuo es también una defensa de la posibilidad de vivir juntos sin renunciar a pensar. Porque pensar, cuando se hace en serio, no separa al ser humano de los demás, lo obliga a responder ante ellos. Y esa respuesta solo tiene valor si sigue anclada en algo que no depende exclusivamente de mi preferencia, de mi estado de ánimo o de mi identidad. Ese algo sigue llamándose verdad.

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