La profesión que cedió sus fronteras

La profesión que cedió sus fronteras

Agotamiento docente, burocratización y responsabilidad gremial

PARTE I

Hay cansancios que se alivian durmiendo y hay cansancios que sobreviven al descanso porque no proceden de una falta momentánea de energía, sino de una contradicción instalada en la forma misma de trabajar. La noticia publicada por Web del Maestro CMF, que reproduce y comenta la columna de Jaime Fauré sobre el caso específico de chile chileno pero que en realidad es una situación general con ciertas excepciones, sitúa el agotamiento docente en esta segunda categoría: una fatiga lenta, acumulativa y estructural que no desaparece con vacaciones, talleres de autocuidado ni exhortaciones a la resiliencia (Fauré, 2026; Web del Maestro CMF, 2026). La intuición es correcta. Cuando la persona regresa del descanso al mismo sistema de demandas incompatibles, el reposo repara parcialmente el organismo, pero no modifica la causa que vuelve a desgastarlo.

Los datos recientes confirman que no se trata de una impresión aislada. TALIS 2024 informa que el trabajo administrativo es, en promedio, la demanda laboral que más docentes identifican como fuente de estrés: 52 % en los sistemas participantes de la OCDE. En Chile, 57 % de los profesores señala el exceso de trabajo administrativo, 55 % la responsabilidad por los resultados del alumnado y 54 % la disciplina del aula como fuentes importantes de estrés. Los docentes chilenos de jornada completa reportan 40,6 horas semanales de trabajo, de las cuales 30,3 corresponden a enseñanza y 4,9 a tareas administrativas; estas últimas superan el promedio de la OCDE y aumentaron desde 2018 (OECD, 2025a, 2025b). La sobrecarga, por tanto, es medible y no puede disolverse en un discurso sobre actitudes personales.

Sin embargo, reconocer la raíz estructural no obliga a representar al gremio docente como un sujeto enteramente pasivo. Este analisis defiende una tesis más exigente: el sistema produce materialmente la sobrecarga, pero la profesión ha colaborado en su reproducción al normalizar, ejecutar y documentar tareas que desbordan su competencia, al aceptar reformas sin exigir la eliminación de obligaciones previas y al ceder espacios de decisión propiamente pedagógicos. No existe equivalencia moral entre quien impone una política y quien la obedece bajo una relación laboral desigual. Tampoco todo profesor dispone del mismo poder para resistir. Con todo, una profesión no se define únicamente por lo que sabe hacer, sino también por los límites que es capaz de formular y proteger.

La frase «los docentes tienen la culpa» sería injusta si significara que cada maestro es responsable de su propio agotamiento. Nadie elige libremente la precariedad, la amenaza de despido, el aula masificada o la falta de apoyo especializado. Pero puede adquirir un sentido filosóficamente defendible si se transforma en esta proposición: la comunidad profesional docente posee una responsabilidad ética y política, proporcional a su capacidad colectiva, por haber permitido que su campo de acción se ampliara sin recursos y que su autoridad se contrajera al mismo tiempo. El docente no es culpable de enfermar; la profesión sí es responsable de defender las condiciones que hacen posible enseñar.

La cuestión central, por ello, no es solo cuántas tareas se acumulan, sino qué relación guardan con el fin de la profesión, quién tiene competencia para realizarlas y qué autoridad acompaña a la responsabilidad asignada. Se espera que el profesor detecte problemas psicológicos, contenga crisis emocionales, medie conflictos familiares, aplique protocolos clínicos simplificados, complete informes para múltiples organismos, motive sin descanso y transforme cada clase en espectáculo. No obstante, si intenta decidir en materia diagnóstica, terapéutica o sociofamiliar, se le recuerda —correctamente— que no es psicólogo, neurólogo, psiquiatra ni trabajador social. La institución le transfiere la urgencia de otros campos, pero retiene fuera del aula la autoridad correspondiente. Esta es la paradoja de la omnipotencia operativa y la impotencia decisoria.

