Yo crecí en un barrio triste de torres grises y blancas.
Jugábamos al fútbol en campos de tierra y porterías sin red.
Si marcabas un gol tenías que ir a buscar el balón,
y por eso nunca fui muy goleador.
En mi barrio había tiendas pequeñas, y los padres
de mis compañeros de clase trabajaban en esas tiendas.
Un día, el padre de Andrés Sarabia, que era relojero,
mató a un atracador que quería robarle,
y el chico faltó al colegio toda la semana.
En aquellos años la heroína llegó a mi barrio.
Chavales cabizbajos y famélicos deambulaban
por las calles, y un buen día dejamos de verlos.
Mi madre me dijo que se habían muerto por la droga,
y que ahora todo sería mejor.
En mi barrio había niños gitanos, y a veces nos peleábamos.
Vivían en chabolas y tenían perros que los seguían
en sus pillerías. Una vez le di una patada en la boca
a uno de esos críos, más pequeño que yo, y se le cayó un diente.
No se lo dije a mis padres.
Los domingos, después de misa, mi hermana y yo paseábamos
con mi padre, y nos compraba tebeos. Para ella, la revista Lily,
y para mí, uno del Capitán Trueno o el Jabato.
Mi madre se quedaba en casa haciendo la comida.
Mi hermana y yo éramos invisibles entre nosotros,
dos seres extraños y diferentes que se odiaban
sin entender muy bien por qué.
Yo no fui a catequesis, pero ella sí.
Mis abuelos me regalaron un reloj muy bonito
por mi comunión, había que darle cuerda cada día
y a menudo lo olvidaba.
Era de color azul, mi favorito.
Mi familia se quedó a vivir para siempre en el barrio,
pero yo sabía que el mundo era más grande,
y me fui en cuanto pude juntar algo de dinero.
He vuelto alguna vez, pero no puedo estar
mucho rato, me engulle, me traga y me vomita
al pasado, en donde yo era un chico triste que crecía
ajeno a la lentitud del tiempo.
No ha cambiado casi nada por aquí,
sus torres imponentes se siguen irguiendo
sobre la gente, cada vez más vieja y encogida.
Yo no tuve pueblo, supongo que era un chico
de barrio, y lo que soy o no fui se lo debo a él.
Malditas emboscadas de la memoria,
guardando lo que ya había olvidado a medias
y devolviéndome lo que nunca quise conservar.


