LOROS Y GALLOS

Oihane Molinero presenta su reflexión sobre la sociedad en 'Loros y gallos'

Con la llegada de las redes sociales se ha ampliado el acceso a todo tipo de datos en Internet, lo que ha llevado en muchas ocasiones a la sobreinformación y,  a su vez,  a la desinformación.

Son muchas las veces que la información que sale a la luz es excesiva, sin embargo, no deja de ser la falta de actitud crítica en los lectores lo que hace que los numerosos falsos datos se conviertan en una realidad.                                                                                        Salen noticias en los periódicos, se publica algo en un blog o en una wiki, una página web donde los usuarios pueden publicar cualquier tipo de información sea veraz o no, los lectores leen y se «tragan» las amargas palabras sin desconfiar lo más mínimo, normalmente, por falta de contraste de la información.

Si bien es cierto que cada vez hay más conciencia de la excesiva información falsa que circula por internet y cada vez son más las personas que contrastan los datos buscando otras fuentes, siguen siendo muchos los que se conforman con lo que leen, ven u oyen, dejando que una editorial, cadena o personaje público destroce poco a poco, una a una, sus neuronas y su capacidad de decisión, esclavizando y dirigiendo sus vacías mentes.                                                                                                                                                                              Es espeluznante la situación, pues, como si de una hipnosis se tratara, aseguran con una inválida y sin sentida certeza lo que dicen, repitiendo, como loros y cacareando como gallos a viva voz su nueva y copiada opinión del tema, e incluso a veces, casi obligando a hacer lo mismo.

Los descabellados creadores y seguidores de bulos continuarán ejerciendo su trabajo, y mientras, yo estaré respirando el aire tranquila, diferenciando, en la cantidad que pueda, la mentira y la verdad, con mi estantería repleta de libros, de películas y periódicos, dejando florecer mi mente y, por supuesto, ignorando al gallo y el loro que, supongo, nunca dejarán de cantar.

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