Soledad

Laura Losaca Vico presenta su relato corto 'Soledad'
Soledad

Sería difícil describir el miedo, es algo tan arraigado en nuestro interior que no tiene forma, no tiene color o textura, no es blanco o negro, no es nada en realidad. Es nuestra mente rota, perturbada, moribunda. No es más que un horrible espejismo del que no podemos escapar.

Y ahí estaba ella, temblando en aquel vacío negro, muerta de miedo, o quizá muerta de verdad.

No había nada, no había nadie, solo un vacío inmenso, la negrura lo invadía todo y se lo comía todo. Mirara hacia donde mirara había lo mismo. Absolutamente nada.

Intentó respirar, mantener la calma, pero era imposible, empezó a pensar en lo que esa nada significaba, y cuanto más pensaba más se reducía ella a nada. Se encogió en aquella esquina fría y se llevó las manos a la cabeza, en un intento desesperado por no escuchar ni tan siquiera sus propios pensamientos, pero aquello era imposible, la vocecita estaba dentro de ella y le decía «Eh, ¿sabes qué? este es tu final. Oscuridad, podrida oscuridad y soledad, no habrá nada para ti, no habrá nadie, andes hacia donde andes todo será igual. Negro, ¿y el sentido? ninguno»

En aquel momento gritó, gritó muy fuerte intentando no oírlo, intentado solo oír su desgarrador lamento, pero fue inútil, aquel grito era solo un presagio más de lo que la voz decía; Qué no había nada.

Se puso en pie y decidió que debía correr, que sino lo hacía, si se quedaba allí sentada, moriría aplastada por toda aquella oscuridad.

Los primeros diez minutos corriendo pensó que vería la luz pronto, los veinte siguientes se convenció de que podría encontrar a alguien y tras una hora cayó de rodillas, totalmente rendida. La voz tenía razón, no había nada. Fue en ese momento cuando la oscuridad de fuera se le metió por todos y cada uno de los poros de su piel.

Primero sintió una tristeza tan grande que creía que no podría volver a moverse nunca más, después sintió ira, tanta que sino llega a ser por la nada que había a su alrededor lo habría destrozado todo, pero sin duda lo último fue lo peor; el vacío, la sensación de no ser nada, de que todo está mal, de que sino hay nadie que te acompañe en la oscuridad es porque no hay nadie que te quiera, que aprecie tu brillo, aunque sea tenue. Nadie quiere quedarse contigo contando estrellas en una noche fresca de verano, o riendo a carcajadas a la salida de un examen porque salió desastroso, nadie quiere que le acompañes hasta el final de la calle o que le avises de si has llegado, y mucho menos quiere estar contigo cuando todas y cada una de las luces de tu interior se apagan y te aplastan.  No eres importante para nadie, al menos no tanto como para que te saque del vacío, o  como para que te encienda una luz y saber donde está el final del camino. Y lo peor es no saber el por qué. No saber si no eres especial para alguien por como tú eres, por lo que hay dentro de ti, por risa escandalosa o por tu manera llorona de afrontar las cosas, si es por esa manía tuya de olerlo todo antes de comértelo, por poner la música muy alta cuando estás feliz o simplemente porque tú, en general, no eres suficiente.

Suena duro, y parece que no es verdad, los poetas dirían que todos somos suficientes y los pesimistas que nadie lo es. Eso no importaba, la sensación era la misma.

Las voces que le decían lo que todo iba mal fueron en aumento hasta hacerse insoportables, hasta que la hicieron llorar, hasta que gritaron tanto, que incluso llegó a oírlas en la cama sobre la que dormía, en su pequeño apartamento en el centro de la ciudad.

Miró en derredor y no había oscuridad, la luz tenue de la luna iluminaba la estancia austera, solo había sido un sueño, claro que un sueño espantoso. Se limpió el sudor de la frente y colocó las mantas, dispuesta a dormir las dos horas que le quedaban antes de que el despertador la arrastrara a su monótona vida de nuevo. Pero fue entonces, cuando sintió el peso de las mantas y lo comparó con el peso de la oscuridad, cuando se dio cuenta.

Su vida no era un túnel oscuro en el que no hubiera más que vacío, no, ella tenía una casa bonita y sencilla, paseaba por la ciudad, iba al trabajo, caminaba por las calles cuando estas se iluminaban por los primerizos rallos de sol o cuando la luna se dejaba asomar, había luz, incluso si era de noche, pero la sensación era la misma que cuando había estado completamente a oscuras, una sensación de vacío, de tristeza, de… soledad. Estaba sola, y sabía que si alguna vez se quedaba a oscuras, quizá nadie le encendiera la luz. No era por falta de personas en su vida, era por la falta de sentimientos reales. No había nada, no era nada, estaba sola.

Empezó a temblar de nuevo, a pesar de las mantas que la abrigaban, creía que se había despertado de la pesadilla, que ya estaba a salvo y no pasaba nada, pero antes de cerrar los ojos llenos de lágrimas se dio cuenta que la pesadilla, que el terror que había sentido, no era por culpa de estar profundamente dormida, estaría ahí, incluso si estaba despierta, incluso si estaba distraída, porque estaba sola, porque la negrura era solo una metáfora a la soledad. No entendía por qué, pero sabía que estaba muy dentro de ella, y no sabía como cambiarlo, así que volvió a dormir, a ver si en su pesadilla, encontraba al menos, un rayo de luz.

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