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El pensador malagueño 

Un hermoso mulato, esbelto con raíces en Inglaterra y Jamaica, que vivía en la soleada Málaga en la Costa del Sol, en España, era uno de los presentes más habituales en una de las cafeterías más impresionantes de la ciudad. Era gerente del local y trabajaba como camarero. Este lugar tan especial era como su casa y modo superandi, y también un centro para muchos intelectuales y bohemios malagueños. Era contagioso el encanto de este hombre un poco retraído y crítico, siempre vestido a la última moda, que ya había pasado la mediana edad, con unos ojos expresivos que decían mucho, frente alta y rostro esculpido como el de una estatua. La gente se sentía realmente feliz en su presencia. Frecuentaba el local una mujer perdida del este de Europa que encontró consuelo en el platónico amor que sentía por él y en el encanto de la maravillosa atmósfera que reinaba en la cafetería. Ella vio en él al «Pensador» de Auguste Rodin y descubrió la imagen de lo que es un artista en general.

Tenían muchos amigos en común. Antes de dedicarse a la cafetería el mulato trabajó en el ámbito de las artes audiovisuales y ahora mantenía la página de la cafetería en Facebook de manera muy eficiente y original. La mujer iba allí todos los días y nunca más se sintió sola. Hasta que un día decidió confesarle su amor. Lo hizo mediante diferentes insinuaciones: dirigiéndose directamente a él, dedicándole saludos musicales y, finalmente, regalándole una foto erótica. Esto obviamente fue la gota que derramó el vaso. Cuando, como de costumbre, se sentó para tomar su café por la tarde, el mulato se enfadó mucho y le pidió que abandonara el sitio. Ella se fue muy abatida, pálida y frustrada por su reacción. Pensó: “Todos estamos hechos de la misma masa: la humana. No importa la edad, el sexo, la raza, la religión o el estatus social. No hay límites para el amor. Desafortunadamente, lo que está sucediendo es que todos negamos cosas diferentes. Somos ignorantes. ¿Por qué?”

Un poco más tarde, decidió ir con una amiga a la azotea de un hotel donde había un restaurante al lado de la cafetería. Su amor estaba abajo. Ella lo miró desde un ángulo superior, con la mirada dirigida hacia la Tierra, desde la perspectiva en que Julieta observaba a Romeo. Él la miró en un ensueño y después dirigió la mirada a las nubes. Este momento se grabó en la mente de la mujer para siempre. Al día siguiente se fue sin poder abrazar a su querido, llena de sentimientos mixtos. En su tierra la esperaban muchos emocionantes momentos con sus amigos y colegas y así hasta su próximo encuentro con el bello y sensible mulato…

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