El argumento se desarrollará en cuatro movimientos. Primero, se distinguirá el burnout de una desmoralización profesional más amplia. Segundo, se analizarán la burocratización y la expansión del rol como formas de pérdida de finalidad. Tercero, se justificará la responsabilidad gremial mediante una concepción no punitiva de la responsabilidad estructural. Finalmente, se propondrá un pacto de autonomía responsable que no excluya la colaboración interdisciplinaria ni la participación familiar, pero que las ordene según competencia, reciprocidad y subsidiariedad. La finalidad no es idealizar un pasado de autoridad incontestada, sino recuperar una profesión capaz de responder porque también puede decidir.

Fauré sostiene que el cansancio docente no es solo burnout ni una crisis aguda; es la consecuencia de hacer durante demasiado tiempo más de lo razonable con menos de lo necesario. Su descripción identifica tres núcleos: el crecimiento de la carga administrativa, la ampliación del papel del profesor hacia funciones antes asumidas por otras instituciones y la distancia entre la buena práctica pedagógica conocida y la práctica materialmente posible. La fórmula con que resume la dinámica es esclarecedora: «Cada nueva política educativa agrega algo. Pocas veces algo se quita» (Fauré, 2026, párr. 10). La noticia no denuncia una tarea particular, sino una lógica aditiva sin evaluación del conjunto.

Esa lógica tiene antecedentes. En una investigación con 822 profesores de enseñanza media de Santiago, Cornejo Chávez y colaboradores (2009) encontraron que la significatividad del trabajo y la demanda laboral eran las variables centrales para explicar el bienestar o malestar docente. El estudio registró sobrecarga horaria, exigencias contradictorias, ambigüedad de rol y trabajo realizado durante el tiempo personal. También observó que una mayor capacidad de decisión sobre el trabajo cotidiano y el apoyo directivo se asociaban con una percepción menor de sobredemanda. Años después, TALIS 2024 muestra que la tensión persiste y que la carga administrativa chilena ha aumentado (OECD, 2025b). Cambian los protocolos y las plataformas, pero permanece el problema de fondo: más deberes sin una redistribución equivalente de tiempo, personal y autoridad.

La estructura no es una entidad abstracta situada en algún lugar exterior a las personas. Está compuesta por normas, incentivos, formularios, jerarquías, hábitos y silencios que se reiteran hasta parecer naturales. Una política adquiere estabilidad cuando miles de actores la ejecutan, incluso si muchos discrepan de ella en privado. Por eso, el diagnóstico estructural no elimina la agencia; la distribuye. El ministerio diseña, la administración traduce, la dirección exige, las plataformas verifican y el docente cumple. Cada nivel posee una cuota distinta de poder, pero el resultado necesita de todos. Comprender esta cadena evita dos simplificaciones: atribuir el agotamiento a una fragilidad psicológica individual o imaginar que el gremio carece de toda participación en la consolidación del sistema.

La primera simplificación conduce al autocuidado como remedio universal. Descansar, pedir ayuda y preservar la salud son acciones valiosas, pero se vuelven ideológicas cuando reemplazan la reforma del trabajo. La segunda conduce a una cultura profesional de la queja sin responsabilidad: el profesor aparece como receptor de decisiones ajenas, aunque su participación cotidiana sea indispensable para que esas decisiones funcionen. La crítica madura debe sostener simultáneamente dos verdades: el poder está distribuido de manera desigual y la obediencia repetida también produce institución.

La Organización Mundial de la Salud define el burnout como un fenómeno ocupacional derivado de estrés crónico laboral que no ha sido gestionado con éxito y lo caracteriza por agotamiento, distanciamiento mental o cinismo y reducción de la eficacia profesional (World Health Organization, 2019). Esta definición es útil porque sitúa el problema en el trabajo, no en una supuesta debilidad del carácter. Maslach y Leiter (2016) también muestran que el desgaste surge de desajustes persistentes entre la persona y ámbitos como la carga, el control, la recompensa, la comunidad, la equidad y los valores. En el caso docente, la pérdida de control y el conflicto de valores resultan tan relevantes como el número bruto de horas.

