La profesión que cedió sus fronteras

La profesión que cedió sus fronteras

Agotamiento docente, burocratización y responsabilidad gremial

PARTE II

La parte anterior el análisis ha descrito el agotamiento docente como resultado de una transformación estructural, la burocracia ha desplazado la finalidad pedagógica, la expansión del rol ha desdibujado las competencias perdiendo jurisdicción separando responsabilidad y autoridad. Pero explicar cómo se produjo este deterioro no basta; es necesario examinar también cómo llegó a normalizarse y qué margen conserva la profesión para revertirlo. La segunda parte del artículo aborda, por tanto, la cuestión más incómoda y a la vez más fecunda, la responsabilidad colectiva del propio gremio en la defensa de sus fronteras, la reconstrucción de una autonomía ética y la formulación de un nuevo pacto profesional.

Llegamos al punto más polémico: ¿en qué sentido puede afirmarse que el agotamiento es también responsabilidad de los docentes? La respuesta requiere abandonar una idea binaria de culpa. Young (2011) distingue la atribución de culpa por un daño pasado de la responsabilidad política frente a procesos estructurales en los que muchas personas participan. La primera pregunta quién causó directamente el mal y merece sanción; la segunda pregunta quién está conectado con el proceso, qué capacidad posee y qué debe hacer para transformarlo. Aplicada a la docencia, la distinción permite ser firme sin ser injusto.

El profesor individual no diseña el tamaño del curso, la dotación de especialistas, el sistema de evaluación o la plataforma ministerial. Quien trabaja con contrato precario puede obedecer para conservar su sustento. Las responsabilidades, por tanto, no son iguales: pesan más sobre gobiernos, sostenedores, administraciones, direcciones y dirigencias con poder de negociación. Pero la profesión organizada tampoco es un espectador. Sus colegios, sindicatos, departamentos, equipos docentes y liderazgos participan en comités, ejecutan procedimientos, producen legitimidad y transmiten a los nuevos profesores lo que se considera normal.

La permisividad se formó mediante pequeñas cesiones. Primero se aceptó un informe “solo esta vez”; luego un registro adicional para prevenir riesgos; después un protocolo de contención sin profesional disponible; más tarde una adaptación curricular sin reducción de estudiantes ni tiempo de diseño. Cada obligación poseía una justificación parcial y apelaba al bienestar del alumno. Oponerse parecía egoísta. El resultado agregado fue una profesión que prueba su compromiso aceptando más tareas, incluso cuando esa aceptación deteriora la enseñanza que pretendía proteger.

La cultura de la vocación reforzó el proceso. Al buen docente se le atribuyó disponibilidad, sacrificio y capacidad de resolver lo imprevisto. La negativa profesional —“esto no me corresponde”, “no cuento con competencia”, “no existe tiempo asignado”— fue interpretada como falta de empatía. Muchos profesores interiorizaron esa mirada y convirtieron el límite en culpa. Así, el sistema no necesitó imponerlo todo mediante sanciones; pudo gobernar mediante la autoexigencia moral de quienes querían cuidar a sus estudiantes.

También hubo una insuficiencia gremial. Con frecuencia, la negociación se concentró legítimamente en salario, estabilidad y horas contractuales, pero no articuló con igual precisión una doctrina de jurisdicción profesional. Faltaron catálogos de tareas indelegables, delegables y ajenas; procedimientos de objeción técnica; evaluaciones de impacto laboral para cada política; y criterios que vincularan una nueva responsabilidad con tiempo, formación, recursos y autoridad. Sin esa arquitectura, la protesta contra la sobrecarga quedó reactiva y fragmentada.

La responsabilidad docente aparece además en la aceptación de un doble estándar. Se permite que actores externos opinen prescriptivamente sobre evaluación, metodología o disciplina, mientras se exige al profesor guardar silencio ante decisiones psicológicas o administrativas porque “no son su área”. La segunda cautela es correcta; la primera intrusión no lo es. El gremio debió exigir reciprocidad: así como el docente respeta los límites clínicos y legales, otros profesionales deben respetar el juicio pedagógico. La colaboración no puede funcionar si solo una profesión está obligada a reconocer fronteras.

