Toda nuestra cultura está plasmada por la Antigüedad clásica. Desde el mito griego hasta a los primeros autores como Homero y Safo, nuestras raíces literarias se encuentran allí, creando un universo rico y efervescente de temas y sugerencias. Este legado es un verdadero equipaje de oportunidades para la creación artística.
Cuando empecé a escribir, me resultó natural buscar en ese mundo fuentes de inspiración para mi narrativa. Fueron los temas sobre la condición humana los que pronto me atrajeron. La capacidad de los mitos y de los primeros autores consiste en representar el alma humana en sus miles de facetas, en la multiplicidad de sentimientos y emociones, que se anidan en el profundo de nuestra psique. Tenemos la costumbre de emplear las palabras épica y lírica para referirnos a la representación de esos sentimientos expresados en las obras más antiguas, sin olvidar todo el recorrido filosófico que las acompaña. Así, decimos que la poesía de Homero es épica mientras la de Safo es lírica. Pero tanto Safo como Homero nos hablan, a pesar de sus lenguajes distintos, del destino humano y de los acontecimientos que nos asombran a lo largo de nuestra vida. ¿Y qué decir de los mitos más antiguos, que han nutrido toda la literatura de los grandes trágicos como Esquilo, Sófocles, Eurípides, cuyas obras aún hoy leemos con asombroso interés?
Mis dos últimas novelas Tiresias, el profeta desconocido (ExLibric, 2025) y Afrodita (ExLibric 2026) se inspiran a esta Antigüedad para desarrollar temas universales con una sensibilidad más cercana a nosotros.
Sin embargo, mi tarea literaria no es la de divulgación mitológica, es decir, no consiste en contribuir a que la cultura antigua sea conocida por las nuevas generaciones. Tampoco mantengo una fidelidad estricta a la tradición transmitida por los autores latinos del pasado, como Ovidio y Virgilio. Mi propósito no es reproducir, sino renovar la narración, abrirla a nuevos asuntos y a nuevas perspectivas. “Cuando un autor moderno” escribo en el prólogo de la novela Tiresias, el profeta desconocido, citando el estudioso Andrea Barella, “se acerca a los mitos es como si se encontrara con dos escrituras por las que han sido trasmitidos, una con tinta negra y otra con tinta blanca. La blanca ofrece más libertad de novedad y transformación, mientras que la tinta negra representa el pilar del contenido del mito que se mantiene estable a lo largo de los siglos. Y así ocurrió con esta novela de Tiresias. He recogido los núcleos de varios mitos, los he entrelazado en referencia a la tradición del personaje mitológico del profeta y, gracias a la tinta blanca, he desarrollado la narración con nuevos argumentos y nuevos perfiles más cercanos a la sensibilidad contemporánea ”.
Esta libertad de desarrollar los asuntos de los mitos y de los antiguos poetas y filósofos permite construir una trama literaria que une el presente con el pasado, la modernidad con la Antigüedad. Más aún: si bien existe una amplia libertad creadora, y con ella una fecunda contaminación entre géneros literarios y textos de distintas épocas, se abre un vasto espacio para la construcción de novelas en torno a temas evocadores que nos hablen en el presente con la voz del pasado. Me sentí autorizado, pues, a combinar el Tiresias de Sófocles con el de Homero, proponiendo un nuevo perfil que rompe con la tradición antigua: la vida ya no tiene héroes invulnerables, sino individuos de carne y hueso que buscan alcanzar un poco de felicidad personal.
De la misma manera, en la novela Afrodita, losmitos de las tres mujeres cretenses, Pasífae, Ariadna y Fedra, han sido entrelazados para construir una historia muy moderna de dignidad femenina. En este caso, el mundo épico y el lírico se identifican, y los versos de la poetisa Safo acompañan, como eje vertebrador, la intensidad y la naturaleza de los sentimientos amorosos de estas mujeres.
Así, muchas de mis obras literarias, tanto en italiano como en español, o bien se originan y se desarrollan en torno a contenidos de la tradición clásica y mitológica, o bien recuperan sus ecos y modelos para proyectarlos en una sensibilidad contemporánea.
En la novela en lengua italiana Buscando a la Antigua Madre (en italiano Cercando l’Antica Madre, Europa Edizioni, 2015) el poeta Virgilio, con su obra la Eneida, se convierte en protagonista del relato a través de su obsesiva tarea de representar el destino de un pueblo en busca de una tierra donde vivir. El poeta se transforma así en símbolo de todos aquellos que anhelan una condición de vida posible, una felicidad propia. En esta novela he querido conectar la historia de una pareja cualquiera, obligada a huir durante la Segunda Guerra Mundial, con la de los troyanos errantes, estableciendo un puente entre el mito fundacional y las tragedias contemporáneas.
Además, para dar título a un ensayo sobre la educación y la formación en la escuela, utilicé una imagen mitológica que representara el éxito diferenciado de los estudiantes en los procesos de aprendizaje: Dioses semidioses mortales comunes, (en italiano Dei semidei comuni mortali, Caosfera Edizioni, 2014). Con ese título quería señalar que el fracaso escolar, como siempre ha ocurrido, forma parte del orden de las cosas y que la mayoría pertenece, inevitablemente, al ámbito de los mortales comunes.
