El estruendo de los cañones turcos ya no era un ruido externo; se sentía en los dientes, en la boca del estómago. Constantino miró el pergamino sobre la mesa de madera astillada. Era un salvoconducto para un joven aprendiz de la biblioteca, un trozo de piel de cabra que no detendría una flecha, pero que quizás salvaría una vida.
—Señor, debemos irnos. Las murallas han cedido —urgió un soldado, limpiándose la sangre de la frente.
El hombre no se movió. Con mano firme, calentó la cera roja sobre la vela pequeña. El aroma a resina se mezcló con el olor a humo que entraba por las ventanas rotas. Presionó el anillo oficial sobre la cera blanda. Un sello perfecto. El escudo de un imperio que, en cuestión de horas, solo existiría en los libros que intentaban proteger.
Le entregó el papel al muchacho y le indicó una salida secreta hacia el puerto.
—Corre —dijo con voz seca—. Si este papel sobrevive, nosotros no habremos muerto del todo.
Se ajustó la coraza, desenvainó el acero y salió al encuentro del sol de mayo. No buscaba la gloria, solo quería ganar diez minutos de tiempo para que alguien, en algún lugar del futuro, pudiera leer lo que ellos habían sido.



