Hay una frase
— Buenas tardes a todos, me llamo Juan y estoy aquí por mi prima Sara. Sara es mi prima mayor, recuerdo los días de verano en la casa de los abuelos —se emociona—, siempre juntos haciendo bromas, ella la mente pensante y yo quien las ejecutaba —su mirada refleja nostalgia—. Ella para mí era toda una referente.
— Conforme fuimos creciendo los grupos de amigos dejaron de ser los mismos, ya no íbamos tanto a la casa de los abuelos y sin darnos cuenta nos convertimos en dos extraños. Si os soy sincero llego un punto donde ni me caía bien.
— Estuvimos sin vernos unos dos años, nos reencontramos cuando murió nuestra abuela y a partir de ese día en el tanatorio volvimos a tener la relación que algún día tuvimos. De nuevo éramos uña y carne, aunque Sara ya no era la misma, me daba mucha pena, quizás no está bien que lo diga pero es que… —comienza a sollozar—
Primera intervención del terapeuta:
— Tómate el tiempo que necesites —dijo el terapeuta.
— Perdón, perdón… —se disculpó Juan nervioso.
— Tranquilo, no te preocupes. ¿Crees que puedes seguir? —preguntó el terapeuta
— Sí —afirmó Juan.
— Muy bien, adelante…
— Respiró profundamente— Cómo iba diciendo, mi prima —se queda en silencio— mi prima estaba mal psicológicamente, muy mal. —Cerró los ojos— No quiero ni imaginar por lo que había pasado durante esos años en los que prácticamente no sabía nada de ella —rompe nuevamente en llanto—.
Segunda intervención del terapeuta:
— Bueno, si te parece bien Juan nos tomamos un descanso y ahora volvemos —sugirió el terapeuta.
— Juan asintió con la cabeza.
— Venga, tenéis diez minutos para lo que necesitéis.
Diez minutos después Juan continuó contando su experiencia:
— Hay una frase —mira al infinito— no sé de quién es, yo la escuché en la película del Joker, lo que si sé es que es tan real —agacha la mirada mientras recita— “la peor parte de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras”.
— Si una persona no tiene movilidad en las piernas, ¿le decimos, camina?, si una persona está ciega, ¿le decimos, por qué no intentas ver?, si una persona es asmática, le decimos con todo el aire que hay ¿por qué te cuesta respirar?… ¡Claro que no!, ¡nadie se atreve a decir esas barbaridades!, es más si alguien formulara algunas de esas preguntas sería tachado de un ser cruel. En cambio, que una persona no sea capaz de salir de la cama, que anule planes continuamente o que tenga un comportamiento raro para los demás sin tener ninguna afección física o sensorial es objeto de crítica y de comentarios destructivos.
— Yo con Sara he aprendido tanto sobre la salud mental, he entendido que cuando tienes un problema psicológico no te va a permitir comportarte como si no lo tuvieras, que el no comportarte según la norma va a provocar un bombardeo de opiniones y comentarios ofensivos y que esto último a su vez va a producir que se agrave su salud mental haciendo que tenga actitudes más extrañas. Es la pescadilla que se muerde la cola.
— ¿Lo más surrealista? Lo más surrealista es que los primeros en juzgar a esas personas con supuestas conductas raras son quienes más mermado tienen su autoestima, su seguridad, y algo más surrealista aún es que yo fui uno de ellos —se queda en silencio mientras toca los anillos de sus manos— Yo le amargaba la vida a los demás, yo era el cabecilla, el que disfrutaba haciendo bullying. Sé de sobra que no tiene justificación lo que hacía, pero me encontraba en una situación muy estresante en mi casa, mis padres se estaban divorciando y yo lo pagaba con quien menos culpa tenía.
— Ahora tengo una cosa muy clara, si anímicamente no te encuentras bien y para sentirte mejor buscas humillar a los demás, quien dice humillar dice menospreciar, insultar, reírte o cualquier otra cosa de ese estilo es de ser un cobarde que lo único que consigue es acrecentar el malestar interno. Lo afirmo porque lo he vivido en mi propia piel.
— Cambiando un poco de tema que me estoy empezando a enrollar demasiado, hoy hace justo 30 días que recibí la llamada de mi tía, a escuchar que ni siquiera le salían las palabras, me puse en lo peor, dije para mí ya está, Sara se ha quitado la vida y muy equivocado no estaba. Como pudo me explicó que se había tomado cajas enteras de pastillas, que se la encontró en el suelo del baño, que respiraba muy débilmente pero que respiraba. La ambulancia se la había llevado, le habían hecho un lavado de estómago aunque el pronóstico no era bueno —tras una respiración profunda— que estuviera viva no significaba que sobreviva y si lo hace puede que le queden secuelas.