Con la novela Diotima (en italiano Il romanzo di Diotima, Giovane Holden Edizioni, 2019) la fantasía narrativa se vio favorecida por la casi total ausencia de información histórica en torno a la sacerdotisa de Mantinea; ello me permitió crear una historia femenina conectando su figura con la de Aspasia, mujer extraordinaria de Mileto, en un período político y social muy particular como fue el de Pericles en el siglo V a. C. Fui libre y me sentí dueño de una historia cautivadora en torno al tema filosófico del eros, tal como lo propone Platón en su diálogo El banquete, donde confía a Diotima la tarea de precisar su pensamiento sobre el amor. He reunido así las figuras de Aspasia y Diotima para trazar de forma rotunda un protagonismo femenino en un mundo en el que las mujeres permanecían al margen de la sociedad y de la política. En esta extraordinaria aventura de Diotima introduje también la presencia poética de Safo, cuyo poemario, según mi imaginación, representó para ella el verdadero aprendizaje de un eros no solo filosófico y contemplativo, sino también vital y apasionado.
El mito de Orfeo y Eurídice inspiró la novela Eurídice para siempre (en italiano Euridice per sempre, Giovane Holden Edizioni, 2022), al ofrecer el tema del poder de la música, capaz incluso de derribar los límites del más allá, para reconquistar un amor perdido. Este mito milenario sigue impulsando la reflexión en torno a la relación de la pareja y a la conexión entre ánimo y cuerpo. En mi interpretación personal, quise indagar en las razones por la cuales Orfeo, al no cumplir la prohibición de no mirar atrás antes de salir del reino de los muertos, perdió definitivamente a su amada. ¿Por qué Orfeo se volvió antes de salir del ultramundo, si Hades había sido categórico en su prohibición? No debía hacerlo, porque eso significaba perder a su amada, que lo seguía desde las sombras. En mi novela, Orfeo se vuelve porque quiere comprobar que quien lo sigue es un cuerpo y no una sombra.
En ello reside el enfoque que caracteriza la elección de este mito: el enfrentamiento entre el ánima y el cuerpo, entre sentimientos y deseo, entre espiritualidad y carnalidad.
Al mito de Orfeo y Eurídice se conecta también el de las mujeres de Creta, que ha inspirado mi última novela Afrodita. Aquí el amor se manifiesta como deseo, deseo carnal, pasión total. Los sentimientos ya no se identifican con una abstracción espiritual ni con un dualismo entre alma y cuerpo: desaparece esa tensión y queda únicamente el cuerpo, el placer, la experiencia física del amor. Ya no es el eros de El banquete de Platón, donde la contemplación de la idea de belleza eleva el deseo hacia lo trascendente. En esta perspectiva, el amor es algo concreto: pasión y placer carnales.
J.A. Marina y J. Rambaud, en Biografía de la humanidad (Ariel, 2018), escriben: “Nuestra naturaleza nos impulsa a crear cultura, y, al hacerlo, nos recreamos. Una especie muda creó el lenguaje y ahora no podemos pensar sin él. Unos seres preparados para vivir en pequeños grupos han creado sociedades extensas. Tenemos, por ello, un doble genoma: el biológico y el cultural. Aquel ha sido ya descifrado, y tal vez haya llegado el momento de descifrar el otro”.
Así es precisamente en esta relación entre lo biológico y lo cultural donde quiero poner el acento con mis novelas mitológicas. A menudo subrayo cómo el elemento cultural, aquello que se ha codificado en costumbres desalentadoras o en reglas mortificadoras, puede oscurecer lo biológico, provocando una distorsión de la naturaleza en los sentimientos más personales e íntimos.
Afrodita, en mi última novela, interpreta con claridad el sentido de la vida humana, incluso la de los inmortales, ante todos los dioses del Olimpo, convocados por Zeus a un concilio extraordinario, promovido por Hera para condenar por inmoralidad a la diosa del amor. “Creo que tú, Hera, has olvidado una verdad fundamental: estamos hechos de amor y pasión. El instinto vital que impulsa la prosecución de la especie humana, como ocurre también en todos los demás animales, es algo inconmensurable, más cercano a nuestra condición inmortal que a la precariedad humana. El placer del eros, la total subversión de toda racionalidad, la primacía del instinto y de las emociones intensas van más allá de la simple concepción de una nueva vida” (pág. 155).
La primacía del instinto garantiza una alegría de vivir que trae consigo felicidad y paz. “Es bueno que tú y todos los habitantes del Olimpo sepáis que, si toda la realidad girara en torno a mí, como debería ser, y el rey Zeus lo sabe pero no quiere comprometerse, entonces el universo estaría lleno de paz y de una inmensa felicidad. Sin embargo, no es así. Y por eso dominan los instintos de prevaricación y de poder que solo conducen a la ruina y a la muerte para todos” (pág.156).
Afrodita representa en la novela el recurso para una vida digna y plena: la exaltación del elemento biológico, no seducido ni sofocado por una dimensión cultural hecha de moralismos y reglas asfixiantes.
El propio mito, que inaugura el recorrido de nuestro bagaje cultural, se presta así a una relectura crítica del peso excesivo de ciertos elementos de la civilización humana, cuando está olvida la naturaleza y que el Homo sapiens pertenece, ante todo, al reino animal.



