Contra el relativismo Ingenuo

Contra el relativismo Ingenuo

Verdad, educación y humanismo en tiempos de posverdad.

Parte I

Durante años se ha repetido con una ligereza que parece tolerante, pero que en realidad es devastadora, la fórmula “cada uno tiene su verdad”. A primera vista resulta inclusiva: evita el conflicto, reconoce la diversidad de perspectivas y concede espacio a la experiencia individual. Sin embargo, cuando se la examina con cuidado, esa frase no amplía el horizonte de la verdad, lo disuelve. Si toda afirmación vale únicamente por el modo en que alguien la siente, entonces ya no distinguimos entre conocimiento y opinión, entre error y acierto, entre interpretación y manipulación. Lo que queda no es pluralismo, sino inmunidad frente a la crítica.

Mi tesis es simple y, al mismo tiempo, exigente: la cultura contemporánea ha degradado el ideal de verdad en nombre de una falsa emancipación. Ese desplazamiento no ocurre solo en la esfera pública o en las redes sociales; atraviesa la educación, la vida cotidiana y el modo en que formamos criterio. El relativismo ingenuo no consiste en reconocer que existe diversidad de contextos culturales, lingüísticos o históricos. Consiste, más bien, en saltar desde esa diversidad hacia una conclusión mucho más radical: que no existe una verdad que pueda reclamarse como común, discutible o corregible. En otras palabras, confunde la situación humana de perspectiva con la inexistencia de una realidad independiente de la perspectiva.

Este análisis propone una defensa del realismo epistemológico entendido no como dogmatismo, sino como la convicción de que hay un mundo que resiste nuestras preferencias, y de que el conocimiento avanza precisamente porque esa resistencia puede ser examinada, contrastada y, en ciertos casos, rectificada. Desde Aristóteles hasta Popper, pasando por Kant, Habermas, Arendt, Frankfurt y Byung-Chul Han, se puede trazar una línea de pensamiento que no niega la falibilidad del sujeto, pero tampoco renuncia a la idea de verdad. Esa línea es la que tomo como base para formular una crítica de la educación actual, cuando reduce el aprendizaje a competencia utilitaria, a sensibilidad sin disciplina y a rendimiento sin sentido.

Mi interés no es hacer una reconstrucción escolar de autores, como si bastara enumerarlos para resolver el problema. Lo que me interesa es mostrar que sus intuiciones convergen en una exigencia común: pensar exige salir del narcisismo de la experiencia inmediata. Conocer no es solo “sentir que algo es así”, conocer es someter las propias creencias a un espacio compartido de razones. Y educar, en su sentido más alto, no es adaptar al estudiante al mercado, ni confirmar sus opiniones, sino enseñarle a habitar la dificultad de lo real. A partir de ahí, sostengo que la pérdida de interés por el conocimiento en buena parte de la educación contemporánea no es un accidente pedagógico: es un síntoma cultural de un mundo que prefiere la satisfacción instantánea a la verdad laboriosa.

Llamo relativismo ingenuo a una postura que adopta el lenguaje de la tolerancia para renunciar al ejercicio de la razón. No se trata del relativismo sofisticado que estudia cómo cambian los criterios de justificación entre culturas, lenguajes o prácticas históricas. Ese relativismo, aunque discutible, puede plantear problemas legítimos. El relativismo ingenuo es otra cosa: es la convicción cotidiana de que toda posición tiene el mismo valor siempre que alguien la sostenga con suficiente intensidad y subjetividad. Bajo esa lógica, la verdad deja de ser un problema y se convierte en una preferencia.

La palabra “ingenuo” no es decorativa, señala una falta de sospecha ante los efectos prácticos de esa idea. Quien repite que cada uno tiene su verdad, suele creer que está defendiendo la diversidad, pero en realidad, está rebajando la noción de verdad hasta convertirla en un adorno psicológico. El problema aparece de inmediato: si todas las perspectivas son válidas por igual, entonces también valen por igual la investigación rigurosa y la desinformación, el argumento y el eslogan, la evidencia y el prejuicio. El criterio deja de estar en la cosa conocida y pasa a estar en la intensidad con que se la afirma.

Aquí se abre una brecha decisiva entre pluralismo y relativismo. El pluralismo reconoce que diferentes personas pueden aproximarse a una misma realidad desde distintos ángulos. El relativismo ingenuo, en cambio, afirma que cada ángulo produce un mundo inconmensurable con los demás. Pero si eso fuera cierto, ninguna conversación sobre verdad sería posible. No debatiríamos, solo intercambiaríamos monólogos blindados. Y precisamente ese es uno de los rasgos más inquietantes de nuestra época: la proliferación de opiniones que no buscan confrontarse con lo real, sino reforzar una identidad previa.

