El ying y el yang

Solía vestirse con ropa informal, combinada cuidadosamente y apoyarse en la ventana, imaginando cual sería la banda sonora de su película. Le gustaba sentirse siempre como un personaje de sus historias, porque así era todo más interesante.

Miraba los recuerdos con añoranza y pensaba frases bonitas antes de derramar lágrimas.

Tenía pájaros en la cabeza, el arte en el corazón y los dedos llenos de tinta. Era metáforas, giros del tercer acto y de lanzarse al vacío sin tener un plan claro.

Él es menos loco, piensa tanto que siempre tiene el dato correcto. Es de escribir, pero de la realidad, para que la gente la vea y quejarse de lo que nos hacen creer, eso de inventar no es lo suyo, aunque ella suele contar que él la inspira.

Es sensato y ve la realidad, aunque eso no quita que sea divertido, ni mucho menos. Le apasionan tantos las cosas que se vuelca en ellas y da todo. Puedes hablarle de series y cosas frikis y jugar con él a Mario Kart tirado en el sofá, y eso a ella le gusta, aunque no suela jugar demasiado bien.

Es la lógica que le falta a su dramática inspiración.

Y algunos dirán que es inconcebible, ni siquiera una amistad, que nunca tendrán de que hablar,  no se entenderán. Pero ahí está ella, leyendo el periódico cada mañana para saber de que le hablará. Y ahí está él, leyendo su última historia de letra elegible (o casi) porque a ella le pareció poético escribir con pluma y llenarse los dedos de tinta.

Otros dirán que los polos apuestos se atraen, pero ellos saben que simplemente es cuestión de construir aquello que deseas tener.

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