No os voy a engañar, os lo voy a dejar claro desde el principio: soy un asesino.
Y muy bueno, por cierto. No es que lo diga yo, que también. Lo dicen todos: mis empleadores, los periodistas, la policía… Hasta mis objetivos lo dirían si pudieran. En más de uno he podido leer en sus ojos un «¡joder, qué bueno eres, esto no me lo esperaba!» mientras comenzaban el último viaje.
Pero mi problema —todos tenemos problemas, incluso los de mi profesión— es que mi manera de ser no ayuda para nada en mi trabajo. Todo lo contrario.
Intento ser honesto conmigo mismo. No soy lo que se dice valiente. De hecho, reconozco que soy una persona bastante miedosa, a pesar de convivir con la muerte a diario. Cualquier situación nueva enciende todas mis alarmas: comienzo a sudar, la garganta se me seca, partes de mi cuerpo empiezan a moverse como si tuvieran vida propia, tartamudeo… Por ello procuro no salir de mi «zona de confort», como se dice ahora. Situaciones esperadas, compañías conocidas, espacios identificables.
Bueno pues, como decía, para resolver mis contradicciones sigo un estricto método que se resume en tres palabras: planificación, paciencia y repetición.
Recuerdo un trabajo en el que tuve que viajar en tren todos los días, a la misma hora y el mismo trayecto durante un mes entero, de lunes a viernes, ida y vuelta. Aprendí a moverme por los vagones casi a ciegas, con seguridad. Reconocí y «marqué» a todos los viajeros habituales, quién se bajaba y subía en esta o aquella parada. Me acostumbré a los cambios de velocidad, a los sonidos, olores, a las rutinas del personal. Incluso, tras acabar con mi objetivo, estuve dos semanas más repitiendo los trayectos para no levantar sospechas a la policía. Un trabajo impecable. No es que lo diga yo, que también.
Así que, dicho esto, os podéis imaginar cómo me sentí aquel día cuando, tras realizar otra rutinaria inspección en el lujoso rascacielos en el que se hospedaba mi siguiente objetivo, el ascensor se detuvo en la planta veinticinco y, para mi estupor, entraron en él una valquiria y una fallera con dos grandes bolsas de deporte negras.
Lo que os digo. Literal.
Imagino que mis ojos se salieron de sus órbitas. No pude ver sus expresiones, ya que llevaban máscaras. Pero era de imaginar que no esperaban que hubiera nadie en el ascensor a esas horas de la noche. Tras unos segundos de incómodo silencio, se cerraron las puertas. La fallera anuló el descenso y pulsó el botón de parada. El ascensor se quedó a oscuras unos segundos, y luego se encendieron las luces rojas de emergencia. Se miraron, se encogieron de hombros y procedieron a desnudarse sin mediar palabra.
Mis manos, que ya habían empezado a sudar, comenzaron a moverse nerviosas a la vez que el pie derecho daba pequeños e incontrolables golpecitos al suelo de la cabina.
Se quedaron en pelotas.
A pesar de mi lamentable estado de nerviosismo, no puede por menos que admirar sus esculturales cuerpos. Y se me debió de notar mucho por cómo miraban, sonriendo, la tienda de campaña que surgió en mis pantalones como por arte de magia. Que podía estar muy nervioso, sí, pero una cosa no impide la otra.
A continuación abrieron las bolsas de deporte y sacaron unos monos negros de cuero. Se los pusieron. Y luego sacaron las Glock 17, semiautomáticas, calibre 9 mm. Fueron muy usadas por las fuerzas de seguridad austríacas, noruegas y suecas. No están entre mis preferidas, pero en fin, cada uno tiene sus gustos. De hecho, yo prefiero en mis trabajos otro tipo de armas: clips, bolígrafos, paraguas, monedas, patillas de gafas…
Todo estuvo claro para mí desde ese momento, ya que había estudiado bien el edificio. Entraron en la planta veinticinco. Allí se celebraba una fiesta de disfraces de famosillos que duraría hasta bien entrada la madrugada. Pensé que, con el ascensor detenido, cambiarían el sentido del elevador. Seguramente subiríamos a la cuarenta y siete. Toda esa planta estaba ocupada por una empresa mayorista con sede en Amberes, dedicada a la importación y exportación de diamantes. Y allí había gente armada a todas horas.
La gran pregunta que me hacía yo era lo que iban a hacer conmigo.
—¿Y contigo qué hacemos? —dijo la valquiria, ahora «la rubia», tras introducir su disfraz en la bolsa.
—Le matamos —propuso la fallera, ahora «la morena».
—No veo otra opción —contestó la rubia colocando un silenciador a su Glock.
—Señoritas —conseguí decir—, no se precipiten, por favor. Sin duda hay otras alternativas —saqué del bolsillo un pañuelo, me quité las gafas y comencé a limpiarlas con torpeza.
—¿Ah, sí? ¿Y cuáles son esas opciones, majete? —dijo la morena levantando también su semiautomática.
—Cooperemos —propuse.
—¿Cooperar? No entiendo —replicó la rubia.
—Señoritas, yo no estoy por casualidad en este ascensor. Estoy trabajando. Comprobando el terreno. Podríamos decir que soy del gremio.
—¡Ah! Otro ladrón —dijo la morena— Pues te matamos.
—¡Qué insistencia con matarme, leche! No, mi objetivo no son los diamantes que sin duda es lo que habéis venido a sustraer en la planta cuarenta y siete, y no de una manera muy sutil, me atrevería a decir. Mi objetivo es otro. A mí me han contratado para matar a una persona.
Vi que apretaron con más fuerza las culatas de sus armas y entrecerraron los ojos. Lo mío no es improvisar, ya os lo he dicho, pero no me quedaba otra. Mi mente empezó a trabajar a contrarreloj.