El modelo de demandas y recursos laborales ayuda a precisar el mecanismo. Las demandas consumen energía física y mental; los recursos —autonomía, apoyo, tiempo, claridad de rol y medios adecuados— permiten responder y sostener el compromiso (Demerouti et al., 2001; Bakker & Demerouti, 2017). Una tarea no se vuelve inocua porque requiera pocos minutos. Si interrumpe la preparación de una clase, duplica información ya registrada o carece de relación inteligible con el aprendizaje, produce una carga de interferencia. TALIS reconoce justamente que la naturaleza, combinación y competencia temporal de las tareas administrativas puede explicar su carácter estresante incluso cuando ocupan una fracción menor del horario (OECD, 2025a).

A esta carga se suma el conflicto de rol: recibir expectativas incompatibles o carecer de criterios claros sobre aquello que corresponde hacer. Desde hace décadas se ha encontrado relación entre ambigüedad, conflicto de rol y agotamiento docente (Schwab & Iwanicki, 1982). Un estudio más reciente halló asociaciones entre esas tensiones, el agotamiento emocional, la despersonalización y una menor satisfacción con la enseñanza (Pretorius et al., 2022). La contradicción descrita por el usuario —resolver problemas de otras áreas sin poder decidir sobre ellas— es un caso paradigmático: el profesor es responsable cuando falta la respuesta, pero incompetente institucionalmente cuando intenta ejercer autoridad.

No obstante, el concepto de burnout todavía puede quedarse corto. Santoro (2018) propone hablar de desmoralización cuando el docente conserva energía o deseo de enseñar, pero las políticas y prácticas le impiden acceder a los bienes morales de su trabajo. No se siente simplemente incapaz de cumplir expectativas externas; siente que ya no puede hacer bien aquello que, según su saber y conciencia profesional, debería hacer. Esta distinción ilumina el cansancio que nace al conocer una buena práctica —retroalimentación cuidadosa, atención a la diversidad, conversación intelectual, evaluación formativa— y verse obligado a reemplazarla por trámites, evidencias superficiales o estrategias inviables para grupos demasiado numerosos.

La desmoralización explica por qué unas vacaciones pueden resultar insuficientes. El descanso repone energía, pero no restaura el vínculo entre acción y sentido. Un profesor regresa y encuentra intacta la imposibilidad de enseñar de acuerdo con estándares que considera legítimos. El problema no es solo cuánto trabaja, sino la experiencia de emplear su tiempo contra la finalidad de su profesión. Cuando la tarea administrativa desplaza la preparación, cuando la contención emocional sustituye la enseñanza sin apoyo especializado o cuando la evaluación se subordina a evitar conflictos, el agotamiento se convierte en una lesión del juicio profesional.

Esta lesión también perjudica al estudiante. La enseñanza exige atención sostenida, memoria de cada proceso, capacidad para modificar una explicación y disposición emocional para corregir sin humillar. La sobrecarga fragmenta esas capacidades. No es una cuestión de heroísmo: ningún compromiso elimina los límites cognitivos y temporales. Por eso, reducir el problema a vocación resulta funcional al sistema. La vocación, cuando se interpreta como disponibilidad ilimitada, se convierte en una tecnología de extracción moral: cuanto más responsable es el docente, más obligaciones acepta y más culpable se siente por no cumplir lo humanamente imposible.

Weber (1978) comprendió la burocracia como una forma de organización racional basada en reglas, especialización, expedientes y jerarquías. Su ventaja es la previsibilidad; su peligro aparece cuando la racionalidad formal —cumplir correctamente el procedimiento— desplaza la racionalidad sustantiva —alcanzar un fin valioso—. En educación, la planilla nació para informar sobre la enseñanza, pero puede terminar organizando la enseñanza para que produzca planillas. El registro deja de representar el trabajo y comienza a gobernarlo. Lo verificable administrativamente adquiere más realidad institucional que lo pedagógicamente significativo.

