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TEO, mi amor peludo.

Teo llegó a nuestras vidas hace 11 años por pedido de Federica, mi hija más pequeña que en ese entonces tenía 10 años, y siempre amante de los animales, reclamaba uno pequeñito para cuidar.

Yo me negaba por cobarde, ya que después de la muerte de mi otro peludito, Michi, sufrí tanto que me prometí no volver a tener uno. Esto había ocurrido unos 8 años antes de tener a Teo. Michi era el gato de Nazarena, mi hija mayor, lo habíamos rescatado de la calle casi desahuciado y con pocos días de vida y nos dijeron que no sobreviviría, pero lo logramos.

Michi y Naza crecieron juntos, hasta que todavía siendo joven, «el Michi», se enfermó y murió.

Fue tristísimo, por eso yo, tal vez de forma egoísta, no quería exponerme más a vivir algo así.

Fede no lo conoció ya que tenía unos meses de nacida cuando Michi murió.

La cosa es que al final Federica me convenció, fuimos a una plaza grande cerca de dónde vivíamos en aquel momento, porque allí siempre había gente dando en adopción las crías de sus mascotas. Entonces vimos a un señor con un gatito todo negro.

Fede ya lo sentía suyo y se puso a llorar cuando vio que otra niña se lo estaba llevando.

El señor se conmovió y nos contó que tenía otros hermanitos del gatito para dar en adopción y que en la semana nos traería uno. Nos pasamos los teléfonos para estar en contacto.

Durante esos días pensamos el nombre: «Teobaldo», como el gato protagonista de un cuento que a mí me gustaba. Fede le bordó el nombre en un almohadón, le compramos el plato del agua y de la comida. Estábamos ansiosas como quien espera un hijo.

¡Y llegó el día en que lo traían!

El señor bajó del coche, se acercó a la entrada del edificio y abrió despacito la puerta de la gatera. Nosotras esperábamos un gato negro como el hermanito que habíamos visto en la plaza, y en cambio llegó esta preciosura atigrada ¡que era igual al Michi! Prácticamente era su clon. Me sorprendí y me emocioné a la vez.

Lo amé desde el primer minuto.

Entendí que a veces no somos nosotros que los elegimos a ellos, sino ellos a nosotros.

Cuando nos vinimos a Italia desde Argentina, los últimos pesos los gasté en sus documentos de viaje y mis últimas energías de aquel agotador viaje, fueron para organizar todo lo mejor posible y que él viajara en la cabina con nosotras.

Teo, fue una de las mejores decisiones de mi vida 

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