Crónicas del Imperio.

Crónicas del Imperio.

Fragmento de mi próxima novela.

CAPÍTULO 1
El volcán de Agua se alzaba soberbio en el horizonte, parecía querer proteger la ciudad y a la vez vigilar que la mañana ascendiera e iluminara las pétreas paredes de las ruinas Mayas, vestigios mudos de los crueles señores que en el pasado reinaron en los cielos y en la tierra.

La gente de Antigua se aprestaba a enfrentar una nueva jornada, las calles empedradas de grises cantos rodados humedecidos por el rocío de aquella gloriosa mañana, hacía un buen rato que poblaba la plaza del ayuntamiento, que latía cargada con los recios olores a vibrante humanidad mezclados con los provenientes de los anafes donde se cocían los tamales colorados, los rellenitos y el dulce atol de elote.
Las torres y campanarios de la Catedral de San José, procuraban alcanzar el cielo en un empecinado intento de tocar los tenues cirros algodonosos que engalanaban el cielo azulado; frente a su fachada de piedra volcánica, la fuente con sus cuatro sirenas dadoras de vida refrescaba la plaza con las límpidas aguas que manaban de sus senos…

La madre de Lupe murió al poco de nacer ella, Gloria, una amiga de la difunta, se hizo cargo de la pequeña y se la llevó consigo a la casa donde servía, una mansión en Jocotales que se caía a pedazos, perteneciente a Elena y Graciela, dos hermanas solteras quienes enmascaraban su precaria situación comportándose con unas desproporcionadas ínfulas de señoronas ricas; no dejaban pasar un solo día sin que se pasearan con exagerada altanería camino del Convento de Santa Catalina, ataviadas con raídas mantillas negras de encaje, alardeando de rosarios y misales de nácar, donde prestaban la visita diaria a las monjas de clausura que habitaban el convento, para recibir la bendición a través del torno que las separaba de las religiosas.

Gloria se ocupaba de las tareas de la casa, así como de la cocina, y a cambio, ella y la niña comían una vez al día, y dormían en el suelo en un rincón de la carbonera.
A la edad de quince años, Lupe era una jovencita falta de carnes de aspecto desnutrido, de corta estatura, tenía el pelo negro que siempre llevaba recogido en un sobrio rodete. Sus pómulos salientes, la amplia frente, y la nariz aguileña, evidenciaban su innegable descendencia Maya, sus ojos almendrados poseían una eterna mirada de asombro, como de alarma ante la profunda miseria en la que ella y su madre adoptiva vivían como si aquello fuese la cosa más natural del mundo.

A la niña le encantaba el colegio, cada vez que podía evitar las constantes labores que las tiránicas hermanas le imponían, asistía a las clases que impartían las monjas en la escuela del pueblo, un edificio hecho de ladrillos de arcilla secados al sol con un techo de hojas de palma y paredes descoloridas.
Por desgracia, aquellas escapadas en las que Lupe podía satisfacer sus deseos de aprender eran escasas, pues la aciaga pareja de solteronas la mantenían constantemente ocupada, haciendo recados o efectuando trabajos en la casa bajo la amenaza de los golpes que estas le propinarían si no quedaban satisfechas de la eficiencia de la delgaducha niña, por lo que era habitual verla correteando desaforada empeñada en cumplir las tareas encomendadas con suficiente tiempo para llegar a la escuela, la mayoría de las veces cuando las monjas estaban a punto de dar por terminadas las clases.

Lupe era silenciosa, lucía una seriedad impropia de su edad. Arrastraba su precaria cotidianeidad, que parecía no afectarla, no luchaba contra esta, muy al contrario, se diría que tomaba las riendas de sus desgracias y las domeñaba.

Uno de aquellos días se le acercó Ramiro con la intención de cortejarla. Ramiro era mayor que ella, tenía una mirada plañidera y unos andares torpes y desgarbados que a la niña le hacían gracia. De forma espontánea, sin planearlo, comenzaron a verse a través de la reja de la ventana que daba al barranco que lindaba con el camino que se extendía desde Antigua a Jocotales.

