Cuesta sostener el silencio
que traen consigo los desacuerdos.
Ese beso largo,
en pausa que lo dice todo,
cuanto toca olvidar,
cuando pesan los secretos
y las despedidas acechan.
Aquello que se llama amor
inventa su propio idioma
y nos habla desde adentro.
Pero si cuesta dejar ir
aún más cuesta reparar.
Cuesta reparar lo que ya no debería seguir doliendo,
aprender a vivir de las decepciones,
despegarse de sueños que unen el espíritu,
de los vínculos que hacen de pegamento
entre los miedos al compromiso
y los feroces apegos.
Cuesta verter los amores líquidos
que dejan sabores agrios,
que huelen a deshechos del alma
y sentimientos marginados;
pero nacen en primavera
como miel de primeros de mayo,
entre flores de romero y tomillo
y aromas del monte bajo.
Cuesta vivir a solas
si no aprendes que la unicidad
brilla con su propio brillo.
Y que el uno es tan bello como el humor de Dios, que también creó el dos.
Si el hambre de caricias
surcaba mis pechos,
mis manos dibujaban temblorosas
tu silueta en mi cuerpo,
y entonces la mente dejaba paso al intento de creer
que ya éramos fuego en el lecho.
Más las llamas no avivaron pasiones
que abrigaran los fríos atardeceres,
se quemaban entre tiernos susurros
se calcinaron entre imposibles destinos.
El final trágico de los amantes
con los ojos llenos de ganas de verse,
robando instantes al reloj
mientras resuelven el mapa de sus corazones,
amándose en territorios invisibles
sin la frontera del espacio y la razón.
Y así…
El universo que creamos
me llevó hasta tu cielo,
obsesionada con los destellos de tu noche,
en esa oscuridad donde la luna
te roba las sábanas
y deja los cuerpos desnudos al descubierto,
como un espejo reflejando el deseo puro
y las siluetas plateadas abrazándose en el aire.
El idilio perdió su órbita,
dejándonos en «otros mañanas,»
sólo quedaron las promesas rotas,
las tristes sombras que pueblan el día,
el vacío que descansa junto a nosotros
como compañero de ruta.
Y la escena teatral de tu recuerdo evaporándose entre mis brazos,
o el gemido de placer de nuestros encuentros mágicos.
Tu escribías un cuento
sin desenlace,
en tu mirada hallaba historias prohibidas
que no me cansaría de leer
y el misterio del amor
que es mayor al de la muerte.
Más, cuando dos almas se entienden
se sienten como un secreto compartido entre dos latidos.
Cuando dos seres se aman de verdad algo queda respirando fuera del tiempo, permanece y no tiene adioses.
No. Lo nuestro no era eso.
Como un papel arrugado
lleno de anhelos que no se cumplen,
empezó a escaparse el amor sin protagonismo ni argumentos.
Ardiente el corazón y embriagado de intentos se quebró falto de pureza,
de un sentimiento elevado que lo sostuviera.
Y caminamos sobre el barro
que salpicaba los defectos,
manchados por la realidad
del ayer que en las nubes
flotaba incompleto.
El amor tocó tierra y se ensució.
Y se marchó del regazo sin pedir perdón.
Vínculos frágiles como pétalos de cristal,
que decoran la antesala de nuestra juventud.
Endebles ante las primeras dificultades,
fruto de la lógica del consumo,
de la cordura que te hace creer
que hay versiones mejoradas disponibles.
Y deshechas momentos
y usas pasiones
y derramas el calor que habita dentro.
Porque el corazón que está vacío y falto de afecto, tiene un amor profundo escondido dentro.
Y es su interior un abismo desconocido
en el que sumergirse y protegerse del frío.
Ajenos a ello, buscamos el amor fuera
sin nutrirnos del nuestro,
dejamos de cuidar del otro
y de lo que nos importó antes,
superados por la adicción a lo nuevo.
Aún así me pregunto
si recurrí a tí como una dopamina
que calmara mi desaliento
al confundir el cariño sincero
con la adrenalina de la conquista.
Porque esta vez, tampoco al corazón le dolió menos.
Se cruzaron nuestras vidas en instantes equivocados,
exrtraviados en la vueltas de un mundo
que no nos quería juntos.
Construí un nosotros con las manos sucias
y senti en la arcilla las nuevas raices.
Entonces creci,
me volví real, tangible y verdadera.
Pero le di valor a lo imperfecto.
Y a aquellos amores pasados
cargados de esperanzas y errores
los amé mucho más,
con todo mi aliento
y hasta el último suspiro.
Prometí cobijarles
bajo el calor de mi abrigo
porque eran una parte de mi,
una parte de mi destino.
¿Cómo iba a abandonarme?
Perdoné al corazon,
perdoné lo imperdonable,
olvidé su traición equivocándome.
Negué el sonido de su eco tintineante susurrándome poemas de hueso y carne.
Ignoré el cansancio de caminar tras el amor,
que acelerado y reticente se alejaba.
Cerré la puerta a los caminos y los atajos provocantes,
a los entresijos y dudas
y la vulnerabilidad del ayer.
Le cerré el paso al pensamiento incitante y perturbador que estremecía mi cuerpo ni para bien ni para mal,
el que brotaba de la mente enamorada.
Y pude amarme.
Las ganas solo nacen del corazón, de la complicidad del alma y las profundas conexiones.
El deseo no nace en los ojos, se alimenta en nuestro interior, necesita piel para sentir y el cuerpo no le pide nada si el corazón no ama.
Recorrí otros mundos llenos de diálogos internos amables,
del hermoso sonido de la empatía y la aceptación.
Porque perdonar y sanar van de la mano.
Aprender a perdonarte a ti mismo
antes que a los demás,
es una nueva oportunidad
desde una conciencia diferente.
Vacié el alma de cargas y trabas,
dejé en la mente estantes ordenados
donde encontrar cada suceso
en mi recuerdo con el peso adecuado.
Y el sitio necesario para lo diferente,
otras estaciones, nuevas emociones.
Y ese «algún día» en la semana
para dar el salto, para el gran cambio.
Llegó por fin el martes perfecto,
en el que taché las culpas de mi calendario.