El docente se convierte entonces en productor de evidencias. Debe demostrar que planificó, adaptó, contactó, derivó, retroalimentó, aplicó el protocolo y realizó seguimiento. Cada exigencia aislada parece razonable, pero su acumulación genera una segunda jornada orientada a probar que la primera ocurrió. El problema no es rendir cuentas; toda profesión con efectos públicos debe hacerlo. El problema es confundir rendición de cuentas con multiplicación de huellas documentales, aun cuando nadie disponga de tiempo para leerlas, interpretarlas o transformarlas en decisiones.

Habermas (1987) llamó colonización del mundo de la vida al proceso por el cual mecanismos sistémicos de poder y administración invaden espacios coordinados por comprensión y juicio práctico. Una clase pertenece inevitablemente a ambos órdenes: necesita normas y recursos, pero su núcleo es comunicativo. Enseñar implica interpretar preguntas, reconocer errores, crear confianza, ajustar ejemplos y construir sentido con otros. Cuando el aula se gobierna desde indicadores externos hasta el detalle, la lógica del sistema ocupa el lugar de la relación pedagógica. El profesor dedica atención a aquello que será auditado y reduce la disponibilidad para aquello que solo puede apreciarse en la interacción.

MacIntyre (2007) permite formular la misma tensión como conflicto entre prácticas e instituciones. Una práctica contiene bienes internos que solo se comprenden participando competentemente en ella: en la enseñanza, que un estudiante entienda una idea difícil, adquiera un hábito intelectual o aprenda a argumentar. Las instituciones son necesarias porque sostienen la práctica con dinero, autoridad y organización, pero tienden a privilegiar bienes externos como prestigio, medición y control. Cuando estos dominan, la institución puede conservar todos sus procedimientos y, sin embargo, corromper la práctica que debía servir.

La sobrecarga administrativa es, por ello, también un problema epistemológico. Quienes diseñan un formulario suelen presuponer que la información educativa puede dividirse en casillas estables y que el cumplimiento produce conocimiento. Pero registrar no equivale a comprender. Una plataforma puede contabilizar derivaciones y omitir si existió atención especializada; puede exigir adaptaciones y no ofrecer tiempo para diseñarlas; puede documentar entrevistas y no modificar una sola condición del aula. El dato sin capacidad de decisión se convierte en ritual de responsabilidad: demuestra que alguien cumplió el procedimiento y dispersa la pregunta por el resultado.

La profesión docente contribuyó a esta inversión cuando aceptó la idea de que todo lo no documentado carecía de valor y respondió a cada nuevo requerimiento añadiendo trabajo invisible. En muchos centros, la resistencia quedó reducida al comentario privado mientras la ejecución permaneció intacta. Así se consolidó una pedagogía defensiva: se escribe no para enseñar mejor, sino para quedar cubierto ante una reclamación. El expediente protege a la organización, pero consume el tiempo con el que el profesor podría proteger el aprendizaje.

La salida no consiste en eliminar los registros, sino en someterlos a una prueba de finalidad: ¿qué decisión habilita este dato?, ¿quién lo utilizará?, ¿puede obtenerse una sola vez?, ¿su elaboración corresponde al docente?, ¿qué tarea se elimina para incorporarlo? Una administración incapaz de responder debería renunciar al requerimiento. La regla ética es sencilla: ninguna nueva obligación puede considerarse gratuita. Toda política tiene un costo temporal, cognitivo y profesional que debe hacerse visible antes de aprobarla.

La escuela contemporánea recibe problemas reales que no puede ignorar: ansiedad, violencia, desprotección, desigualdad, conflictos familiares, necesidades educativas diversas y dificultades de convivencia. Sería moralmente irresponsable exigir al profesor que cierre los ojos ante ellos. Pero de la obligación de advertir y colaborar no se sigue la obligación de diagnosticar, tratar y resolver. No todo lo que afecta al aprendizaje pertenece a la competencia docente. Confundir relevancia con jurisdicción es uno de los motores de la hipertrofia del rol.

