La noche que calmé a Nuria

A caballo entre los delirios del Gobierno y la crudeza de la realidad. Marta y Miguel, compañeros de vida tiempo atrás y exclusivamente de espacio desde hacía un mes, se propusieron esa tarde de sábado —una más del confinamiento por el decreto de Estado de alarma en España a consecuencia de la propagación del virus Covid19— decirse aquello que no se dijeron ni durante el idilio matrimonial estrenado una frondosa primavera de 1989 ni desde que se marchitase lentamente esa parte del amor que entregas con pasión y que un día jamás deseado por inhóspito se transforma en desdén. A través de sus miradas, desbordantes de sinceridad, concluyeron que no cabía demorar más lo que —distraídos en piruetas de absurdos recelos y taimados desencuentros— venían eludiendo.

—¿Quién abre el fuego?

—No me gusta que utilices esas expresión.

—Ya veo. Lo acabas de abrir.

—Me lo has puesto en bandeja. Así que aprovecho y te digo que duele mucho querer y que no te quieran.

—¿Por qué dices eso?

—Porque lo siento.

—No digo que no pero es posible que te equivoques.

—Los sentimientos no son fórmulas matemáticas. Supongo que lo sabes pero no lo parece o intentas que parezca que no.

—Si me crees capaz de lucir apariencias, es que no me conoces.

—Te conozco. Por eso me escama ese tono sobrepuesto, altivo…y esas palabras tan rotundas. Eres más de exhibir dudas.

—Explícate que me pierdo.

—Decía que eres más de dimes y diretes que, con mucha locuacidad, reconduces a conveniencia pero sin apenas convicción.

—Me abrumas con esa opulencia de sabiduría acerca de mi. Te convendría no abusar tanto por si acaso….

—Por si acaso, ¿qué?

—Ves como entras al trapo enseguida.

—Si no, no sería yo. Hablando de trapos, ese pantalón te queda ancho.

—Bonita manera de llamarme gorda.

—¿Ves?, otro direte. Yo no he dicho eso.

—Me limito a traducir lo que transmiten esos ojos que desparraman aquello que piensas.

—Nunca me dijiste que ellos eran lo que más te gustaba de mi.

—Y lo mantengo.

—Lo siento, no me puedo desprender de ellos.

—Es la primera vez que te oigo pedirme disculpas. Fíjate qué fácil resulta.

—Ya. Si no sale del alma es sencillo.

—¿De dónde salió esta vez?

—De alguien que nunca te ha mentido.

—La verdad no te hace mejor.

—Pero sí auténtico. Una de mis escasas virtudes.

—¿Así lo crees?

—¿Tú no?

—Lo creo, igual que no creo que estés dispuesto a contarme ese secreto que llevas dentro.

—Dejaría de ser un secreto.

—O sea que sí. Que guardas un secreto.

La habitación, una acogedora sala de estilo vanguardista con ligeros toques clásicos —caso de la lámpara isabelina simétrica de seis brazos hecha de metal de color bronce—, enmudeció. El silencio que había ocupado unos segundos ataviados de incertidumbre se desvaneció por el sonido del timbre de la puerta de acceso al apartamento. Quien quiera que fuese, sin pretenderlo, había hecho desbocar en Marta las elucubraciones acerca de ese misterioso asunto que la mente de Miguel —con mirada impertérrita— pretendía guarecer tras sentirse atrapado.

—Voy a abrir.

—No, no lo hagas.

El timbre recobró vida. Ahora mediante vibraciones más prolongadas que transmitían una impronta de impaciencia amplificada a través del pequeño pasillo decorado con un cuadro dibujado a carboncillo de Charlot acompañado de la leyenda “Nunca te olvides de sonreír porque el día que no sonrías será un día perdido”. Los ademanes de acudir hacia la puerta se bloquearon agigantando el grado de incertidumbre en Miguel y ampliándolo a Marta.

—¿Quién será?.

—Tú sabrás. Hace un instante parecías muy segura de ello.

—Qué va, solo pretendía que no te escabulleras de contarme ese secreto que has reconocido tienes escondido.

—Te prometo que lo haré saber en cuanto sepamos quién está llamando a la puerta.

—¿De veras que será así?.

—Lo prometo.

Ahora sí, tras comprimir con especial énfasis el cigarrillo del que acababa de extraer una profunda calada, Miguel se desacomodó del sofá color café con leche al tiempo que orillaba un cojín con forma de terrón de azúcar que, rescatándolo del espaldar, acostumbraba a acariciar como si de un peluche se tratara. Con parsimoniosos andares cubiertos de pantalón vaquero y zapatillas deportivas se introdujo un jersey gris marengo hasta ocultar la camiseta blanca de tirantes a lo Paul Newman en una de las escenas de El golpe, que gustaba llevar siempre. En paralelo, Marta se puso en pie. Atusó su vestido casual de tejido lanoso verde manzana ilustrado con tachones triangulares tono marfil, dejando desnudo, al capricho de los movimientos corporales, uno de sus hombros.

Ya abierta la puerta, el gesto de extrañeza de Miguel izando las cejas y pegando intensamente sus labios alentó el deseo de Marta por aproximarse con el propósito de contemplar con sus acaramelados ojos de gata lo que era incapaz de vislumbrar desde el salón.

El relato, narrado con dulzura por una auxiliar de clínica del Hospital Ciudad de Móstoles, obtuvo el efecto terapéutico deseado. Nuria, una paciente de 39 años diagnosticada de coronavirus, con fiebre alta y dificultades respiratorias había pretendido huir de la cama de la 212 debido a un ataque de ansiedad. El relajado sueño que ahora ofrecía permitió a la sanitaria retirar con delicadeza su mano de la —aún ligeramente temblorosa— de Nuria. Después de un profundo suspiro, enjugando con su puño un par de lagrimas, la auxiliar caminó hacia fuera de la habitación. En la planta hospitalaria le esperaban más enfermos a los que atender y tal vez calmar contando otro pasaje más de una historia de amor escrita exclusivamente en su imaginación. 

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