De un tiempo a esta parte hay una nueva forma de linchamiento en el mundo literario y hablar de ello implica posicionarse en uno u otro sentido. Aunque no nos guste. Alguien publica un libro, su prosa brilla más de lo esperado, y de inmediato aparece la sospecha: esto lo ha escrito una máquina. Lo dicen con la seguridad de quien tiene pruebas. Sin tenerlas. Basándose en su percepción, que puede que importe o puede que no, pero alzan la voz como si su opinión fuera el canon establecido y por ello estuviese en poder de una verdad absoluta. La inteligencia artificial ha entrado en la conversación literaria como lo hace cualquier herramienta nueva: provocando miedo. Y el miedo, cuando no encuentra datos, inventa argumentos. El problema no es que la gente tenga opiniones sobre la IA. El problema es cuando esa opinión se convierte en veredicto público, en acusación directa contra una autora o un autor concreto, sin una sola prueba que lo sostenga. Estamos hundiendo carreras sobre supuestos. Sobre una prosa demasiado fluida, una estructura demasiado limpia, un ritmo que no encaja con lo que esperábamos de esa persona. Como si la escritura debiese tener imperfecciones obligatorias para ser auténtica. Como si mejorar fuera sospechoso. Nadie pregunta lo mismo cuando un escritor usa un corrector ortográfico, cuando consulta en Google una fecha histórica, cuando se apoya en un editor que rehace sus frases o en un beta reader que le dice qué no funciona. Las herramientas han formado parte del proceso creativo desde siempre. El bolígrafo fue una herramienta. El ordenador fue una herramienta. La IA también lo es. Quien decide cómo y cuánto usarla sigue siendo algo personal. Hay un debate legítimo sobre los límites éticos del uso de la IA en la escritura creativa. Es un debate que merece hacerse con rigor, con honestidad, con datos cuando los haya. Lo que no merece espacio es la acusación sin fundamento disfrazada de postura literaria. Señalar con el dedo a alguien porque su escritura te parece demasiado buena no es crítica. Es envidia con pretexto tecnológico. La lectura es libre. Cada persona elige qué leer y en función de qué criterios. Eso tampoco se discute. Como también lo es escribir y, hacerlo desde esa libertad personal, es un acto que solo nos compete de forma individual. Pero destruir la reputación de una escritora o un escritor desde la suposición y el anonimato de las redes no es ejercer esa libertad. Es otra cosa. Y deberíamos tener el valor de llamarla por su nombre.
El banquillo estaba vacío. Lo llenamos nosotros
El banquillo estaba vacío. Lo llenamos nosotros



