Cuarentena

Desperté en un cuarto sin ventanas, sin puertas, sin salidas o entradas. A decir verdad, ya llevo algún tiempo encerrado aquí, pero nunca antes había sido tan consciente de mi situación como lo soy en este momento. Hoy las paredes parecen cobrar vida y, curiosas, se acercan hasta mí, y ya no sé como alejarlas. Hasta hoy jamás había tenido ni la necesidad ni el deseo de irme de aquí, tal vez esa sea la explicación, algo ha cambiado. Hoy, por algún motivo, la necesidad urge, el deseo parece haberse despertado de su larga siesta, y este, inevitablemente, choca contra los muros que no ceden ante su fuerza. No recuerdo si alguien me forzó a meterme en este lugar o si lo hice por voluntad propia, a decir verdad, en este momento no puedo siquiera explicarme cómo conseguí meterme en este cuarto.

Hasta ayer respiraba bien, hoy me falta el aire, quizás tan solo sea porque no he podido descansar bien anoche. No es la primera vez que me siento agobiado entre estas paredes, que me invade la impotencia que despiertan los límites impuestos. La frustración despierta recuerdos dormidos que tienen que ver con ‘Ella’. A este cuarto le llaman Sicilia y por decreto nacional no puedo abandonarlo, dicen que es por cuestiones de salud. Si no me fallan los cálculos estamos en abril del 2020, pero aquí dentro ya no distingo cuando termina un día y comienza el otro, así que puede que esté equivocado y ya estemos en Mayo. Me habían prometido que para este entonces ya me habría largado de este lugar, pero no fue así. Me prometieron un pasaje de avión que me llevaría a reencontrarme con una persona que me hace mucha falta, pero no cumplieron. Hoy por decisión de algunas autoridades se me arrebata tal posibilidad, y el cuarto como respuesta parece querer asfixiarme. ¿Cuánto más estaré atrapado aquí dentro?, no lo sé. Aquí las paredes dejan escapar susurros, y algunos de ellos predicen un encierro de algunos meses más. Yo me encuentro bien, no tengo síntomas que sugieran una pérdida de salud, al menos físicamente.

La vida en algunas oportunidades te acorrala, te oprime el pecho con sus puños y espera a ver cuanto aguantas sin perder el conocimiento. Le gusta jugar a esto en ocasiones.

Los murmullos vecinos a mi habitación se hacen sentir cada vez más y se torna realmente difícil mantener la calma. Ellos sin embargo, no me escuchan a mí, no importa que tan fuertes sean mis palabras. La voz, los insultos, las plegarias, ya no sirven, tampoco la fuerza. La paciencia y la relajación parecen ser mejores armas.

Parte del muro de piedra se desmoronó ante mis ojos, no lo hizo por completo, pero sí una porción de su superficie. Con los pedazos de piedra comencé a dibujar en las paredes. En un principio no eran más que líneas y figuras imperfectas, pero con el correr de las horas mis habilidades mejoraron notoriamente.

Con la expansión de la angustia, el techo de la habitación perdió altura, lo hizo de tal modo que conseguí alcanzarlo con mis palmas. Su proximidad me aplastaba y me acercaba cada vez más a un piso frío e inhibidor de posibles florecimientos.

Al descubrir mis nuevos “pinceles” aquella mañana, comencé a dibujar en el cielo raso, aprovechando su cercanía. Creé así un nuevo cielo, completamente despejado, libre, con espacio de sobra para brindarse a un vuelo liberador de nostalgias. Dibujé en él aves de gran tamaño, cóndores que lo recorrían por sobre los picos de las montañas que llegarían unos minutos después. En los dibujos se apreciaban cómo figuras pequeñas por supuesto, debido a su lejanía, con fortuna alcanzaba a verlos siquiera. El cielo era alto, tan alto que ya no me sentía tan agobiado. El cuarto había ganado en altura, y ahora llegaba tan lejos como llegaba mi mirada.

En un rincón del cuarto dibujé el sol, en el opuesto la luna. De esta manera el pequeño monoambiente quedó dividido en dos, sus hemisferios guardaban secretos y sorpresas, e inspiraban pensamientos y consuelos con características propias y complementarias.

Al terminar con el techo, deslicé mi piedra hasta las paredes. En una de ellas dibujé las montañas, que trepaban tan alto que terminaban por mezclarse con el techo y llegaban a acariciar a los cóndores. Mirándolas a ellas encontré la paz que necesitaba, logré gracias a ellas sentir el viento y el aire puro que las envolvía. Hacía tanto que no respiraba. Comencé a caminar entonces, me decidí por explorarlas por completo y dejarme penetrar por su majestuosidad. Emprendí una expedición hasta sus cimas, y la energía acumulada que ponía a correr la ansiedad se disipaba y le daba paso al sueño que tanto me había ignorado el último tiempo. Aquel sentimiento de abandono había desaparecido. Cuando las montañas se mezclan con el hemisferio que le corresponde a mi luna, puedo sentir el frío inundar mi cuerpo, y con él, la frescura que le hacía falta a algunas ideas que carecían de inspiración y se habían tornado algo monótonas.

En la pared apuesta, tracé con mi piedra las líneas que significaron el océano. Olas gigantescas parecían inundar la habitación con su ímpetu y amenazaban con secuestrarme para someterme a una vida distinta. Las horas comenzaban a correr apresuradas, y ya no me daba el tiempo para satisfacer todos mis deseos (ahora tenía cientos de ellos), y al encontrarme con la almohada las fantasías corrían inquietas. Algo de la ansiedad seguía allí, pero se había transformado. Esta ya no respondía a la angustia, ya no intentaba escapar de la realidad para encontrarse con otra más prometedora; ahora su motor era el entusiasmo.

Las paredes restantes fueron conquistadas por bosques y cascadas que le regalaron a la habitación la música que le faltaba a los paseos por los senderos que se escondían entre los altos pinos.

La piedra se había gastado. Su tamaño ya no me permitía dibujar mucho más, pero conseguí obsequiarme un último detalle. Aquel mismo lugar que unas horas atrás me sometía a pensamientos fronterizos con la melancolía y me obligaba a pantanos de una profunda insanidad, ahora hacía lo contrario: me ofrecía paz y un lugar seguro dónde nutrir cualidades dormidas que le correspondían a mi espíritu.

“Los problemas no son más que ilusiones, basta con cambiar la perspectiva para que estos desaparezcan”, escribí bajo mi cama con lo último de mi pincel. Aquella verdad sería mi tesoro descubierto, y estaría enterrado por siempre en cada uno de mis sueños.

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2 Comments

  1. Matilde Tapia dice:

    Muy buen relato de sensaciones y sentimientos propios pero a la vez comunes para tantos lectores! Me gustó mucho leerlo!👍👍👏👏👏

  2. Agustina dice:

    Lindisimo relato! De una enorme profundidad, alienta la resiliencia y el optimismo.

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