Cuando me siento a escribir en el porche siempre revolotean a mi alrededor.
Dos gatas y un gato. No tienen nombre ni falta que les hace. Una es la mía, siempre viene a saludar. Sé que es porque le doy de comer, pero en sus caricias hay algo más allá del interés y eso hizo que me enamorara de ella. Otra es de color gris azul y no hay una sola vez que no me gruña al verme, aun así después de tantos granitos de pienso se deja acariciar, es curioso porque si la acaricio cierra los ojos y ronronea, pero, de un momento a otro, al verme se sorprende y gruñe, tengo asumido que solo quiere las manos que le dan de comer. El otro es un gato con la cara arañada, me mira mientras escribo haciéndome pensar en aquel poema de Bukowski, sin saber que lo admiro porque la gata que me enamoró siempre esta junto a él, ella se cuela en casa y no me queda otra que darles de comer a todos.
Cuantas veces pensé en para que escribir, quien va a leer lo que escribo, a quien le interesara… hasta que llegue al divino pensamiento del hacer por hacer, por grabar en renglones lo que no quiero olvidar y al escribirlo dejar ese hueco en la cabeza. Porque hay algo oculto y mágico en escribir, y es que parece que cuando escribes te permites olvidar, sueltas ese recuerdo con la seguridad de que en algún sitio queda guardado, y eso al menos me permite continuar sin anclarme al pasado.
Por eso ahora escribo sobre estas gatas, porque me enseñan un conocimiento mucho más profundo al que con el intelecto puedo llegar, están en un presente constante, no necesitan pensar cual será su próximo paso, no necesitan racionalizar el amor para rozarse, ronronean en la frecuencia justa, no inventan la ciencia para habitar la simpleza del ser, y esa ciencia que les envuelve me crea una fascinación atroz.
Me remito a un poema del gran Federico:
“Diana es dura,
pero a veces tiene los pechos nublados.
Puede la piedra blanca latir en la sangre del ciervo
y el ciervo puede soñar por los ojos de un caballo.”
Se podría imaginar la gata que siento un profundo amor en su presencia, que en este momento le escribo. Habrá un lugar más haya de la realidad, quizás en los bordes de las palabras, donde la energía nos hace ser iguales y las esencias se confunden, donde el amor sea la única medida con que medirlo todo.
En realidad hay otra gata más, fue quien me robo la parte más dulce de mi corazón, el fuego que hacia del latir inocencia, vulgarmente los latidos ignorantes que aun se creían la ilusión de amor romántico. Siempre fue mi principal atención hasta que pario y dejo de venir a verme. Un día al cogerla como antaño me araño la cara y la revoleé, aún no nos lo hemos perdonado. Pero el otro día sin razón aparente se puso a mi lado. Me miró como se miran los amantes perdidos, como se mira a alguien a quien se solía amar. Me miró y trascalo no se donde, pero araño mucho más profundo de lo que ella pudiera arañar. Se rozo por entre mis piernas y se marchó.
A veces paso largos ratos sentado mirándoles y a lo lejos se queda ella, la 4 gata, nos miramos fijamente desde la distancia, sabemos que es mejor así, con tierra de por medio, y de esa forma nos quedamos observándonos.
El otro día le puse nombre, el de una “aquella mujer” que alguna vez ame, porque si siempre me gusto tanto fue porque me recordaba a ella, volcando en esta gata toda la rabia que el amor marchito arrastra, todo el amor que el adiós lleva a cuestas y toda la pasión enterrada que maltrata a los finales.
Otras veces miro la luna para distanciarla más porque la gata se me queda corta, me sabe a poco.
Pero el recuerdo sigue ahí, marchito, sanando tanto que casi no queda nitidez, y por si se extingue del todo le pongo su nombre a la gata, por si la olvido del todo que aún recuerde de donde viene la cicatriz, de aquel arañazo que me lanzó aquella mujer en forma de caricias en un escondrijo rebuscado de los adentros.
Han pasado semanas desde que escribí lo anterior, ahora el amor se ha disfrazado de nuevo, como lo hace una y otra vez aunque no se sepa ver. La inocencia que creía olvidada ha venido vestida de amor, y así como si nada me pego un lametazo, cuando para mi sorpresa recorría con su lengua toda la cicatriz que creía tan profunda y rebuscada, sentí tal felicidad que no me quedo más remedio que comerle el corazón y alguna otra cosa más, y fue en el regusto que me quedo en la boca donde descubrí que el romanticismo distorsiona y daña por querer hacer más especial de la cuenta lo que el instinto anhela.
Podría dejar volar la imaginación y que la metáfora devore la realidad que mi inmadurez no aguanta, pero parece que el peso de los días quiere que aprenda algo, y la ignorancia quiere dejar paso a una inocencia refinada que ya no se asusta por sentir.
En realidad son 4, no tienen nombre, ni falta que les hace.



