¿Y ahora qué?

Felipe C. Figueira presenta un nuevo relato corto

Es la pregunta que nos haremos todos llegado el momento. Cuando el mundo vuelva a girar un tercio de la población mundial habrá tenido tiempo suficiente como para reflexionar acerca de lo que ha sucedido y si ha encontrado algún motivo para realizar cambios significativos en su vida. Algunos, tal vez la inmensa mayoría, tras haber regresado de un intenso viaje a través de su universo interior, después de haberse reencontrado consigo mismo en una armonía espiritual que parecía olvidada, optarán por introducir en su rutina diaria unos matices que le ayudarán a ver la vida desde un punto de vista renovado y hasta mucho más luminoso.

Será entonces cuando la comprensión de la realidad haya alcanzado su punto más elevado, como si observara los acontecimientos desde la cima de alguna montaña. Así, lo que antes no pasaban de ser detalles sin importancia, se tornarán en unos aspectos fundamentales de cada individuo, consiguiendo de ese modo que la consciencia esté mucho más presente en el día a día. Esta transformación sin parangón en la historia de la humanidad traerá consigo, en primer lugar, el deseo sincero de que las naciones quieran hermanarse y dejen a un lado el peso de las diferencias pasadas. Después aparecerá el inevitable anhelo de encontrar puntos en común entre las múltiples culturas, que a su vez vendrá acompañado de una creciente necesidad de dejar de ver al diferente como algo inferior, lo cual erradicará el racismo y la xenofobia en cuestión de minutos. El mundo contemplará un cambio en nuestros esquemas mentales que nos conducirá a mejorar en todos los aspectos. La mutación interior será de tal envergadura que hasta la naturaleza misma percibirá dicha transformación. Del mismo modo, las diferencias sociales se irán reduciendo hasta el punto de que la economía ya no será el protector de los más opulentos, sino el mejor aliado del oprimido.

Y ahora es cuando te pido, querido lector, que dejes de soñar y despiertes.

Porque lo que realmente sucederá será que, pasados unos cuantos días de adaptación para olvidar el confinamiento, los ciudadanos del mundo, ese un tercio de ciudadanos que ha estado sobreviviendo tanto en cuevas de no más de treinta metros cuadrados como en palacios, castillos o chalets con jardín en los casos más afortunados, retomarán la rutina que habían estado llevando antes de que diera comienzo la pesadilla vírica. Obviamente en los palacios continuarán con la incansable tarea de seguir sin pegar un palo al agua, que es a fin de cuentas lo que mejor saben hacer desde tiempos inmemoriales. El resto de los mortales volverán a sus quehaceres y, mediante un proceso lento pero decidido, las cosas retornarán exactamente al mismo punto donde las habíamos dejado, es decir, a comportarnos de la misma manera egoísta e irresponsable de siempre.

Por tanto, volveremos a ver a nuestros políticos enfrentarse de un modo visceral en su particular lucha por demostrar al mundo quien la tiene más grande. Asimismo, retomarán las viejas costumbres socio-económicas y se volverán a activar los negocios armamentísticos (si es que estaban paralizados) y a seguir jugando a los soldaditos, cuando no a continuar una carrera desesperada por conseguir la patente que acabe definitivamente con la pandemia, aunque en primer lugar para conseguir multimillonarios beneficios. También volverán a utilizar la voluntad del pueblo solo cuando sea realmente necesario y, por supuesto, contribuya a llevar a cabo sus intereses particulares.

Los ciudadanos, por su parte, volverán a avasallarse mutuamente. Y por supuesto, volveremos a ver cómo se exprime al necesitado, al mendigo pidiendo en la esquina, al borracho pedir una más, al canalla robar la cartera del anciano, a las mujeres frívolas, a los hombres distantes y al conjunto de la humanidad recuperar la indiferencia de siempre. Los problemas de cada uno volverán a ser ajenos a todos, en los informativos la gente volverá a morirse de cualquier cosa ante la mirada lánguida del comensal de turno. El que no llega a final de mes seguramente ya no podrá alcanzar ni la mitad. los cazadores volverán a dar rienda suelta a su sádicos instintos, así como las plazas de toros retomarán la costumbre ancestral de torturar seres para saciar a sus lunáticos espectadores, más pendientes de ver derramar sangre que de aplaudir la aparente valentía de unos hombres que jamás comprenderán los que es la empatía. Tampoco faltará el regreso de los acontecimientos deportivos y hasta de los realety shows, tan necesarios para las mentes trastornadas. Y claro que la generosidad volverá a pasar de moda, así como el aplauso a los sanitarios a cambio de los vítores en los desfiles militares. En definitiva, el mundo, esa gigantesca bola azulada que ha estado tratando de recomponerse durante varios meses aprovechando el silencio transitorio de la escandalosa raza humana, volverá a prepararnos una nueva sorpresa para el futuro.

Continuaremos sin haber aprender nada.

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