Existe, finalmente, una responsabilidad epistémica. Aceptar tareas para las que no se tiene formación puede causar daño, aunque nazca de la buena voluntad. Un profesor que adopta etiquetas clínicas sin evaluación promete confidencialidad que no puede garantizar o asume un seguimiento terapéutico improvisado confunde cuidado con competencia. La ética profesional no ordena hacerlo todo; ordena saber qué puede hacerse bien, cuándo debe pedirse ayuda y cuándo la institución intenta convertir una carencia de recursos en obligación individual.

Decir esto no autoriza a ridiculizar a docentes agotados ni a exigir heroísmo sindical. La responsabilidad es proporcional al poder y debe ejercerse colectivamente. Un profesor aislado que se niega puede ser reemplazado o sancionado; una organización que establece límites comunes altera el costo político de la imposición. Por eso, la tesis no concluye “cada docente debe resistir por sí solo”, sino “la profesión debe construir mecanismos para que nadie tenga que resistir solo”. La autonomía es una institución colectiva antes que una actitud personal.

En consecuencia, la estructura y el gremio no compiten como explicaciones. La estructura explica la producción de demandas; la permisividad profesional ayuda a explicar su normalización. Reconocer esta corresponsabilidad devuelve agencia. Si toda causa estuviera fuera, el docente solo podría esperar. Si parte de la reproducción ocurre en prácticas, acuerdos y silencios profesionales, entonces existe un campo de acción inmediato: deliberar, documentar costos, rechazar la transferencia sin recursos y recuperar la voz en la política educativa.

La autonomía suele malinterpretarse como libertad para hacer lo que se quiera. En sentido kantiano, ocurre lo contrario: ser autónomo es darse una norma racional y responder por ella, en vez de actuar por mera presión externa o conveniencia (Kant, 1998). La autonomía docente no es inmunidad ante el currículo, la evidencia o los derechos del estudiante. Es capacidad para ejercer juicio profesional dentro de fines públicos, explicar las razones de una decisión y someterla a revisión competente.

Aristóteles (2009) llamó phrónesis a la sabiduría práctica necesaria para actuar bien en situaciones particulares. La enseñanza depende de ella porque ninguna regla anticipa completamente la combinación concreta de conocimientos previos, ritmos, errores y relaciones presentes en un aula. El protocolo puede orientar, pero no reemplazar el juicio. Si cada decisión se prescribe desde fuera, el docente deja de ser profesional y se convierte en operador; si toda decisión se libera de estándares, la autonomía degenera en capricho. La virtud se encuentra en el juicio formado y responsable.

La evidencia contemporánea coincide con esta intuición. TALIS 2024 encuentra que la autonomía instructiva se relaciona con mayor satisfacción laboral, mejor cumplimiento de los objetivos de clase, adaptación pedagógica y, en la mayoría de los sistemas, mejores indicadores de bienestar (OECD, 2025a). Estudios con docentes también han asociado autonomía percibida y autoeficacia con mayor compromiso y satisfacción y con menor agotamiento emocional (Skaalvik & Skaalvik, 2014; Wang et al., 2024). Estas asociaciones no prueban que cualquier forma de autonomía resuelva por sí sola el burnout, pero muestran que el control sobre el trabajo es un recurso, no un lujo.

La autonomía responsable necesita tres contrapesos. El primero es competencia demostrable y formación continua. El segundo es revisión entre pares: las decisiones difíciles deben poder discutirse con colegas que comprendan la práctica. El tercero es transparencia: estudiantes y familias merecen conocer criterios, canales de reclamación y fundamentos. Estos contrapesos son distintos del micromanejo burocrático. La rendición de cuentas profesional pregunta si la decisión fue razonable, informada y justa; la rendición de cuentas ritual pregunta si se completó la casilla.