La distinción puede expresarse mediante cuatro verbos: observar, comunicar, derivar y cooperar. El docente observa hechos pedagógicamente relevantes; comunica señales conforme a protocolos claros; deriva a la unidad competente; coopera con las orientaciones que puedan incorporarse legítimamente al aula. No le corresponde realizar diagnósticos clínicos, prometer terapia, investigar situaciones familiares como si fuera trabajador social ni asumir seguimientos que requieren tiempo y formación especializada. Cuando la institución carece de profesionales suficientes, no desaparece la necesidad: se oculta trasladándola al profesor.

De allí surge una contradicción particularmente corrosiva. Se exige al docente ser psicólogo, neurólogo, psiquiatra, contenedor emocional, mediador, coach motivacional y, en ocasiones, un payaso capaz de vencer por entretenimiento cualquier déficit de atención. Pero cuando formula un juicio en esos dominios se le recuerda que no pertenece a ellos. Se le asigna responsabilidad sin autoridad y ejecución sin competencia reconocida. A la inversa, especialistas, consultores, administradores y familias pueden intervenir en la metodología, evaluación y organización de la clase sin someterse siempre a los estándares del conocimiento pedagógico.

La interdisciplinariedad verdadera no elimina fronteras; crea puentes entre campos que conservan responsabilidades identificables. Un equipo funciona cuando cada integrante sabe qué decide, qué informa y qué entrega al siguiente. Si todos son responsables de todo, nadie responde por nada. La dilución produce dos daños simultáneos: el alumno no recibe atención especializada y el docente abandona tiempo de enseñanza para ofrecer una imitación insuficiente de esa atención.

Arendt (2006) entendió la educación como la responsabilidad adulta de introducir a los nuevos en un mundo compartido. Esa responsabilidad exige autoridad, no en el sentido de dominación arbitraria, sino como capacidad reconocida para hacerse cargo de aquello que se presenta. Cuando la autoridad se dispersa entre protocolos, asesores y reclamaciones, el adulto que está frente al aula conserva la obligación de responder, pero pierde la posibilidad de sostener una decisión. La institución pretende proteger al estudiante multiplicando supervisores; paradójicamente, puede dejarlo ante una cadena en la que cada actor remite la decisión a otro.

La ampliación ilimitada del rol también afecta el correcto procesamiento de la información. Enseñar no es transferir datos; exige seleccionar, secuenciar, explicar, comprobar comprensión y permitir que el estudiante relacione lo nuevo con lo que ya sabe. Cada interrupción administrativa y cada crisis que el docente debe resolver sin apoyo fragmentan ese proceso. Las aulas masificadas agravan el problema: aumentan simultáneamente el número de interacciones, evaluaciones, comunicaciones familiares, adaptaciones y registros. No basta proclamar atención individualizada si la estructura asigna a una sola persona una cantidad de relaciones que hace imposible sostenerla.

Por ello, defender límites profesionales no es desentenderse del estudiante. Es rechazar la ficción mediante la cual la falta de recursos especializados se convierte en virtud del profesor polivalente. La institución que llama “integral” a esa transferencia puede estar encubriendo abandono. Cuidar al estudiante exige que el docente enseñe bien y que otros profesionales hagan bien aquello para lo cual fueron formados.

Abbott (1988) describe las profesiones como sistemas que disputan jurisdicciones: ámbitos de problemas sobre los que reclaman conocimiento, intervención y control. Freidson (2001) añade que el profesionalismo constituye una lógica distinta del mercado y de la burocracia, porque confía ciertas decisiones a trabajadores formados que responden ante estándares internos de competencia. Desde esta perspectiva, la crisis docente no es solo laboral; es una pérdida de jurisdicción. El profesor conserva la carga de trabajo, pero comparte o pierde el control sobre decisiones nucleares de su práctica.

