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Tercera persona

Empezaba a sentirse cada vez más segura, y le gustaba esa sensación: le gustaba tener la capacidad apreciar tan profundamente todas esas tonalidades que pueden distinguirse a entrecerrar los ojos mientras miras al cielo.

Le gustaba sentirse libre, le gustaba sentirse a sí misma siendo ella misma. Le gustaba la sensación que emanaba su cuerpo cuando le escuchaba a través de sus cascos con orejas de gato. Así sí era ella la que llevaba las riendas de su vida, la que elegía qué hacer y cuándo hacerlo, y eso le encantaba.

Al mirar al cielo, se dio cuenta de que las nubes estaban tan esparcidas que el cielo parecía ser de color blanco. Automáticamente pensó en él. Su sonrisa empezó a dibujarse muy sutilmente en su rostro mientras ella soñaba despierta. Había personas asomadas a los balcones en el edificio de enfrente, e incluso parecía que una de esas personas le dedicó una sonrisa al ver que ella sonreía… pero ella seguía inmersa en su ensoñación diurna, pensando, y deseando, estar en otra parte.

El calor tan insoportable de Madrid hace que sus deseos de escapar se hagan aún más latentes y su cerebro no haga otra cosa sino imaginar más fervientemente cómo salir de esta ciudad.

Nunca había escrito sobre sí misma en tercera persona, pensaba mientras seguía escribiendo; pero todas esas primeras veces últimamente están llamando a su puerta. ¿Cómo decir que no? No es posible.

Sí, es la primera vez que escribo sobre mí en tercera persona, y no lo voy a negar: es raro. Es como si fuera un personaje externo dentro de una novela aún sin escribir… Es como si mi personaje estuviera buscando con ansias a su escritor, para ser escrito y reinventado. Es una sensación extraña, pero placentera a la vez…

«Escríbeme».

Me gustaría que alguien me escribiera, que me crearan desde el principio, y descubrir cómo sería ese nuevo personaje y si tendría algo que ver conmigo…

Si fuera un personaje, ¿en qué novela sin escribir me crearían? ¿Cómo sería? ¿Quién sería? El verbo en su forma condicional siempre me ha provocado muchas preguntas… y ninguna tenía una posible respuesta.

¿Lo descubriré? El verbo en su forma futura tampoco puede responderme, solo me queda esperar y observar. Eso es lo que haría una persona realista… Pero, ¿y si soy una romántica? Entonces, soñar, y después, luchar por lo soñado: esa es la regla de los románticos (el siglo XIX fue un gran siglo lleno de locura y sueños cumplidos con sangre).

Elijo soñar, y luchar. Soy una romántica.

Publicado en Blogs de autores

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