SEGUNDA VERDAD: «Hay gente que se cree un palacio y no llega ni a caseta de feria«
«Hay personas que se suben tanto al pedestal, que luego no les da la vida para bajarse a saludar.”
En todos los barrios hay una especie muy concreta. No falla. Da igual que vivas en Cerro Gordo, en Cuenca o en un quinto sin ascensor con vistas al tendedero del vecino. Siempre aparece. Es esa gente que va por la vida como si la hubiera diseñado Armani en persona, como si desayunara con ministros y cenara con el espíritu de Cleopatra. Luego tú entras en su casa y tienen el sofá tapado con una sábana del Carrefour y una mesa coja calzada con la Guía Telefónica del año 2003. Pero oye, el porte no se negocia.
Porque una cosa te voy a decir: en este mundo hay mucha gente que no tiene grandeza, pero sí escenografía.
Los hay que se creen importantes porque hablan fuerte. Otros porque fruncen el ceño como si estuvieran todo el día resolviendo crisis internacionales, y luego no saben ni poner una lavadora sin llamar a la cuñada. También están los que han confundido la mala educación con tener carácter. Esa gente que no saluda, no da las gracias, no pregunta “¿cómo estás?”, pero luego se ofende muchísimo si no les ríes la gracia o no les haces reverencia cuando entran al bar.
A esos yo los tengo calados.
Son los mismos que te miran por encima del hombro… con la ironía de que viven en un bajo.
La falta de empatía está haciendo más estragos que una oferta de colchones en enero. Ya nadie quiere ponerse en el lugar del otro. Y claro, pasa lo que pasa: uno va arrastrando el día, con sus penas, sus facturas, su ansiedad, su dolor de muelas y su dignidad a medio planchar, y todavía tiene que aguantar a alguien que se comporta como si el universo le debiera una ovación permanente.
Antes, por lo menos, la gente tenía más vergüenza para ser soberbia. Ahora no. Ahora te la sirven como si fuera una virtud. Hay quien presume de ser seco, de ser borde, de “decir las verdades a la cara”. No, mire usted, una verdad sin empatía no es sinceridad: es mala leche con maquillaje.
Y luego está la otra variedad, que esa me fascina: la persona que no es nada, no ha hecho nada, no sabe nada, pero entra en los sitios con una seguridad que parece que va a inaugurar una estatua suya. Esa confianza me parece admirable y preocupante a partes iguales. Porque tú la escuchas hablar y parece que ha dirigido tres países, dos empresas y una expedición a Marte. Después le preguntas algo mínimo, cualquier detalle, y se queda más perdida que una croqueta de quinoa en una matanza extremeña.
Pero ahí sigue. Firme. Con el pecho sacado. Como si fuera la duquesa del polígono.
Y yo me pregunto: ¿en qué momento confundimos ser alguien con parecerlo mucho?
Porque ser alguien no es llevar gafas de sol dentro de una cafetería.
Ser alguien no es hablar mal a quien te atiende.
Ser alguien no es tener dos frases en inglés y una foto bien filtrada.
Ser alguien no es creerte por encima de los demás porque un día te dieron un cargo, una llave, una mesa o una falsa importancia.
Ser alguien es otra cosa.
Es saber tratar.
Es llegar y no arrasar.
Es mirar a los ojos.
Es no humillar.
Es entender que todo el mundo lleva una batalla por dentro aunque no la publique en estados.
La empatía, hija mía, no está de moda, pero debería venir en la declaración de la renta, en las reuniones de vecinos y en la entrada de los supermercados. Porque si la gente se pusiera medio minuto en la piel ajena, habría menos ridículo, menos teatro barato y menos reyes sin reino.
Que hay personas que se creen un imperio y no gobiernan ni su tono al hablar.
A mí me hace mucha gracia esa superioridad de saldo. Esa gente que se comporta como si estuviera perdonándonos la vida cuando en realidad no sabe ni sostener la suya con un poco de decencia. Mucho gesto altivo, mucho nombre soltado, mucho “yo es que no me junto con cualquiera”… y luego lloran porque nadie las quiere cerca. Claro, criatura. Es que el cariño no crece en terrenos donde todo el tiempo hay desprecio.
Hay quien va de exclusivo por la vida y lo único que transmite es agotamiento.
Y otra cosa te digo: la falta de empatía envejece fatal. Más que el tabaco, más que el rencor y más que dormir con la tele puesta. Porque el que no sabe ponerse en el lugar del otro termina viviendo encerrado en una versión tan pequeña de sí mismo, que ya no cabe ni una persona más dentro. Y eso no es poder. Eso es miseria emocional con traje planchado.
En el barrio se nota mucho quién vale y quién solo mete ruido. La persona valiosa no suele anunciarse como un concierto. Se nota en cómo escucha, en cómo acompaña, en cómo no pisa al que tiene al lado para sentirse más alto. La buena gente no necesita ponerse un foco encima. Brilla sin molestar. Que eso sí tiene mérito.
Los demás son puro envoltorio. Mucha cinta, mucho lazo y luego dentro, aire.
Yo, que he visto de todo y a casi todos repetidos con distinto peinado, lo tengo claro: prefiero mil veces a una persona sencilla con corazón, que a un fantasma con complejo de marquesado. Porque al final la vida aprieta, la máscara se cae, el postureo caduca y todos acabamos necesitando algo muy básico: que nos traten con humanidad.
Y ahí, amiga, no sirve ni el cargo, ni el apellido, ni la pose, ni el numerito.
Sirve el alma.
La verdad de hoy, te la digo sin adorno:
No hay nada más pequeño que una persona que necesita hacer menos a los demás para sentirse grande. Y no hay nada más hermoso que quien, pudiendo presumir, elige comprender.
Así que la próxima vez que te cruces con alguien que se cree la emperatriz de los congelados o el ministro supremo del saludo selectivo, tú respira, sonríe y sigue tu camino.
Que ya lo decía yo, y hoy lo dejo por escrito:
Hay gente que se cree algo sin serlo.
Y hay gente que, sin creerse nada, lo es todo.
— Katy