El relativismo ingenuo prospera porque resulta emocionalmente cómodo. No exige estudio, no exige aciencia, no exige revisión de errores. Basta con refugiarse en la Interioridad: «yo lo veo así»,»yo lo vivo así»,»esa es mi verdad». Esa fórmula parece conceder autenticidad, pero en relaidad puede convertirse en clausura. Cuando la experiencia subjetiva reemplaza al argumento, la identidad ocupa el lugar de la justificacion. Y una identidad ue no acepta ser interpelada termina pareciendo más dogmática que libre.

Por eso es importante distinguir entre subjetividad y arbitrariedad. La subjetividad es inevitable: nadie piensa desde ninguna parte. Pero de ahí no deriva que el sujeto sea la medida absoluta de lo verdadero. La experiencia individual es un punto de partida, no un tribunal final. Si confundimos ambas cosas, entonces cualquier crítica se vive como agresión, cualquier desacuerdo como falta de respeto y cualquier corrección como violencia simbólica. Esa sensibilidad hiperdefensiva es una de las formas más eficaces de la anti-educación: impide aprender porque vuelve intocable la opinión propia.

Mi crítica, entonces, no va contra la pluralidad de voces. Va contra la renuncia a establecer jerarquías racionales entre ellas. Defender la verdad no significa suprimir la diferencia; significa reconocer que la diferencia necesita un criterio para no convertirse en puro ruido. La cultura del “todo vale” no democratiza el saber, lo vacía.

Aristóteles es útil para empezar a hilar de este tema, porque su filosofía no parte de la sospecha de que el mundo sea una construcción caprichosa de la mente, sino de que hay una realidad compartida que puede ser conocida. Su célebre principio de no contradicción no es un mero tecnicismo lógico: expresa la imposibilidad de sostener al mismo tiempo y en el mismo sentido que algo sea y no sea. Sin ese principio, el lenguaje se deshace y la discusión se vuelve imposible. Si una afirmación y su negación valen indistintamente, el pensamiento pierde su capacidad discriminadora.

Lo decisivo aquí no es solo la lógica formal, sino la idea de que el conocimiento exige un suelo ontológico común. Para Aristóteles, la ciencia es conocimiento por causas; es decir, no basta con registrar apariencias ni repetir impresiones. Hay que preguntar por qué algo es como es. Esa orientación causal ya implica una resistencia al relativismo ingenuo: las cosas no dependen exclusivamente de cómo yo las interpreto, porque tienen una estructura que puede ser indagada. El mundo no es un espejo del sujeto, el sujeto debe ajustarse, en parte, a la articulación del mundo.

Además, Aristóteles vincula el saber con la formación del carácter. No se trata solo de acumular datos, sino de educar la disposición del alma para juzgar bien. En su ética, la prudencia no es improvisación subjetiva: es una forma de discernimiento entrenado. Esto es importante porque revela algo que la educación actual suele olvidar: conocer y vivir bien no son ámbitos separados. El debilitamiento del juicio intelectual acaba afectando también al juicio moral y político. Cuando se pierde el hábito de distinguir, se debilita la capacidad de deliberar.

En ese sentido, Aristóteles ofrece una advertencia que sigue siendo actual: una comunidad que no comparte criterios mínimos de verdad se desintegra en opinión privada. La verdad no es un lujo metafísico, es la condición de posibilidad de una vida común. Donde todo se vuelve relativo al sentir individual, la palabra pública deja de orientar y solo compite por atención.

Kant complica la discusión de manera decisiva, porque obliga a abandonar tanto el ingenuo acceso directo a la cosa en sí, como la fantasía de que el sujeto fabrica la realidad a su antojo. Su revolución crítica no consiste en decir que todo depende del observador, sino en mostrar que el conocimiento humano está mediado por formas y categorías que estructuran la experiencia. Eso introduce un límite importante: no conocemos el objeto desnudo, sino el objeto tal como puede aparecer bajo las condiciones de nuestra sensibilidad y entendimiento.

Pero ese límite no conduce al relativismo total. Al contrario, para Kant hay validez universal en las condiciones que hacen posible la experiencia objetiva. El sujeto no inventa arbitrariamente el orden del mundo; participa de estructuras que permiten reconocer algo como objeto. Esto es fundamental para mi tesis, porque muestra que la mediación no equivale al subjetivismo absoluto. Que el conocimiento esté mediado no significa que sea puramente privado. Hay formas compartidas de objetividad que hacen posible la ciencia, el juicio y la comunicación racional.

Además, Kant introduce una distinción moral y epistemológica que hoy conviene recuperar: no todo lo que aparece con fuerza psicológica merece asentamiento conceptual. La razón necesita disciplina. Las ilusiones metafísicas, los atajos de la certeza y las pretensiones de poseer verdades últimas sin examen son formas de pereza intelectual. La crítica kantiana no destruye la verdad, la protege contra la confusión entre apariencia subjetiva y legitimidad cognoscitiva.