La jurisdicción pedagógica comprende, dentro del currículo y de los derechos del estudiante, la selección y adaptación de métodos, la secuenciación didáctica, la evaluación del aprendizaje, la gestión de la interacción en el aula y la emisión de juicios educativos fundados. No implica monopolio absoluto ni impunidad. Las decisiones pueden ser revisadas por pares, coordinadas institucionalmente y justificadas con evidencia. Pero quien quiera modificarlas debe aportar razones pedagógicas, no solo posición jerárquica, preferencia familiar o lenguaje terapéutico.

La relativa situación del personal docente debe ofrecer un fundamento normativo notable. Reconocer la enseñanza como la profesión basada en conocimiento experto con responsabilidad individual y autoridad colectiva; pedir condiciones que permitan concentrarse en tareas profesionales; atribuir a los docentes un papel esencial en métodos y recursos; solicitar protegerlos de interferencias parentales injustificadas en asuntos de responsabilidad profesional; y exigir consultas a sus organizaciones sobre política, organización escolar y carga de trabajo. Más aún, el estatus de la profesión depende en medida considerable de los propios docentes y que sus organizaciones deben participar en la definición, así como el mantenimiento de estándares.

Este último punto impide interpretar la autonomía solo como algo que la autoridad debe conceder. También debe ser ejercida, argumentada y protegida por la profesión. Una jurisdicción que nunca se reivindica termina ocupada. Si el gremio acepta que un protocolo psicológico determine automáticamente una decisión didáctica, que una reclamación familiar invalide una evaluación sin examen pedagógico o que la administración imponga registros sin negociación de tiempo, envía el mensaje de que su saber es auxiliar y sustituible.

La frontera ha de ser simétrica. El profesor no debe invadir la clínica, pero el clínico tampoco debe gobernar por sí solo el currículo; la familia no debe ser tratada como enemiga, pero su conocimiento del hijo no equivale a formación didáctica; la administración debe asegurar legalidad y recursos, pero no convertir el cumplimiento en criterio exclusivo de buena enseñanza. Colaborar significa que cada actor aporta su saber y acepta límites. Solo así puede identificarse quién responde cuando la intervención falla.

Recuperar jurisdicción tampoco significa expulsar a otros actores del mundo educativo. Significa impedir que la colaboración se convierta en colonización unilateral. La pregunta rectora no debe ser quién posee más voz, sino qué tipo de razón resulta pertinente para la decisión considerada. En un diagnóstico prevalece el juicio clínico; en una medida de protección, la autoridad competente; en una secuencia de enseñanza, el juicio pedagógico; en la crianza, la responsabilidad familiar dentro del marco de derechos. La coordinación empieza cuando esas diferencias se reconocen.

Co
men
tarios
Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¿Eres tú el siguiente autor de ExLibric?

Únete a
nuestros escritores

Las cookies de este sitio web se usan para personalizar el contenido y los anuncios, ofrecer funciones de redes sociales y analizar el tráfico. Además, compartimos información sobre el uso que haga del sitio web con nuestros partners de redes sociales, publicidad y análisis web, quienes pueden combinarla con otra información que les haya proporcionado o que hayan recopilado a partir del uso que haya hecho de sus servicios.

1. INFORMACIÓN SOBRE COOKIES

Innovación y Cualificación SL (en adelante, el responsable del tratamiento), con domicilio en Cueva Viera 2 A, Centro De Negocios Cadi, Local 2 Bajo - 29200 Antequera (Málaga), NIF B92041839, Email: lopd@icgrupo.com, es responsable del sitio web y le informa acerca del uso de las cookies en sus páginas web.

Las cookies son archivos que se pueden descargar en su equipo a través de las páginas web. Son herramientas que tienen un papel esencial para la prestación de numerosos servicios de la sociedad de la información. Entre otros, permiten a una página web almacenar y recuperar información sobre los hábitos de navegación de un usuario o de su equipo y, dependiendo de la información obtenida, se pueden utilizar para reconocer al usuario y mejorar el servicio ofrecido.