También debe cumplirse una correspondencia básica: no hay responsabilidad legítima sin autoridad suficiente, ni autoridad legítima sin competencia y rendición de cuentas. Si al docente se le responsabiliza por el aprendizaje, necesita margen para adaptar métodos y evaluar. Si se le responsabiliza por bienestar clínico, la asignación es ilegítima salvo que posea otra cualificación y recursos específicos. Si un equipo externo dicta una medida pedagógica, debe participar en la evaluación de sus efectos y no limitarse a emitir recomendaciones sin costo para quien las implementa.

La postura tajante que se reclama no consiste en cerrar la puerta a toda política. Consiste en exigir antes de aceptarla: definición del problema, evidencia, recursos, tiempo, responsable competente, autoridad correspondiente, mecanismo de revisión y tarea que será eliminada. Una profesión madura no responde “no” por reflejo, pero tampoco confunde cooperación con obediencia ilimitada.

La relación con las familias condensa la pérdida de simetría. Los padres poseen derechos y responsabilidades insustituibles, conocen la historia del hijo, deciden en múltiples ámbitos de crianza, deben recibir información clara y pueden reclamar ante un trato injusto. Su participación mejora la educación cuando se organiza como cooperación. Pero de ese derecho no se sigue autoridad técnica para prescribir cualquier método, modificar calificaciones por presión o vetar contenidos legítimos. Del mismo modo que el profesor no gobierna la vida familiar, la familia no debe gobernar el juicio pedagógico.

La Recomendación OIT/UNESCO de 1966 formula un equilibrio todavía vigente, promover estrecha cooperación entre docentes y padres, a la vez que proteger al profesor contra interferencias injustas o injustificadas en materias de responsabilidad profesional (International Labour Organization & UNESCO, 1966/2016). No propone una escuela cerrada, sino una frontera procedimental. La reclamación debe escucharse, investigarse y responderse; la decisión profesional no debe anularse por la mera intensidad del reclamo.

Los especialistas requieren la misma reciprocidad. Psicólogos, orientadores, trabajadores sociales, terapeutas y profesionales sanitarios aportan conocimientos indispensables. Su presencia debería disminuir la carga docente, no aumentarla mediante formularios y recomendaciones sin seguimiento. Un protocolo adecuado identifica quién evalúa, quién interviene, qué información puede compartirse, qué ajustes son viables y cuándo se revisarán. El profesor aporta observación del aprendizaje y del comportamiento en contexto; no se convierte por ello en auxiliar clínico permanente.

Las autoridades y consultores externos también deben reconocer la naturaleza situada de la enseñanza. Una innovación puede ser valiosa en abstracto y fracasar si requiere tiempo inexistente, grupos pequeños que no existen o tecnología que interrumpe más de lo que ayuda. Consultar al docente después de redactada la política no es participación; es comunicación tardía. Participar significa intervenir en la definición del problema, valorar costos, pilotar, poder corregir y, cuando la evidencia lo justifique, detener.

Esta distribución no pretende establecer jerarquías de dignidad entre profesiones. Establece jurisdicciones funcionales para proteger al estudiante. La pregunta no es quién manda en general, sino quién decide qué, con qué saber y bajo qué responsabilidad. Cuando esas respuestas permanecen ambiguas, el conflicto termina en el aula y el docente se convierte en receptor final de todas las fallas de coordinación.

A partir de esto es preciso hacer unas objeciones necesarias. Primera objeción: el cuidado integral forma parte de educar; limitar el rol fragmentaría al estudiante. La premisa es correcta y la conclusión no se sigue. Educar a una persona completa exige mirar cómo las dimensiones emocionales, sociales y cognitivas interactúan. Pero una visión integral no requiere un trabajador total. La medicina integral no convierte al médico en todos los especialistas; organiza derivaciones. La escuela integral debe coordinar apoyos sin concentrarlos en una sola figura.