Las intransigentes hermanas horrorizadas ante la osada actitud del infausto Ramiro, convocaron urgentemente una reunión con la madre adoptiva de Lupe para poner coto a la deplorable situación provocada por el muchacho y la jovencita.

El cónclave fue breve, las dos solteronas esgrimieron la aplastante lógica de que «No estaba bien visto que los patojos anduviesen con aquellos arrumacos en plena calle a la vista de los vecinos», por lo que exigían que el muchacho pidiera oficialmente permiso a Gloria, la madre de Lupe, para entrar en la casa y verse con la mocita, siempre en presencia de un adulto que en aquel caso sería cualquiera de las dos estrictas hermanas. A lo que Lupe no accedió agobiada por aquellas formalidades, así es que el pobre Ramiro, acentuando su llorosa mirada, se despidió mohíno y triste de su admirada Lupe.

Unos zapatos morados previnieron a Lupe del nefasto porvenir que le supondría su matrimonio con Oswaldo Alvarado…

Oswaldo estaba a las puertas de cumplir treinta años, era achaparrado, de frente ancha, pelo castaño oscuro que rozaba la categoría de ralo; sus ojos marrones eran pequeños, huidizos y malévolos, la nariz corta y la barbilla redondeada y masiva le sugerían poseedor de una elemental inteligencia.
Era mecánico de automóviles, trabajaba en el taller que albergaba y mantenía los autobuses y camiones de pasajeros y mercancías que operaban en Antigua.
Hacía meses que observaba las idas y venidas de Lupe cuando esta pasaba delante de los portones de la cochera. A pesar de la escuálida delgadez de la jovencita, Oswaldo se sentía atraído por la juventud de la aniñada Lupe. Cada vez que se topaba con ella, la envolvía con miradas lascivas que a él le parecían cautivadoras, y desagradables comentarios alusivos a las excelencias de los atributos femeninos de la muchacha, que, según el primitivo galán, eran lisonjas ante las que la jovencita terminaría rindiéndose sin condiciones.

Sin embargo, Lupe, ensimismada en sus cosas, apenas se daba cuenta de los apetitos que despertaba en la calenturienta mente de aquel bajito personaje embutido en un grasiento mono azul de trabajo, quien parecía conocer los momentos exactos en los que ella pasaba por delante de las puertas del taller de mecánica.

Las insistentes apelaciones del hombre parecieron dar sus frutos, Lupe se acostumbró a los groseros piropos del mecánico, cuando este la interpelaba, ella esbozaba tímidas muecas parecidas a sonrisas, Oswaldo ante tales muestras de agrado por parte de la jovencita, decidió abordarla directamente.
Con simpleza rayana en la estulticia le planteó el deseo de hacerla su novia, a lo que Lupe muy seria contestó: «Que si quería verse con ella, él tenía que entrar en la casa y pedir permiso a su madre».

El imprevisto noviazgo fue muy breve, apenas transcurridos unos meses, Oswaldo se personó en casa de las dos encopetadas hermanas, y en presencia de estas, le pidió la mano de Lupe a Gloria, la madre adoptiva de su pretendida, en aquel momento, las dos señoronas interrumpieron con brusquedad la formal entrevista, y sin dejar de observar con fieras miradas a la niña, le preguntaron si ella quería a su pretendiente, a lo que esta, con un ambiguo encogimiento de hombros contestó: «Yo no entiendo de esas cosas».

