Tiempo y vida

Pedro Jesús Fernández presenta su relato 'Tiempo y vida'

Hablamos del mañana con el mismo sentido de propiedad que lo hacemos del ayer. En ambos casos estamos equivocados. Lo pasado ya no existe y lo venidero está por alcanzar. Estas mismas palabras justo en este instante en el que son escritas o pronunciadas pertenecen al pasado. Podrás repetirlas y sucederá igual. El tiempo es efímero, desaparece a cada momento en que es vivido. No nos damos cuenta de ello. Si lo hacemos es en circunstancias excepcionales, aquellas en el que nos roza el vértigo de la verdad más absoluta e infalible de la vida: la muerte. Es entonces cuando echamos mano del inconsciente con el propósito de crear un escudo protector que satisfaga la creencia de que el desenlace final está lejano, a años vista, como si los años se encontraran compuestos de interminables meses, de prolongadas semanas o larguísimos días que duran exactamente 24 horas, ni más ni menos.

Desprovistos, no por ignorancia sino por mera complicidad con nuestro superlativo ego existencialista, desprovistos —decía— de esa asunción de la brevedad del ciclo vital al que estamos abocados, tenemos el atrevimiento de posponer con desahogados aplazamientos un abrazo, una sonrisa o un te quiero a cambio de no perder el autobús, guardar un archivo o diligenciar un trámite. El control de nuestra propia naturaleza es una quimera. Tenerlo claro no debe ser motivo de desazón. Muy al contrario. La vulnerabilidad del ser humano es la garantía de que vivimos, de que somos parte activa del entramado de la vida.

Deberíamos proponernos conceder más valor a cada gesto a cada paso que damos. A sentirlo como único e irrepetible. Abrir los ojos cada mañana es un regalo que no valoramos como tal por rutinario y no excepcional. Sentir que respiramos, palpar los latidos del corazón son sucesos maravillosas a los que no prestamos atención. Ávidos de cumplimentar tareas en ajustados horarios, cubrimos objetivos revalorizando el sentido materialista de cada acción que llevamos a cabo. Hemos acabado por hacer que lo tangible nos domine. Que nos preocupe lo que tenemos más allá de lo que sentimos. Que establezcamos la primacía de estar conectados a un teléfono o una tablet por encima de dar un paseo, observar un paisaje o recrearnos con los colores y aromas de una flor. Estas últimas opciones vitales son, por supuesto, compatibles con las primeras. Sin embargo, las hemos relegado de tal forma que se quedan postergadas, conformando una entusiasta declaración de principios tremendamente falsa. Si la mayoría estamos conformes y satisfechos de que así sea es señal de que nos hemos anclado a la fascinación por un mundo al que contribuimos con más fuerza bruta que alma en el pecho.

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