La grulla que aprendió a volar

La grulla que aprendió a volar

Había una vez una joven grulla que deseaba volar alto, pero temía caerse. Toda su vida se había sentido excluida, alienada, a la deriva en medio de una marea de individuos que jamás se paraban a conocerla realmente. Sus hermanas eran gráciles, hermosas y muy elegantes, pero la joven grulla creía que no estaba a la altura, que no era suficiente y debía hacer algo para demostrar su valía. ¿Por qué no la miraban cuando estaba junto a ellas? ¿Habría hecho algo mal? La joven grulla no podía dejar de preguntarse por qué no encajaba, por qué sus hermanas la miraban con desdén cuando pasaba a su lado. En esos instantes que desgarraban su alma, escondía sus lágrimas entre sonrisas para disfrazar su dolor.

Cuanta más indiferencia percibía, más temía lanzarse a volar. Así, cada día y durante años, veía a sus hermanas volar orgullosas por el firmamento mientras ella se sentaba junto a la ribera del río y sumergía sus patas en el agua helada, castigándose por no ser mejor, por no poder alzar el vuelo. Un día, mientras las admiraba boquiabierta desde la lejanía, resbaló con el rocío de una roca y cayó al río. El gélido arroyo envolvió a la pequeña grulla en un torbellino interminable de pinchazos incesantes que no hacían más que aumentar. Durante aquella vorágine, la joven grulla vio toda su vida pasar por delante y solo podía pensar en que no había logrado volar ni una sola vez. Pero…, ¿realmente lo había intentado? ¿O el miedo al fracaso le había impedido intentarlo tan siquiera una vez?

Cuando aquel doloroso torbellino acabó, la joven grulla abrió temerosa los ojos, desorientada y sin saber a dónde había ido a parar. Miró a su alrededor y quedó maravillada por un claro en el bosque, lleno de flores y visiones que nunca antes había alcanzado a ver porque no había salido de su pequeño nido junto al río. Empezó a andar, perdiéndose en los detalles, disfrutando de cada nuevo descubrimiento. Hasta que oyó una voz en lo alto de un árbol. Sin embargo, no era capaz de divisar a quién le pertenecía.

—¿Qué haces por aquí, pequeñaja? —Su voz era amenazadora y áspera. La joven grulla paró en seco, asustada, sin saber qué decir.

—Estás muy lejos de la protección de tu casa, me temo. ¿No tienes miedo? Podría darte caza incluso aunque emprendieras el vuelo ahora mismo.

La voz tomó forma en una imponente águila real, majestuosa y segura de sí. La grulla no podía dejar de mirarla, una mezcla de temor y fascinación se entremezclaban en sus ojos. ¿Cómo podía hacer frente a una supremacía como aquella? Solo podía pensar en su incapacidad para volar y, de repente, vinieron a ella todos esos sentimientos que había estado reprimiendo durante años: dolor, miedo, frustración, impotencia, confusión, tristeza…Su corazón no podía albergar tantas emociones a la vez; pensaba que su frágil cuerpo estallaría.

—No temas, no te haré daño —dijo el águila—. Si has llegado aquí es porque necesitabas hacerlo, porque tu camino te ha traído hasta aquí. No me considero un ser sabio, pero sé algunas cosas y te diré que hay algo enraizado en tu espíritu que no te deja crecer, pequeña.

La grulla percibió cómo se escapaba el aire de sus pulmones al oír aquellas palabras.

—Tienes miedo —continuó el águila—. ¿A qué? Eso solo lo sabe tu alma; debes desentrañar tú los misterios que se esconden en tu corazón. Pero te diré algo: aquello que temes es algo cuyo remedio está en ti. Busca la respuesta dentro de ti, conócete, conoce tus miedos y así hallarás el coraje para enfrentarte a ellos. Una vez lo logres, nada logrará detenerte.

La joven grulla no podía apartar sus ojos del águila, un ser que emanaba fuerza, sabiduría y una extraña paz que apenas podía explicar. Antes de poder responder a sus palabras, la grulla escuchó un ruido tras ella, lo que le llevó a romper el contacto visual con aquella inusual presencia. Pero, al volver la vista, el águila ya no estaba.

Desconcertada, la joven grulla volvió caminando por la ribera del río, buscando su hogar y pensando en las palabras de aquella sabia ave. «Busca la respuesta dentro de ti», resonaba en la mente de la pequeña grulla.

«Dentro de ti…».

Tras lo que parecieron años condensados en días, andando y cavilando sobre lo que había ocurrido, la pequeña grulla llegó a un acantilado. Se paró al borde del despeñadero y observó el horizonte. Miró a lo lejos: a las montañas, a las nubes que se perseguían unas a otras por el lienzo anaranjado que anunciaba el fin de aquel extraño día, al sol que se escondía tras el lejano mar para dejar que la hermosa luna se alzase para decorar la noche.

Todo parecía igual, pero era distinto. ¿O lo era ella? La joven grulla se perdió en aquel hermoso baile de la vida que florecía ante sus ojos y que podía ver desde lo más alto de aquel acantilado. Y, de repente, la grulla sonrió, tomó aire y se lanzó al vacío.

T.

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