La boda tuvo lugar rodeada de surrealistas tintes de sospechosas conspiraciones. Siguiendo las instrucciones del novio, esta se celebró a las cinco de la mañana con la sola asistencia de Gloria y las dos hermanas. Lupe vestía una bata blanca de lino y unos zapatos morados, regalo del novio, quien ignorante de la talla de la desposada los compró dos números más pequeños. En cuanto Lupe se los calzó, exclamó desolada: —¡Esto es un martirio! —. (Años más tarde les explicó a sus hijas que aquella fue una señal de la providencia presagiando el negro porvenir que le depararía aquel funesto matrimonio).

Una vez consumada la ceremonia, Oswaldo y su flamante desposada se fueron a vivir a un rincón que este había preparado en el sitio donde trabajaba; un pequeño cuartucho en el taller de la cochera de autobuses y camiones.
En la reducida habitación que rezumaba humedad y vapores de aceite de maquinaria y gasolina, solo había lugar para un incómodo camastro con un colchón relleno de borra, una tosca mesa de madera sin pulir veteada de nudos y grietas, y un único taburete rectangular que solo ofrecía asiento para una persona. Una pobre claridad se colaba en el cuarto a través de un estrecho ventanuco desde el que se podía ver el triste callejón de tierra apelmazada que desembocaba en un extenso prado adornado con humildes casas de ladrillo guarecidas por techos construidos con láminas de latón, cobijadas entre múltiples árboles frutales de mangos, aguacates, guayabas y tupidos arbustos silvestres.

Desde el mismo día que la pareja ocupó el precario alojamiento, Lupe supo cuál sería el porvenir que la vida le tenía preparado.
Oswaldo no le permitía salir sola a la calle, en su ausencia este la dejaba encerrada bajo llave en la estancia.

Lupe soportaba los encierros que su marido le imponía con el estoicismo característico en ella. Permanecía horas encerrada sin nada que hacer, excepto esperar la llegada de Oswaldo y aceptar los tratos aberrantes de los que este la hacía objeto. Las noches devenían el escenario de constantes abusos y maltratos. Nunca lloraba ni daba muestras de desespero. Tumbada en el estrecho camastro al lado de su animalesco marido, cuando este yacía emitiendo sonoros ronquidos que amenazaban con ahogarle, agotado por el alcohol ingerido y los intentos de satisfacer sus inútiles urgencias que rara vez consumaba, ella se volvía hacia el ventanal y soñaba hermosas escenas de niñas de blanco y encajes admiradas por sus padres y familias en las fiestas de quinceañeras. Aquellas ensoñaciones aliviaban las penas soterradas y la llenaban de ánimo.

Mientras tanto, los días transcurrían indiferentes a las penurias de la joven Lupe. Por fortuna para ella. Oswaldo se ausentaba cada tarde al término de la jornada de trabajo. Desaparecía y no regresaba hasta bien entrada la madrugada. Al salir cerraba con llave la puerta del cuarto.
La joven vivía recluida buena parte del día y de la noche. Sin nada mejor que hacer, asomada al estrecho ventanuco, se quedaba ensimismada pensando en sus cosas…

Uno de aquellos días, estaba de puntillas con los codos apoyados en el rugoso alfeizar de la ventana canturreando una pegadiza melodía que se le había quedado aferrada a la memoria…
Atardecía, el sol se arropaba buscando el regazo de los tres guardianes que rodeaban Antigua, el horizonte aparecía engalanado con los tintes rojizos que se fundían con los rojos y violetas que vestían las nubes que decoraban el cielo que embozaba los cráteres de los tres volcanes eternos custodios de la ciudad.

Bandadas de palomas interpretaban sus vuelos mesurados dispuestas a retirarse hasta que un nuevo amanecer irrumpiera sobre la ciudad… Los históricos edificios de Antigua atesoraban la luz dorada del atardecer componiendo una atmósfera de mágica nostalgia…
El metálico sonido de la llave al girar en la cerradura de la puerta del cuarto interrumpió por un momento el ensueño de Lupe… Oswaldo consumada su jornada de trabajo, como siempre, abandonó la reducida habitación sin mediar palabra asegurándose que la puerta quedaba bien cerrada…

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