Por eso Kant resulta especialmente valioso frente al relativismo ingenuo. Nos recuerda que el sujeto no es omnipotente, pero tampoco es un receptor pasivo. Hay actividad cognitiva, pero esa actividad está normada. La razón no es capricho, es legislación bajo límites. Si la educación actual formara mejor en esta idea, quizás muchos estudiantes entenderían que opinar no equivale a conocer, y que la libertad intelectual no consiste en afirmar cualquier cosa, sino en aprender a justificarla.

La dimensión práctica de Kant también importa. Si el sujeto puede darse a sí mismo una ley moral, esa autonomía no significa autoindulgencia. Al contrario: implica exigencia universalizable. Esto contrasta con la cultura contemporánea de la autoafirmación, donde la autenticidad suele reducirse a expresar deseos inmediatos sin someterlos a prueba. Kant ofrece una pedagogía de la responsabilidad: ser libre no es obedecer impulsos, sino responder por lo que uno sostiene. Esa es una noción más alta de libertad, y también más incómoda.

Desde esta perspectiva, el relativismo ingenuo no es liberador, sino una simplificación. Al disolver el juicio, evita el esfuerzo de pensar. Kant nos enseña que la razón tiene límites, sí, pero precisamente por eso puede aspirar a la validez. El límite no es una condena, es la condición de una práctica seria del conocimiento.

Si Aristóteles aporta el suelo ontológico y Kant la crítica de las condiciones del saber, Popper ofrece una defensa moderna de la racionalidad sin certeza absoluta. Su gran intuición es que la ciencia no progresa por verificación definitiva, sino por conjeturas y refutaciones. Es decir: no necesitamos poseer una verdad infalible para sostener que, algunas teorías son mejores que otras. Basta con que sean más resistentes a la crítica, más fértiles explicativamente y más expuestas al posible error.

Esto es crucial porque desmonta una confusión frecuente: creer que, si no hay certeza absoluta, entonces todo vale. No. Popper precisamente muestra que la ausencia de certeza no elimina la diferencia entre teorías serias y teorías arbitrarias. Hay criterios de demarcación, y entre ellos destaca la falsabilidad. Una afirmación que no puede ser contrastada con la experiencia o sometida a riesgo no gana profundidad, pierde contenido cognoscitivo. El relativismo ingenuo, en cambio, suele convertir la inmunidad frente a la refutación en signo de autenticidad.

Popper también ofrece una lección ética para la vida intelectual: la humildad epistemológica no consiste en renunciar a la verdad, sino en reconocer que podemos errar. Quien acepta la posibilidad del error se vuelve más racional, no menos. En cambio, quien cree que su vivencia lo autoriza a prescindir del examen crítico, se vuelve vulnerable al autoengaño y a la manipulación. La falibilidad no es una excusa para el escepticismo paralizante, sino un incentivo para mejorar.

La educación contemporánea debería tomar muy en serio este punto. Enseñar a pensar no equivale a premiar cualquier opinión “original”, sino a someterla a pruebas. Una escuela que no educa en la refutación, educa en la fragilidad mental. Un alumno que nunca aprende a perder en el plano argumentativo, tampoco aprende a construir conocimiento sólido. La corrección, lejos de ser una humillación, es una condición del progreso intelectual.

Popper es particularmente útil para criticar la cultura de la autoafirmación. Allí donde cada vivencia se presenta como autoridad última, desaparece el espacio para decir: “esto no se sostiene”. El pensamiento crítico no niega la experiencia, la examina. Y esa diferencia separa la epistemología de la psicología. La experiencia puede ser intensa y, sin embargo, errónea. Puede ser sincera y, sin embargo, inadecuada. Puede ser importante para quien la vive y, al mismo tiempo, insuficiente para fundar una verdad compartible.

La gran virtud del popperismo, es recordarnos que el error no es el enemigo del conocimiento. El enemigo es la inmunización dogmática. Donde todo está protegido contra la crítica, nada puede aprenderse de verdad. El relativismo ingenuo cree evitar el dogmatismo porque tolera todas las versiones. En realidad, crea un nuevo dogmatismo: el de la intocabilidad subjetiva.

Habermas lleva la discusión al terreno de la comunicación pública. Su aportación central consiste en mostrar que la racionalidad no es solo una capacidad interior, sino una práctica social orientada a la justificación. Cuando hablamos seriamente, no solo emitimos sonidos o expresamos preferencias, también formulamos pretensiones de validez. Eso significa que nuestras afirmaciones aspiran a ser comprensibles, correctas y verdaderas en un espacio compartido.

