Las ratas no son el problema

Odiaba bajar a la vieja cochera donde papá guardaba aquellas balas de paja enormes, el pienso de los animales y los cacharros oxidados que ya no tenían utilidad. Comprendía que guardara allí el pienso, la paja y aquellas odiosas algarrobas secas que dejaba allí tiradas, pero nunca me gustó.

Odiaba bajar allí porque el aire parecía estar condensado, no había una sola ventana, olía a aceite de motor, gasolina y una mezcla infinita de mil olores más, pero el peor de todos era el de cosas viejas y olvidadas, daba una sensación de angustia enorme. Me imagina a mi misma, cuando fuera inútil y vieja y se olvidaran de mi en un sitio así, en un sitio con olor a desesperación.

Seguramente estoy exagerando, y seguramente esa exageración sea fruto del profundo miedo que me daba aquel lugar, era un lugar negro y lleno de cosas que fácilmente podían confundirse con la figura de alguien, con un monstruo enorme o un horrible demonio escondido en las sombras.

Aquel día fue la última vez que bajé allí.

Papá no solía mandarme abajo, mamá le regañaba porque siempre subía asustada y muy agitada, pero aquella mañana mamá no estaba  y papá estaba tan ocupado que no le quedó más remedio que pedirme el favor.

Hice de tripas corazón y bajé. Solo debía llenar una bolsa con algo de paja y coger un saco de pienso, era claramente una tarea sencilla.  Mi mirada siempre se iba hacia las algarrobas, no me gustaban, eran oscuras y había una montaña enorme, me daba la sensación de que no habría nada bueno allí.

Sin embargo el lugar en el que no encontré nada bueno fue en la paja. Estaba a punto de coger un saco para echarla dentro cuando vi a una enorme rata negra correteando por encima del montón. Retrocedí claramente asustada y me hice con la hoz de mi padre para acabar con aquel odioso animal.  Como supuse que no sería la única , me di prisa por acabar y volver arriba. Quité el primer montoncito de paja y un montón de ratas salieron de ahí, corriendo, seguramente más asustadas que yo y deseosas por esconderse en cualquier otro lugar.

Solo una se quedó,  la miré fijamente y vi sangre en su pequeño hocico chato. «Algún otro animal muerto aquí debajo, puede que incluso otra rata» pensé, con la única idea de tranquilizarme. Seguí quitando la paja poco a poco mientras las ratas iban saliendo, cada vez había más y yo luchaba por no salir corriendo, asqueada.  Había quitado tres grandes montones y ya estaba dispuesta a sumir mi derrota y llamar a mi padre para que sacara aquel bicho muerto él cuando me di cuenta de lo que realmente había, de lo que habían estado comiendo aquellas ratas negras.

A papá.

Estaba tirado en el suelo, con media cara devorada, heridas por todos los sitios visibles de su cuerpo y claras puñaladas en el lado de la espalda que podía ver. Junto a él había otro cuerpo.

El mío.

Retrocedí mareada y con unas nauseas crecientes , me choqué con la pared donde me quedé apoyada intentando respirar con normalidad.

– ¿Tesoro? – Sonó la voz de mi madre arriba. – ¿Estás ahí? – entonces me acordé de todo. De como papá me había mandado abajo, de como mamá se había enfadado, de como había intentado asustarme para que jamás volviera a bajar, de como papá la había empujado hacia la paja, enfadado, y de como todas aquellas ratas había salido disparadas, de como primero intentamos matarlas todas y de como mamá decidió usar aquel pico para clavarlo primero en mi pecho y luego en la espalda de papá. Y de como aún respirando débil, nos había cubierto con la paja.

Me quedé mirando nuestros cuerpos cubierto de paja y medio comidos por las ratas mientras seguía oyendo como mi madre me llamaba, pero ahora, por primera vez, no tenía miedo a aquel sitio, me aterraba en cambio subir, las ratas no eran el problema.

Me quedé allí sentada entre la paja y mi cuerpo inerte, mientras intentaba concentrarme en el ruido de los animales y no en las voces de mi madre que llegaban desde el piso de arriba, al que sin duda nunca volvería a subir.

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