2. TIPOS DE COOKIES SEGÚN LA ENTIDAD QUE LAS GESTIONE

• Cookies propias: Aquellas que se envían al equipo terminal del usuario desde un equipo o dominio gestionado por el propio editor y desde el que se presta el servicio solicitado por el usuario.

• Cookies de terceros: Aquellas que se envían al equipo terminal del usuario desde un equipo o dominio que no es gestionado por el editor, sino por otra entidad que trata los datos obtenidos a través de las cookies.

3. TIPOS DE COOKIES SEGÚN EL PLAZO DE TIEMPO QUE PERMANECEN ACTIVADAS

• Cookies de sesión: Tipo de cookies diseñadas para recabar y almacenar datos mientras el usuario accede a una página web.

• Cookies persistentes: Tipo de cookies en el que los datos siguen almacenados en el terminal durante un periodo definido por el responsable de la cookie.

4. TIPOS DE COOKIES SEGÚN SU FINALIDAD

• Cookies técnicas: Permiten la navegación y el uso de las diferentes opciones o servicios del sitio web.

• Cookies de preferencias o personalización: Permiten recordar información para personalizar la experiencia del usuario.

• Cookies de análisis o medición: Permiten el seguimiento y análisis del comportamiento de los usuarios.

• Cookies de publicidad comportamental: Permiten desarrollar un perfil específico para mostrar publicidad personalizada.

6. COOKIES DE TERCEROS

Este sitio web utiliza servicios de terceros que recopilan información con fines de análisis estadístico, publicidad e interacción con redes sociales.

En particular, este sitio web utiliza Google Analytics, un servicio analítico prestado por Google, Inc., con sede en Estados Unidos. Google utiliza cookies que recopilan información, incluida la dirección IP del usuario.

Puede consultar su política de privacidad en: https://policies.google.com/privacy

8. CÓMO GESTIONAR LAS COOKIES DESDE EL NAVEGADOR

Las cookies pueden eliminarse borrando el historial del navegador, aunque esto puede suponer la pérdida de información guardada.

También puede gestionar o bloquear las cookies desde la configuración del navegador, aunque algunos servicios pueden no funcionar correctamente.

9. CÓMO ELIMINAR LAS COOKIES DE LOS NAVEGADORES MÁS COMUNES

• Chrome: https://support.google.com/chrome/answer/95647?hl=es

• Internet Explorer: https://support.microsoft.com/es-es/help/17442/windows-internet-explorer-delete-manage-cookies

• Firefox: https://support.mozilla.org/es/kb/habilitar-y-deshabilitar-cookies-sitios-web-rastrear-preferencias

• Safari: https://support.apple.com/es-es/guide/safari/sfri11471/mac

• Opera: https://help.opera.com/en/latest/web-preferences/#cookies

• Edge: https://support.microsoft.com/es-es/help/4468242/microsoft-edge-browsing-data-and-privacy

10. CONSENTIMIENTO

Al navegar en este sitio web, el usuario consiente el uso de cookies en las condiciones establecidas en la presente Política de Cookies.

11. MODIFICACIÓN DE LA POLÍTICA DE COOKIES

El responsable puede modificar esta política, por lo que se recomienda revisarla periódicamente.

12. ENLACES A SITIOS WEB DE TERCEROS

Este sitio web puede contener enlaces a sitios de terceros, cuyas políticas de cookies son ajenas al responsable.

Última actualización:

Contacto: lopd@icgrupo.com

cookie
Recursos para:

Escribir

Editar

Publicar

Promocionar

Otros Recursos
¿Quieres publicar tu libro?

Empieza hoy tu aventura literaria de dar a conocer ese libro que tanto deseas ver en las manos de tus lectores.

¡Gracias!

Tu solicitud se ha enviado correctamente y en breve recibirás una respuesta de nuestros editores

Exlibric editorial logo blanco