Segunda objeción: reclamar autonomía puede proteger prácticas mediocres o abusivas. Es verdad. Por eso la autonomía propuesta no es soberanía privada. Incluye estándares públicos y privados, derechos, formación, observación entre pares, evaluación razonable y canales de apelación. La alternativa al control burocrático no es ausencia de control, sino control profesional de mayor calidad. La evaluación debe examinar el razonamiento y los efectos, no solo el cumplimiento formal.

Tercera objeción: los docentes sí eligieron una profesión de servicio y deben adaptarse a nuevas necesidades. También es verdad que las profesiones evolucionan. Pero adaptación no significa acumulación infinita. Toda ampliación exige formación, tiempo, recursos y redefinición explícita del puesto. Si se añade una función estable, debe reducirse otra o crearse un cargo. De lo contrario, la palabra “adaptación” legitima trabajo no reconocido y competencia simulada.

Cuarta objeción: negarse a ciertas tareas puede perjudicar de inmediato a estudiantes vulnerables. El riesgo existe, especialmente donde no hay apoyos. Por eso la resistencia ética debe ser organizada y acompañarse de derivación, registro del déficit institucional y propuestas de transición. No se trata de abandonar al alumno ante una crisis, sino de evitar que una respuesta de emergencia se convierta en solución permanente. La excepción compasiva no puede definir indefinidamente el puesto.

Quinta objeción: culpar al gremio divide a quienes deberían enfrentar juntos al sistema. El peligro desaparece si se distingue responsabilidad de reproche. Una crítica que humilla paraliza; una crítica que identifica capacidad moviliza. Decir que la profesión ha cedido espacios no niega la presión externa: señala precisamente dónde puede comenzar la recuperación. La autocrítica es una forma de respeto cuando presupone que los docentes son agentes morales y no víctimas incapaces de actuar.

Sexta objeción: los sindicatos y colegios de profesores resistieron durante décadas. En muchos contextos es cierto, y cualquier juicio general debe reconocer diferencias nacionales, institucionales y personales. La tesis no afirma una rendición total ni desconoce conquistas. Afirma que la defensa laboral no siempre se tradujo en protección sistemática de la jurisdicción pedagógica y que la expansión del rol avanzó incluso donde mejoraron salarios u horas. La existencia de resistencia no demuestra que haya sido suficiente ni bien orientada. Pero ahora parece estar del lado de los gobiernos y no del gremio.

Séptima objeción: algunas tareas administrativas son inseparables de enseñar. Correcto. Registrar asistencia, evaluar, informar progreso y planificar forman parte del oficio. La frontera no separa “papel” de “aula”, sino tareas con finalidad pedagógica de duplicaciones, controles y labores administrativas generales. Incluso las tareas legítimas deben tener tiempo asignado y sistemas eficientes. El criterio no es comodidad, sino pertinencia, proporcionalidad y uso real de la información.

Estas objeciones muestran que una postura tajante no debe ser simplista. Los límites profesionales son porosos, pero no inexistentes; el deber de cuidado es amplio, pero no ilimitado; la autonomía es necesaria, pero no absoluta; la responsabilidad gremial es real, pero no uniforme. La filosofía aporta aquí una disciplina del matiz: sostener distinciones para no convertir una demanda justa en una nueva forma de irresponsabilidad.

Superar el agotamiento exige algo más profundo que programas de bienestar. Requiere rediseñar la relación entre tareas, competencias, tiempo y autoridad. La UNESCO (2024) insiste en que transformar la profesión y enfrentar la escasez mundial de docentes supone mejorar condiciones, participación y apoyo. Esa transformación puede concretarse en un pacto profesional con medidas verificables.

Primero, cada sistema debería adoptar una carta de jurisdicción docente elaborada con participación vinculante del profesorado. Debe distinguir tareas nucleares, tareas compartidas, tareas delegables y tareas ajenas. La enseñanza, planificación, evaluación y juicio didáctico integran el núcleo. La detección y derivación de señales de riesgo son compartidas mediante protocolos. El diagnóstico clínico, la terapia, la investigación social especializada y la administración general corresponden a otros profesionales. Las zonas grises deben resolverse colegiadamente, no mediante órdenes informales.

