
Escritura puente entre el recuerdo y el olvido: Charcos donde recordar.
Se le teme a los vivos no a los muertos, esa frase me ha acompañado durante años, fue un día cualquiera siendo niño, cuando una de mis abuelas fue a recitarmela, desconozco como llegamos a esa conversación, y muchas han sido las veces en las que he intentado arañar el olvido tras el suspiro de los años, que en su marchar deja gotear ese pequeño hilo de recuerdos. Aún hoy me pregunto de donde nació aquella frase, sin saber porque solo ha quedado eso ya que el evocarlo me hace sentir la sed de un aprendizaje aun más profundo.
Recuerdo divagar sobre la muerte con mi otra abuela, ya con el peso de la consciencia que dan los años, porque al salir de aquella niñez que aun se arropa con la rebeca color inocencia, quedamos desnudos de abrigo, y es entonces donde el frio de la consciencia nos mide con su vara para hacernos entrar en calor a medida que hacemos uso de ella o helarnos si esta clama al instinto pueril.
El otro día le pregunte en una de esas charlas, que de cuando en cuando tenemos, si el llover de los años da una pista de la llegada, si el sabor se torna diferente, si el color se hace candil, si el olor se vuelve añejo. Nada de eso dijo, la muerte es una buena compañera si se sabe escuchar, lo mejor del morir es la incertidumbre de su por venir, es el final tras cada esquina, no importa arrugas ni vigorosidad, es la inocencia que perdura de unos cuerpos que se sienten eternos y que tienen su caducidad a la vuelta de la esquina. Da igual años, siglos, minutos, quincenas, solo es un instante, el mismo que tienes ahora, solo es esa pausa, ese momento en que respiras y sabes que aun te queda otro más, y otro, hasta que vuelves a olvidar perdiendo su compañía por ansia de eternidad. Y por el peso de sus palabras le respondí: pero que bien olvidamos a nuestra forma, jugando al escondite con el recordar, nosotros “los humanitos” como tan bien los define el gran Eduardo Galeano.
¿Entonces qué? le pregunte. Ella me miro fijamente y toda su conversación quedo reflejada en su mirada, la que algún día recordare y con suerte no necesitare palabra alguna, quedando solo el instante de sus ojos, pero hoy aun con el peso de la consciencia en las manos puedo escribir lo que de niño con mi otra abuela olvide. Tras mi pregunta me dijo: De la muerte, solo se, que tan mala no tiene que ser ya que nadie que se ha ido a regresado.
Aquella noche soñé con Eduardo Galeano, estaba en una habitación antigua con grandes ventanales y me dijo: Ven acércate, te diré algo. Lo escuche atentamente decirme: Escribe, es en la escritura donde se bebe a veces de las charcas de inmortalidad.
Seguiría escribiendo porque en aquel sueño me conto algunas cosas más que me removieron por dentro, pero que decir si ya queda dicho en cada uno de los hijos que tienen los días, por lo que ahora en este instante, saciada mi sed por estas cuantas palabras iré a ver a mi abuela, descubriré tras el fulgor de su mirada como el amor sigue siendo eterno, sin necesidad de palabras, sin atisbos de inmortalidad, analfabeto de todo cuanto no resulte esencial. Porque es en los ratos con ella donde descubro una literatura aun por inventar, una prosa que se deja ir a un exilio por tanta modernidad.
Lo dejare escrito sin perder más tiempo en visitarla, por el día que no tenga la inmensa fortuna de tenerla, y no me quede más remedio que beber de las charcas de inmortalidad. Hoy aún puedo saltar, aunque sea en charcas de escritura, sintiéndome de nuevo niño, logrando atrapar un olvido y ayudándole a un futuro recordar.
Gracias Abuelas. Gracias Eduardo Galeano. Gracias Escritura.