—Te escuchamos —susurró la rubia. ¿O era la morena? En fin, da igual.
—Una planta más arriba, en la cuarenta y ocho, se alojan los altos ejecutivos de la empresa que queréis robar, la Western Diamond Company. Uno de ellos es mi objetivo. Vosotras me ayudáis a entrar en la habitación y yo os consigo el botín sin necesidad de usar esos juguetitos —dije señalando las Glock 17.
No serían más que unos segundos, pero en ese momento a mí me parecieron una eternidad. Al fin, se miraron y asintieron.
—De acuerdo, pero como nos traiciones… —dijo la morena.
—Sí, ya lo sé. Me matáis —dije terminando yo la frase.
—¿Qué quieres que hagamos? —preguntó la rubia mientras bajaba la semiautomática.
—Lo primero, que guardéis esas armas en vuestras bolsas, bajo los disfraces. Y después, que bajéis bastante las cremalleras de los monos.
Las chicas levantaron las cejas al unísono e hicieron ademán de volver a apuntarme.
—Las Glocks no son las únicas armas de que disponéis, —comenté bajando la vista—, ni las más eficaces.
Veintitrés pisos más arriba, el ascensor se detuvo y abrió sus puertas con un siseo. Anduvimos por el pasillo dieciséis pasos exactamente y nos detuvimos.
—Llegamos. Planta 48, puerta 24, no pensaba tener que volver aquí de nuevo, tan pronto —susurré, más para mí mismo que para las chicas—. En fin, vamos allá.
Me puse mis guantes de trabajo, toqué tres veces con los nudillos y congelé en mi rostro una sonrisa servil. A los pocos segundos la puerta se abrió y escuché a mis espaldas unas exclamaciones ahogadas. Las chicas no estaban preparadas para lo que vieron. Y eso me agradó, tengo que reconocerlo. No iba a ser yo el único sorprendido aquella noche.
El hombre que nos recibió —si se le puede llamar «hombre» a semejante mole de músculos y grasa— era Haruki Tanaka, el guardaespaldas de mi objetivo. Haruki había sido luchador profesional de sumo. Si en ese momento era imponente, no imagino cómo sería más joven, en sus buenos años de luchador.
Afortunadamente para nosotros, yo conocía su talón de Aquiles. Y estaba a mis espaldas. Dos semidiosas aqueas enfundadas en ajustados monos negros de cuero.
Los ojos se Haruki se entrecerraron aún más, si eso era posible.
—¿Tú otra vez? ¿Qué quieres?
—Buenas noches, Tanaka-san. Perdone que le moleste a estas horas, pero la Empresa envía un regalo para el señor De vries. Para que tenga una estancia más placentera. No sé si me entiende.
Tanaka miró a mis espaldas, asintió, apartó su enorme mole y nos dejó entrar.
—Me he permitido incluir en el obsequio otro para usted, Tanaka-san. Espero que sea de su agrado.
Tanaka estalló en risas —doscientos kilos convulsionando de manera descontrolada— y me arreó una palmada en la espalda que casi me derribó.
—¿Qué llevan ahí? —dijo señalando las bolsas cuando paró de reír.
Las chicas tenían el rostro desencajado. Había que tranquilizarlas, o cometerían un grave error. Tanaka era enorme y pesado, pero también muy rápido.
—Son unos disfraces, por si les apetece a ustedes algún….numerito especial —le contesté—. Chicas, enseñadle las máscaras y los disfraces.
Ellas, nerviosas, abrieron las bolsas y le mostraron el contenido. Él echó un vistazo rápido y superficial al interior, y su interés y su mirada se detuvieron mucho más tiempo en el generoso escote de la rubia.
—Creo que me quedaré con esta. Al señor De vries le gustan más las morenas. A mí todas —dijo sonriendo mientras, con su enorme manaza, apretó uno de los senos de la rubia, que gimió de dolor.
—¡No aguanto más! —Estalló la morena metiendo la mano en la bolsa intentando sacar su arma.
Tanaka se movió como un rayo. Agarró a la morena del cuello con una sola mano y, sin darle tiempo a apuntarle con la pistola, se lo quebró.
La rubia sí pudo sacar su arma con el silenciador aún puesto y logró disparar dos veces en el torso del japonés antes de que este la estrechara por la cintura con sus brazos y le partiera la columna. Luego ambos cayeron con gran estruendo, bien abrazados. Y bien muertos.
La puerta de la sala contigua se abrió y apareció el señor De vries, enfundado en un batín color granate.
—Pero, ¿qué demonios…? —exclamó. Y se quedó mudo y horrorizado al contemplar la escena.
—¡Estas dos prostitutas, señor! ¡Venían a matarle, pero Tanaka-san se lo ha impedido! ¡Mire, tenían pistolas! —le dije mientras me agaché y cogí la Glock de la rubia.
Le acerté en la cabeza. Un único tiro. Se desplomó. Luego volví a colocar la pistola en la mano de la chica.
No había sido mi mejor trabajo; ni el más limpio. Pero para haber improvisado, no había salido nada mal.
—Teníais que haber tenido paciencia, chicas —les recriminé—. Esto no debía de haber acabado así.
Eché un rápido vistazo a la sala y me dispuse a marchame cuando recordé lo que les había prometido a las chicas. En la habitación de De vries, sobre una mesa, reposaba un maletín. No estaba cerrado. Contenía seis bolsitas con diamantes.
Estuve tentado. Pero pensé que si el maletín se quedaba, nadie buscaría un tercer asesino.
Además, como ya os dije al principio, intento ser honesto conmigo mismo. Y yo no soy un ladrón. Solo soy un asesino.
Así que, si me necesitáis, preguntad por ahí. Yo os encontraré.