Segundo, debe regir el principio de equivalencia entre responsabilidad y autoridad. Todo objetivo por el cual se evalúe al docente debe acompañarse de poder razonable para decidir sobre medios. Toda instrucción externa que limite ese poder debe identificar quién asume responsabilidad por el resultado. Esta trazabilidad evita la situación actual en la que todos pueden ordenar al aula y solo el profesor responde por lo ocurrido en ella.

Tercero, toda nueva política necesita una evaluación de impacto laboral previa. Debe calcular horas, número de registros, formación requerida, infraestructura y efectos sobre tareas existentes. La regla “una tarea entra, otra sale” debería ser obligatoria. Los pilotos han de incluir indicadores de aprendizaje, bienestar, carga y autonomía; una política que mejora el registro, pero empeora la enseñanza no puede considerarse exitosa.

Cuarto, se necesita una depuración administrativa periódica. Cada dato debe tener usuario, decisión asociada, plazo de conservación y fuente única. La información ya disponible no debe solicitarse otra vez. Personal administrativo especializado debe asumir matrículas, reportes generales, coordinación documental y tareas de cumplimiento que no requieran juicio pedagógico. La tecnología ha de reducir pasos; digitalizar una burocracia redundante solo acelera la producción de redundancia.

Quinto, el apoyo interdisciplinario debe incluir propiedad del caso y seguimiento. No basta con que el profesor derive si el caso retorna sin intervención. El profesional competente debe confirmar recepción, evaluar, definir acciones, comunicar orientaciones realizables y revisar resultados. Los tiempos de coordinación se incorporan a la jornada. Cuando no exista capacidad de atención, la institución debe registrar la brecha como déficit propio, no como omisión docente.

Sexto, el tamaño de los cursos y la composición del aula deben tratarse como variables de carga, no como simples datos de matrícula. La Recomendación OIT/UNESCO pide considerar el número de estudiantes, la preparación, la evaluación, la orientación y la comunicación familiar al fijar las horas, y reducir docencia cuando se asignan responsabilidades especiales (International Labour Organization & UNESCO, 1966/2016). Una política de inclusión sin apoyos suficientes traslada su costo moral al profesor y su costo educativo al estudiante.

Séptimo, las organizaciones docentes deben crear mecanismos de negativa profesional protegida. Un docente debería poder declarar que una tarea carece de competencia, recursos o tiempo sin ser acusado automáticamente de insubordinación. La objeción debe ser escrita, razonada y revisada con rapidez por una instancia paritaria. Si la tarea es indispensable, la autoridad tendrá que aportar condiciones; si es improcedente, deberá retirarla. La negativa deja así de ser gesto individual y se convierte en control de calidad institucional.

Octavo, la participación familiar necesita reglas transparentes. Las familias tienen derecho a información, escucha, reclamación y respuesta fundada. No tienen derecho a hostigar, imponer preferencias como criterios técnicos ni saltar procedimientos. Los centros deben proteger a los docentes frente a agresiones e interferencias, y también corregir con firmeza decisiones pedagógicas injustas. La confianza no consiste en ausencia de revisión, sino en revisión justa.

Noveno, la autonomía debe cultivarse mediante formación y deliberación. Los equipos docentes requieren tiempo protegido para estudiar evidencia, revisar casos, observar clases y construir criterios comunes. La decisión colegiada fortalece la autoridad porque la separa del gusto personal. Además, las políticas nacionales y locales deben incorporar representantes docentes desde la definición del problema, no solo en la fase de implementación.

Décimo, el gremio necesita una ética de límites. Su código profesional debería afirmar que aceptar una función para la que no se posee competencia o condiciones puede ser tan irresponsable como negarse a una obligación propia. El cuidado del alumno incluye derivar, documentar la falta de apoyo y resistir la simulación institucional. También debería comprometer al docente a justificar sus decisiones, actualizarse y respetar las jurisdicciones ajenas.