Aquí la verdad deja de ser un asunto puramente psicológico. Si una afirmación quiere valer para otros, debe poder exponerse a razones. La intersubjetividad no destruye la verdad, la vuelve operativa. Habermas no propone que la mayoría decida qué es verdadero, sino que la verdad necesita condiciones discursivas de discusión libre de coacción. La fuerza del mejor argumento no es la misma cosa que la presión social, la popularidad o la resonancia emocional.

Esto resulta muy pertinente para diagnosticar la educación actual. Cuando el aula se reduce a una sucesión de estímulos, actividades fragmentadas o celebraciones de la expresión personal sin criterio, se pierde la estructura discursiva del conocimiento. Hablar mucho no es hablar bien.

Participar no es simplemente opinar, la escuela debería ser un laboratorio de razones, no una pasarela de impresiones. Y la libertad solo sobrevive si sus ciudadanos aprenden a sostener desacuerdos sin disolver el hecho de que existe un criterio de verdad al que todos están obligados a responder.

Habermas también permite ver que el relativismo ingenuo suele esconder una paradoja: quien dice “todo es relativo” normalmente espera que esa afirmación valga para los demás. Pero si de verdad fuera relativa solo a su punto de vista, no tendría fuerza normativa alguna. La crítica al relativismo no es entonces una imposición autoritaria, es la consecuencia de exigir coherencia a lo que se dice. Si no hay criterios compartidos, el discurso se vuelve teatro. Y la educación no puede fundarse sobre el teatro de la arbitrariedad.

La teoría de la acción comunicativa ofrece además una imagen institucional de lo que está en juego. Las sociedades necesitan mecanismos de entendimiento que no dependan exclusivamente del mercado, del poder o de la emocionalidad. Cuando el lenguaje se instrumentaliza del todo, la verdad queda subordinada a la eficacia. Entonces la pregunta no es “¿qué es cierto?”, sino “¿qué funciona para captar atención?”. Esa mutación es venenosa para la educación, porque convierte el aprendizaje en consumo y la razón en marketing.

Por eso sostengo que el relativismo ingenuo no solo es un error epistemológico, es una patología comunicativa. Destruye las condiciones mismas del entendimiento. Allí donde cada quien tiene su verdad innegociable, la conversación pierde sentido. Habernas nos enseña que la posibilidad de acuerdo racional es frágil, pero real, y que vale la pena protegerla.

Hannah Arendt ayuda a desplazar el problema al ámbito político. Su reflexión sobre la verdad y la política insiste en que los hechos no son meras opiniones. Puede haber disputa interpretativa, pero no todo hecho es interpretable sin resto. Si la distinción entre hechos y opiniones se erosiona, la esfera pública queda expuesta a la manipulación. La mentira política no es nueva, lo nuevo es la normalización de una atmósfera donde ya no se distingue con claridad entre lo que ocurrió y lo que conviene creer.

Arendt resulta especialmente valiosa, porque no idealiza la política como un reino puro de valores. Sabe que el poder trabaja con narrativas, intereses y estrategias. Precisamente por eso insiste en la necesidad de preservar un núcleo factual compartido. Sin él, la libertad pública pierde su base. La desfiguración de la verdad no da más libertad, da más fragilidad institucional. Y eso vale también para la educación: un sistema educativo que ya no distingue entre evidencia y opinión no forma ciudadanos, sino consumidores de relatos.

Frankfurt profundiza otro aspecto decisivo: la diferencia entre la mentira y el “bullshit”. El mentiroso al menos reconoce que la verdad importa, porque necesita ocultarla. El bullshitter, en cambio, habla sin compromiso con la verdad, solo importa la eficacia de su discurso. Esta distinción es enormemente útil para entender el presente. Gran parte de la comunicación contemporánea no busca engañar en sentido estricto; busca generar impacto, pertenencia o visibilidad, aunque para eso se sacrifique la referencia de lo real. El problema ya no es solo la mentira, sino la indiferencia ante la verdad.

Byung-Chul Han, desde otra tradición, ha descrito una sociedad de la transparencia que, paradójicamente, no produce más verdad, sino más control y más exposición. Cuando todo debe mostrarse y circular inmediatamente, el pensamiento pierde interioridad, demora y espesor. La transparencia absoluta no genera confianza, puede reducirla, porque sustituye la relación ética por la visibilidad compulsiva. En ese contexto, la verdad se confunde con lo que aparece y se comparte más rápido, no con lo que resiste examen. Han, ilumina así, la deriva contemporánea hacia una cultura de la inmediatez, donde la profundidad parece una desventaja competitiva.

La convergencia de Arendt, Frankfurt y Han es clara: el espacio común está siendo corroído por una mezcla de espectacularización, indiferencia ante la verdad y aceleración comunicativa. Esa corrosión no se corrige con más información solamente. Hace falta una reeducación del juicio. Hace falta aprender a callar, a leer, a contrastar, a escuchar y a sostener la demora del pensamiento.

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