— Cuando recibí esa horrible noticia quede en shock, no daba crédito a lo que había ocurrido, es algo que nunca piensas que te pase a ti, se ve tan, tan lejano, sentía rabia, miedo, tristeza, y otras emociones que no se ponerle nombre, además hay cosas de ese día que no recuerdo con mucha nitidez… Fui a verla, pero no la vi, termine en urgencias con una pastilla debajo de la lengua intentando calmar la ansiedad. Transitoriamente se calmó, ¿el problema? que volvió, quizás no tan intensamente, pues no es tan limitante, aunque eso no significa que pueda hacer la vida que hacía…
— Durante la siguiente semana mi vida se resumía en levantarme, desayunar, ir a trabajar, volver a casa, ducharme y tumbarme hasta el siguiente, estuve en ese estado hasta un punto donde mi cabeza hizo clic. Analicé el contexto y no podía seguir así, por ella, por todos los que me quieren y por mí.
— Decidí volver al hospital. Entrar en la UCI, verla en la cama, llena de cables, tubos, tan vulnerable… —suspira— se me rompía el alma —con voz temblorosa—. Delante de ella intento ser fuerte, le hablo, le acaricio las manos, pero es salir por la puerta y derrumbarme, me paso horas llorando tirado en la cama pensando una y otra vez en todo lo que podía haber hecho para evitar esto, son muchos los que me dicen que no soy el responsable, mi parte racional lo sabe, sin embargo mi parte emocional no lo quiere ver y ahí sigo…, creyendo que en mis manos estaba que todo hubiera sido distinto. Igualmente si yo soy culpable lo es más Ezequiel. Necesito otro momento, perdón.
Tercera intervención del terapeuta:
— Claro, no pasa nada, el que necesites —dijo el terapeuta.
— Juan bebió un poco de agua.
— ¿Mejor? —preguntó el terapeuta.
— Si, si… Ezequiel es el mejor amigo de Sara, o eso dice Sara…, yo digo que es un cabrón que no entiende que significa la palabra amistad. Últimamente mi prima estaba de bajón, no iba bien las cosas en el ciclo, bueno ella había comenzado un ciclo de dietética ¿vale?, estaba ya de prácticas y la experiencia se le estaba convirtiendo en cuesta arriba, tanto que han terminado las cosas como han terminado… Ellos, o sea Sara y Ezequiel tenían planeado un viaje desde hacía unos meses y ella a última hora decidió no ir. Ezequiel se enfadó y le hizo la famosa ley del hielo, Sara aclamaba auxilio, aclamaba que alguien la salvara y ¡Ezequiel la sentenció! Ahora dice sentirse culpable y yo me alegro —con la mirada llena de rencor— es como debe sentirse porque si él simplemente la hubiera escuchado, si no le hubiera ignorado cuando más destruida estaba todo hubiera sido diferente. No sé qué pasará —con los ojos vidriosos—, pase lo que pase tengo una cosa muy clara, jamás perdonaré a ese individuo.
— Puede que Ezequiel solo quisiera que reaccionara, que le hiciera caso, que dejara esas prácticas que le estaban asfixiando, puede que solo quisiera lo mejor para Sara… Me da igual lo que buscaba con su actitud infantil, inmadura y sin ni una gota de empatía, lo único que vale son las consecuencias ¿y cuáles son las consecuencias? Unas desastrosas para mi prima. —Con la mirada llena de desprecio— lo odio, odio a Ezequiel y me odio yo. En estos momentos no sé, no obstante estoy convencido de que hubieron mil señales de alerta, para que tomara esa decisión debía estar destruida. No tengo nada más que decir.
Intervención de otra paciente:
— Hola Juan, me llamo Laura, te entiendo perfectamente, he pasado por una situación muy similar, bueno todos lo que estamos aquí nos ha pasado algo similar. En mi caso fue mi hermano. Mira yo sé que necesitas buscar culpables, yo también los buscaba y deja que te diga una cosa, no sirve para nada.
— ¿Perdón? —Pregunta Juan enfadado—
— Por favor, deja que termine, sé que dirás ¿esta tía de que va?, es normal, a pesar de ello deja que te diga que echarte la culpa o echársela a ese chico no te va ayudar, no va a hacer que cambie nada. Dicho esto, hoy ha sido mi última sesión, espero Juan que sigas con la terapia y espero que tu prima se recupere. —Laura se acerca a Juan, se abrazan y se emocionan—.