Finalmente, el bienestar debe medirse junto con la calidad del trabajo. No basta preguntar por estrés; conviene observar tiempo real de planificación, interrupciones, tareas duplicadas, casos derivados sin respuesta, participación en decisiones y autonomía percibida. Los estudios muestran que la carga extraadministrativa predice agotamiento emocional y que este reduce el compromiso laboral (Shen et al., 2025). Una institución que solo cuenta resultados estudiantiles y omite las condiciones que los producen administra a ciegas.

Este pacto no promete eliminar todo cansancio. Enseñar seguirá siendo una tarea exigente porque involucra atención, incertidumbre y responsabilidad humana. Su propósito es distinguir el esfuerzo fecundo del desgaste absurdo. El primero acompaña a una práctica valiosa; el segundo nace de hacer lo que no corresponde, probar repetidamente que se hizo y carecer de autoridad para corregirlo.

El agotamiento silencioso de los docentes no se cura con vacaciones porque las vacaciones suspenden temporalmente el trabajo, pero no resuelven su contradicción. El profesor vuelve a una institución que le exige enseñar, administrar, contener, mediar, motivar, detectar, derivar y justificar cada gesto; al mismo tiempo, su capacidad para decidir sobre métodos, evaluación, disciplina y organización pedagógica se somete a una creciente red de autorizaciones externas. El núcleo del desgaste es la separación entre responsabilidad y autoridad.

La noticia de Fauré acierta al llamar estructural al fenómeno. La carga administrativa, las aulas numerosas, la insuficiencia de apoyo y la expansión del rol no son fallas privadas. Los datos de Chile y de TALIS lo respaldan. Pero una estructura se mantiene mediante prácticas repetidas y la profesión docente ha participado en esa repetición. Ha aceptado políticas sin exigir qué se retiraría, ha convertido emergencias en obligaciones permanentes, ha confundido vocación con disponibilidad ilimitada y no siempre ha defendido con igual fuerza sus condiciones laborales y su jurisdicción pedagógica.

Esta autocrítica no traslada al profesor la culpa por su enfermedad. La persona agotada necesita protección, no reproche. La responsabilidad señalada es colectiva, diferenciada y orientada al futuro: corresponde más a quien posee más poder, y debe ejercerse mediante organizaciones capaces de negociar, formular límites y proteger a individuos vulnerables. Su finalidad es devolver agencia. Una profesión que solo denuncia lo que le hacen termina esperando; una profesión que identifica cómo coopera involuntariamente con el problema puede dejar de hacerlo.

Recuperar autonomía no significa restaurar una autoridad incuestionable ni expulsar a psicólogos, familias y otros actores. Significa coordinar sin disolver competencias. El docente debe observar, enseñar, evaluar, comunicar y derivar; los especialistas deben evaluar, intervenir y realizar seguimiento; la administración debe proporcionar recursos y asumir la gestión; las familias deben cuidar, informar y participar sin sustituir el juicio técnico. La cooperación justa exige fronteras recíprocas.

La postura profesional que se requiere puede resumirse en tres principios: ninguna responsabilidad sin autoridad suficiente; ninguna autoridad sin competencia y rendición de cuentas; ninguna nueva tarea sin tiempo, recursos y eliminación de otra carga equivalente. A ellos se añade un cuarto: ningún profesional debe resolver en silencio la carencia estructural de otro servicio. Cuando la excepción se normaliza, la solidaridad se transforma en explotación.

El futuro de la docencia depende, en parte, de que el gremio vuelva a decir “esto nos corresponde” con la misma claridad con que diga “esto requiere otro profesional”. Ese límite no empobrece la educación; la hace posible. Solo quien dispone de tiempo y autoridad para enseñar puede responder verdaderamente por el aprendizaje. La tarea pendiente no es pedir al docente que resista más, sino que la profesión deje de ofrecer resistencia infinita a un sistema que se acostumbró a utilizarla.

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