La verdad es que para mí escribir novela histórica no empieza frente al ordenador ni con un café en la mano. Empieza caminando. Me gusta salir sin prisa, perderme por calles antiguas, tocar muros viejos, explorar castillos o ruinas. También me encanta meterme en la naturaleza: bosques, ríos, montañas… cualquier sitio donde pueda estar sola y respirar tranquila.
En esos momentos pasa algo curioso: el ruido del mundo se apaga un poco y la cabeza se aclara. De repente, las escenas que quiero escribir aparecen en mi mente como si fueran fotogramas de una película. Puedo ver a los personajes moverse, escuchar lo que dicen, imaginar cómo sería vivir en aquel tiempo. No son ideas sueltas; es como si la historia ya estuviera ahí, solo esperando que yo la ponga en palabras.
Me he dado cuenta de que no sirve forzar la inspiración. Cuanto más intento sentarme a escribir sin tener nada en la cabeza, menos sale. En cambio, cuando camino, observo y me dejo llevar, todo llega solo. El silencio, la luz, los sonidos de un lugar… todo te da pistas. A veces solo es un gesto, un rincón, un árbol torcido, y ya tienes la escena lista.
Me gusta pensar que escribir novela histórica es un poco como viajar en el tiempo. No es solo leer libros o consultar fechas; es sentir el lugar, imaginar la vida de las personas, entender cómo respiraban, cómo se movían, cómo hablaban. Y todo eso lo descubro caminando, mirando, escuchando, dejando que la historia me encuentre a mí.
Después, cuando vuelvo al papel, todo fluye. Las palabras salen con más claridad porque ya he vivido la escena antes, aunque sea en mi mente. Y eso hace que la novela no sea solo historia; hace que sea real, cercana, viva.
Al final, para mí, la inspiración no es un momento especial ni un golpe de suerte. Es caminar, observar, respirar y dejar que las ideas lleguen por sí solas. Nada más, nada menos.

