Un análisis crítico en dialogo con Arturo Pérez-Reverte.
Partiendo del artículo “Una historia de Europa (CXXV)” de Arturo Pérez-Reverte, este escrito hizo plantearme la pregunta central: ¿fue realmente la segunda mitad del siglo XX el último gran estallido cultural europeo, o ese estallido se ha transformado en una redistribución —en formas como la posmigración, la cultura digital en conchupancia con las agendas políticas progresistas— de modo que la identidad europea se diluye corriendo el riesgo de descontextualizarse? A partir de esa pregunta, ofrezco un diagnóstico crítico, una llamada de alarma, tomando como estudio de caso la presencia migrante en España y las tensiones identitarias que suponen tanto para la sociedad receptora como para la autodefinición europea.
La evocación de Pérez-Reverte sobre la segunda mitad del siglo XX —la explosión literaria, cinematográfica, musical y filosófica que siguió a la catástrofe bélica— describe algo más que una época: propone una narrativa de cierre —un canto del cisne—. Esa percepción es plausible si entendemos “estallido” como un fenómeno centrado en circuitos culturales, académicos y mediáticos que, por su densidad y proyección internacional, fueron efectivamente singulares. Sin embargo, la hipótesis de que aquello fue «el último» momento de esplendor obliga a preguntarnos por las formas en que la cultura se desplaza reorganizándose en sociedades globalizadas.
Desde finales del siglo XX las dinámicas culturales se han transformado: la movilidad humana masiva (posmigración), las plataformas digitales de difusión con la visibilidad de agendas políticas y sociales han reconfigurado cómo se produce, circula y legitima la cultura. Las estéticas ya no dependen únicamente de centros institucionales —revistas, festivales, academias— sino de redes transnacionales, flujos migratorios y ecosistemas digitales que propician hibridaciones culturales continuas. El “brillo” ya no reside exclusivamente en la autoridad canónica sino en la capacidad de generar públicos y prácticas compartidas en contextos plurales.
La llegada y asentamiento de migrantes en España en la última década ha alterado la demografía cultural de ciudades, contribuyendo a la “pluralidad” como una especie de venezolanidad de España, pero generando también debates sobre identidad y pertenencia. El impacto es múltiple: redes familiares y profesionales que revitalizan sectores, la presencia de nuevos consumos culturales y la emergencia de narrativas políticas transnacionales. Pero también emergen interpretaciones políticas que leen esa presencia como un elemento capaz de “descontextualizar” la identidad española o europea si se instrumentaliza políticamente, o si las instituciones no promueven políticas de integración que conserven la convivencia y el reconocimiento de la memoria colectiva local. Siguiendo el unamunesco filosófico, la “intrahistoria” —esa vida silenciosa y cotidiana que constituye el alma profunda de España— corre el riesgo de diluirse ante la irrupción de narrativas globales por la falta de mecanismos institucionales que protejan la transmisión de los referentes históricos y culturales propios. La integración sin perorata ni memoria puede convertir la pluralidad en desarraigo, debilitando los hilos invisibles que conectan generaciones y territorios en la construcción de la identidad española.
Es indispensable articular políticas que fomenten la integración, el reconocimiento de la memoria colectiva y la mediación cultural, asegurando que la diversidad se convierta en riqueza y no en fragmentación.
La expresión —que en este ensayo se emplea como advertencia retórica— de una “venezolanidad de España” no debe entenderse como un determinismo cultural ni como un juicio sobre migrantes. Es, más bien, una alerta sobre la posibilidad de que modelos políticos, prácticas sociales o relatos públicos ajenos calen y desplacen elementos constitutivos del tejido democrático y cultural español si la recepción pública se produce sin mediación institucional, educación cívica y debate crítico. Comparaciones directas con fracturas como las de Venezuela simplifican procesos complejos: los fracasos políticos, así como económicos que sufre ese país responden a combinaciones históricas específicas, autoritarismos y colapsos institucionales que no se transfieren automáticamente por la sola presencia migratoria.
Por supuesto que la respuesta no es cerrar fronteras ni demonizar la migración, sino reforzar políticas culturales, cívicas, que articulen integración con preservación de la memoria local. Propongo tres líneas de acción: a) políticas de integración cultural que financien proyectos mixtos (locales y de la diáspora) que documenten compartiendo memorias; b) educación cívica y mediación cultural en el espacio público para que la convivencia sea también dialogada; c) fortalecimiento de instituciones culturales (museos, festivales, prensa) como espacios críticos y no meramente celebrativos.
Cuando se invocan Venezuela se hace como advertencia de un “fracaso occidental” es imprescindible distinguir causas: erosión institucional, pérdida de independencia económica, captura autoritaria han moldeado el devenir de ese país. La transferencia mecánica de esos diagnósticos al contexto europeo o español obvia variables estructurales: estado de derecho, pluralismo institucional y mercados diversos. La verdadera amenaza sería la desmemoria: si las sociedades receptoras pierden el hábito de dotar de sentido histórico a su identidad, se vuelven vulnerables a narrativas simplificadoras y líderes que exploten resentimientos.
La tesis de que el final del siglo XX fue el último gran estallido cultural es seductora pero reduccionista. La cultura no ha desaparecido; se está transformado peligrosamente. La posmigración, la cultura digital genera nuevas oleadas creativas, distintas en forma y difusión, con las agendas progresistas reconfigurando prioridades simbólicas. La alerta que lanzo en este texto es clara: sin instituciones fuertes, sin educación histórica y sin políticas culturales reales, la hibridación puede convertirse en descontextualización. Es tarea de las sociedades europeas (y de España, en particular) articular un marco en que la diversidad se integre preservando referentes comunes. La alternativa no es regresar a un pasado sacralizado, sino construir una identidad plural que conserve reminiscencia, fomente crítica permitiendo la coexistencia de lo viejo con lo nuevo.



